Poder de la oración y el
sacrificio (IV)
¡Cuántas veces, hablando a
las novicias, me ha ocurrido invocarla y sentir los beneficios de su protección
maternal... Con frecuencia me dicen las novicias: «Tú tienes respuesta para
todo. Creía que esta vez iba a ponerte en un apuro... ¿De dónde sacas lo que
nos dices?» Hay incluso algunas tan cándidas, que creen que leo en sus almas
porque me ha sucedido anticiparme a decirles lo que pensaban.
Una noche, una de
mis compañeras había decidido ocultarme una pena que la hacía sufrir mucho. La
encuentro por la mañana, me habla con cara sonriente, y yo, sin contestar a lo
que me decía, le digo muy segura: Tú tienes una pena. Creo que si hubiese hecho
caer la luna a sus pies, no me habría mirado con mayor asombro. Su estupor era
tan grande, que se me contagió también a mí: por un instante, se apoderó de mí
una especie de pavor sobrenatural.
Estaba segura de no poseer el don de leer en
las almas, y por eso me sorprendía más haber dado tan en el clavo. Sentí que
Dios estaba allí muy cerca y que, sin darme cuenta, había dicho, como un niño,
palabras que no provenían de mí sino de él. Madre querida, usted sabe muy bien
que a las novicias todo les está permitido.
No puedo decir que Jesús me lleve externamente por el camino de las
humillaciones. Se conforma con humillarme en lo hondo del alma. A los ojos de
las criaturas todo me sale bien, sigo el camino de los honores, en cuanto es
posible en la vida religiosa. Comprendo que si tengo que marchar por este
camino que parece tan peligroso, no es por mí, sino por las demás. En efecto,
si pasase por ser una religiosa llena de defectos, inepta, poco inteligente y
alocada, usted, Madre, no podría dejarse ayudar por mí. Por eso Dios ha echado
un velo sobre todos mis defectos, exteriores e interiores. A veces ese velo me
vale algunos cumplidos por parte de las novicias.
Yo sé que no me los hacen por
adularme, sino que son una expresión de sus sentimientos inocentes. Y la verdad
es que no me producen la menor vanidad, pues traigo siempre presente en la
memoria el recuerdo de lo que soy. No obstante, a veces siento un gran deseo de
escuchar algo que no sean alabanzas. Usted, Madre querida, sabe que prefiero la
vinagreta al azúcar. También mi alma se cansa de los alimentos demasiado
azucarados, y entonces Jesús permite que le sirvan una buena ensaladita, con mucha vinagre y muchas especias, y en la que nada falta excepto el aceite,
lo cual le da un nuevo sabor...
Esta buena ensaladita me la sirven las novicias
cuando menos lo espero. Dios levanta el velo que oculta mis imperfecciones, y
entonces mis queridas hermanitas, al verme tal cual soy, ya no me encuentran
totalmente de su agrado. Con una sencillez que me encanta, me cuentan todas las
luchas que les produzco y lo que no les gusta de mí. En una palabra, no se
muerden más la lengua que si se tratara de cualquier otra y no de mí, sabiendo
que me producen un gran placer actuando así. Y verdaderamente es más que un
placer, es un festín delicioso que me llena el alma de alegría. No puedo
explicarme cómo algo que desagrada tanto a la naturaleza puede producir tanta
felicidad; si no lo hubiese experimentado, no podría creerlo...
Un día en que
deseaba particularmente ser humillada, una novicia se encargó de colmar tan
bien mis deseos, que me acordé de Semeí maldiciendo a David, y pensé: Sí, es el
Señor quien le ordena decirme todo eso... Y mi alma saboreaba con verdadero
deleite la amarga comida que le servían en tanta abundancia. Así es como Dios
cuida de mí. No siempre puede darme el pan reconfortante de la humillación
exterior; pero de vez en cuando me permite alimentarme de las migajas que caen
de la mesa de los hijos. ¡Qué grande es su misericordia! Sólo podré [27vº]
cantarla en el cielo.
Fuente: Catholic.net