Me
calmo al tocar su cuerpo
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de
Cristo tiene que ver con ese Jesús que no quiere que esté solo y quiere
quedarse conmigo. Jesús se hace carne para que yo no vuelva a estar solo. Su
carne se queda conmigo para siempre y me acompaña en el camino:
“Jesús, en la noche en que iban a
entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:
– Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Lo mismo hizo con el cáliz,
después de cenar, diciendo: – Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi
sangre”.
Se queda conmigo para siempre, para que
no sufra la soledad. Para que no me sienta aislado en mi dolor. Para que crea
en todo lo que yo puedo llegar a ser con su presencia, con su abrazo en mi
espalda, con sus palabras de ánimo.
Su presencia cada día en mi carne me
sostiene. Esa
presencia que puedo ver y tocar me ayuda a caminar más confiado. Él está conmigo para siempre, todos los
días de mi vida, hasta el final. Se ha quedado para siempre a
mi lado.
Dice el papa Francisco en la exhortación Amoris Laetitia: “La Eucaristía no es un premio para los
perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”.
Su presencia es un remedio en mi debilidad.
Un alimento constante para mi hambre. Un amparo en medio de mi pobreza. Es un
hogar en medio de mis miedos.
Me enriquece. Me levanta.
Cuando recibo a Jesús mi vida se hace más
fuerte y más plena. No es un premio por mi buen comportamiento. No es algo merecido,
es un don. No es una palmadita en la espalda por haber sido tan bueno. Es un
remedio. Es un apoyo en medio del camino.
No tengo que ser inmaculado para merecer
su compañía. Él viene a mí me lo merezca o no. Viene a mi vida tantas veces
empecatada. Viene para quedarse y darme su descanso en medio de mi cansancio.
Decía el papa Francisco: “Y, cuando uno se queda solo, se da
cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta
mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Sólo el amor descansa. Lo que no se ama
cansa mal y, a la larga, cansa peor”.
El amor verdadero no nos cansa. Lo que no
amo me cansa. La compañía
de Jesús a mi lado me descansa. Su ausencia me cansa. Mi
cansancio a veces no es sano. Es un cansancio provocado por haber estado
desparramado por el mundo, sin un centro en el que encontrar paz y sosiego. Ese
cansancio me envenena y me quita la paz del alma.
¿Estoy cansado de verdad? ¿Cómo es mi cansancio? A veces no es el
cansancio bueno, fruto de haberlo dado todo en la entrega.
Así lo describe el papa Francisco: “Está el que podemos llamar el cansancio
de la gente, el cansancio de las multitudes: para el Señor, como para nosotros,
era agotador, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de
alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que
los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los
jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí”.
El cansancio bueno lo ofrecemos. Todos
podemos estar cansados al final del día cuando nos hemos dado por entero por
amor. El cansancio malo nos envenena, nos quita la paz, nos hace sentirnos
culpables. ¿Cómo es mi cansancio?
Una vida que no ama me cansa y me llena
de pobreza. Me llena de soledad.
Me deja vacío. Me sorprende, me conmueve siempre de nuevo, ver el mal a mi
alrededor. El mal que cansa. El mal que agota. El mal que envenena.
En corazones llenos de rabia, de ira, de
odio. En corazones que han perdido el sentido de la vida. Desesperados arañan
luz a las sombras. Pero no logran encontrar paz en el camino. Viven en medio de
la noche.
El mal agota el alma. Un corazón emponzoñado no puede
vivir con paz. Un corazón que no perdona no puede tener paz. Se cansa de no
amar. Se cansa de odiar. Se cansa de buscar el mal, de querer el mal de los
otros. Se desangra en la crítica, en el juicio, en la condena. Se desgasta en
la queja y en las agresiones. No hay paz. Un corazón así no tiene paz.
Jesús viene para quedarse y darme su paz.
Viene para llenarme de su presencia. ¿Una
comunión puede cambiar mi forma de mirar y de amar? Una
comunión sola no basta. Recibir a Jesús una sola vez no es suficiente. Es necesario hacerlo con frecuencia.
Una y otra vez compartir el pan,
compartir el vino, su Cuerpo y su Sangre. Ofrecer mi vida. Recibir la suya.
Dejar lentamente que su amor vaya siendo mi amor. Su mirada la mía.
Para vencer el cansancio malo que se me
pega al alma. Para no dejarme llevar por ese mal que veo a mi alrededor y me
hace tanto daño. Para que
no sea yo instrumento de ese mal, de ese odio, de esa ira.
Jesús se queda conmigo para cambiar mi
mirada y mi amor, para hacerme distinto. No sólo se queda a mi lado. Se queda en mí, en mi carne, en mi alma.
Su cuerpo en mi cuerpo. Su sangre en mi sangre. Me hago más como Él.
Y Él se queda para hacerlo todo nuevo en
mi vida. Para cambiar mi forma de ser, de estar. Cambia el cansancio en paz. La
huida en encuentro. La ira en abrazo. Me
calmo al tocar su cuerpo. Me quedo quieto al notar su
presencia.
Quisiera tener la fuerza para abrirme a
Él cada día. Dejar de buscar caminos propios lejos de Él. Comenzar a besar la
vida tal como Dios me la regala. Sembrar amor allí donde hay odio. Sembrar paz
en medio de la guerra.
El amor verdadero no cansa nunca, siempre
me descansa. El amor verdadero me da una paz verdadera que antes no conocía. Es remedio para el camino. Alimento para
mi hambre.
Esta fiesta de hoy me habla de esa
generosidad que llega al extremo.
Jesús se ha partido para llegar a todos los corazones. Y me pide que yo me
parta como Él se parte por mí.
Decía el padre José Kentenich: “Cada día participo en la misa y me dejo
clavar con el Señor en la cruz. Cada día pendo decididamente de mi propia cruz,
o bien, cada día doy al Señor la oportunidad de llevar su cruz, con mi
originalidad, hasta la próxima eucaristía”.
Me cuesta esa generosidad que me hace
partirme por amor. Partirme por entero. Esa generosidad que me descentra y me
lleva a amar más, a amar partido, roto, vacío. Y me invita a ponerme en camino
hoy, no mañana.
