Las horas pueden
escaparse de las manos en una carrera frenética hacia un lugar desconocido
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| Dominio público |
Y entonces entro en discusiones que no me
llevan a nada. Porque me pongo a discutir sobre lo que tiene que ver con lo
irracional, con lo más profundo, con el alma.
Y dejo entonces de valorar los pequeños
detalles. Y me detengo sólo en lo que vale mucho dinero, en los problemas que
tienen muchas implicaciones, en las realidades que afectan a muchas personas.
Me gustaría saber distinguir lo
prioritario, lo urgente y lo verdaderamente importante. Invertir mi tiempo de
la forma adecuada. Sufrir por lo que merece la pena y no sufrir de forma innecesaria.
Victoria Braquehais, misionera de la
pureza de María en el Congo, cuenta su experiencia en África: “Para mí hay cosas que antes eran muy
importantes como la eficacia o la eficiencia. A mí me educaron para triunfar,
para ser la primera de la clase, para hablar un montón de idiomas, para sacar
muy buenas notas. Y eso es importante, eso me sirve, son recursos y es una
gracia de Dios. Pero en los olvidados de la tierra hay una sabiduría. Cosas que para mí antes eran muy
importantes como el éxito o el triunfo, ahora han dejado paso al encuentro, a
la persona. Y cosas que no eran importantes, ahora sí lo son: los detalles y lo
concreto en cosas sencillas”.
Valoro las cosas de acuerdo a lo que
producen. Si me dan alegría, si me dan poder o gloria, si logro mucho dinero
con ellas. Entonces merecen la pena. Si no aportan nada, o no me dan poder, o
no logro nada en ese tiempo invertido, entonces las dejo de lado. No me
interesan.
Lo productivo acaba siendo lo que tiene
valor en el mundo. Y me importan más las cosas que otros valoran como
importantes. La opinión de los demás tiene tanto peso… Y yo pierdo el tiempo o
lo empleo de la forma equivocada.
¿Cómo distinguir lo importante de lo
accesorio? ¿Lo que vale realmente la pena, porque me
habla de eternidad, de aquello que es caduco y pasajero?
A veces la
presión me hace optar por lo que no quiero, por lo que no importa tanto. Y tomo
decisiones erradas buscando un fin bueno con medios que no lo justifican. Y me
equivoco al no saber juzgar lo realmente importante.
Y sueño con una vida plena. Con
decisiones acertadas. Con pasos bien dados en la dirección correcta. Y deseo
una vida que toque el cielo.
Y me conmueven las palabras de una poesía
que leía hace poco: “Para
llenar el hueco de luz que hay en mi alma. No sé si el infinito me basta o no
es bastante. Si un beso o una caricia logran calmar mi llanto. No lo sé, no me
importa. Vivo sólo el presente. Vivo la tarde tenue que cansada se abisma. En
la noche de estrellas que yo mismo dibujo. Esa carne infinita que llena mi
presente. Ese mar infinito que sueño con nostalgia. En la pared desnuda delante
de mis ojos. Desgrano los misterios de mi vida soñada”.
Esa poesía me habla del cielo y la
tierra, de los sueños y la vida. Me habla de una
nostalgia que tiene el alma que no calman mil obras realizadas con las manos.
Me han educado para producir, para ser
útil, para obtener resultados positivos. Y yo me empeño en estar a esa altura
que yo mismo marco con los dedos. Lo que los demás esperan. Lo que el mundo
propone. Lo que mi alma sueña.
Y es verdad que a veces me acuesto con la
sensación de haber gastado el día en algo bueno. Haber amado, haberme dejado el
alma. Y me siento con esa paz que viene del cielo. Me quedo contento, con paz,
calmado.
No quiero cumplir años y sentir que la
vida me ha vivido sin casi darme cuenta. No quiero dejar que las horas se me
escapen de las manos en esa carrera frenética hacia un lugar que desconozco.
Quiero saber bien lo que merece la pena.
Y no llorar una lágrima de más por lo que es caduco. Porque no me importa.
Porque no me sostiene el alma firme en medio de la tormenta. Quiero abrazar el
propósito que marcan mis pasos. La meta soñada. El cielo que anhelo.
Que mi vida tenga un sentido. Y aprenda a
valorar lo importante. Aunque no sea productivo. Aunque no me haga sentir tan
eficiente. El atardecer que pasa. La luz tenue de una vida. Una mirada. La
melodía que me despierta.
Todo es fugaz y no sé cuántas horas me
quedan por delante. La fugacidad de mi vida le da más valor a lo que decido y
hago aquí y ahora.
Fuente:
Aleteia
