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el sufrimiento es bello
“¡Cómo puede ser que tu dolor me duela!,
que clavos encendidos me quemen sin querer… Sólo saber que sufres altera todo
el ánimo. Será que no sabía cuánto puedes sufrir. Me conmueve a mí tanto tocar
tu fragilidad. Y sufro, y duele el alma. Y la espalda antes sana comienza ahora
a sufrir. Como si al yo sufrir, tú sí sufrieras menos. Como si al yo morir, tú
al fin murieras menos. No sé bien lo que logro al amar con toda el alma. No sé
si entiendo algo. O es sólo que mi alma, aferrada a tu pena, no deja de sufrir.
Sólo quiero decirte: no temas, no te inquietes. Que en mi espalda antes sana,
ahora te llevo a ti”.
Así quiero aprender a vivir, a amar, a
consolar. Así me gustaría cargar con otros dolores, con otras cruces. El que no sabe amar no
sabe dónde ha puesto su tesoro y tiene su talega vacía. Aunque conserve su
espalda sana, porque no carga con ningún dolor ajeno.
Quiero vivir desprendido y atado. Libre y
anclado. Quiero aprender a amar consolando. Un corazón que ama y sufre. Quiero ese corazón roto que no se cansa de
amar.
El otro día leía en un libro sobre san
Ignacio: “Sigue, incansable, su camino, a pie y solo
pero siempre con Dios y con tantos nombres como van tejiendo en su vida una
increíble red de afectos y presencias”.
Me gustó esa imagen. Mi talega, esa que
está atada al cielo, está llena de nombres, de afectos, de presencias.
Nunca voy solo yendo solo. Y no sólo porque
Jesús esté en mi alma, porque ahí habita. Sino también porque me he dejado el
corazón hecho jirones y se ha ensanchado con el paso de los años, de los
amores. Y llevo en él, en mi talega, tantos afectos,
recuerdos, y presencias.
Y no dejo de pensar que esa talega es tan
verdadera que ya está atada por un extremo al cielo. Y no me pesa nada porque
está en Jesús. Y sé que si vivo así, dejándome la vida, tendrá sentido vivir,
habré logrado tener un corazón lleno de misericordia. Es lo que anhelo. Es lo
que sueño.
Como decía el papa Francisco estos días: “Felices aquellos que saben perdonar, que
saben tener un corazón compasivo, que saben dar lo mejor de sí a los demás. Un corazón misericordioso sabe compartir
el pan con el que tiene hambre, un corazón misericordioso se abre para recibir
al refugiado y al inmigrante”.
Quiero vivir con esta talega que me hace
vivir solo y anclado, solo y acompañado, solo y lleno de nombres, de
presencias. Sólo dando la vida. Porque cuando aprendo a amar, aprendo a sufrir con
el que sufre, a sufrir por el que sufre, a cargar su cruz en mi
espalda.
CARLOS
PADILLA ESTEBAN
Fuente:
Aleteia
