Las
diócesis podrían eliminar pequeñas parroquias, pero ¿sería sabio hacerlo?
El concepto que la Iglesia tiene de la
subsidiariedad es que nada debe hacerse a través de una organización más grande
y compleja si puede hacerse también a través de una organización más pequeña y
simple.
Es un principio sensato en el que pienso
a menudo, cuando los obispos deciden sobre qué parroquias salvar, cuáles cerrar
y hasta qué punto deberían llevar la fusión de otras parroquias.
Todos entendemos las necesidades
prácticas que los obispos intentan atender, y el pragmatismo es importante;
para el mundo, ser “práctico” significa actuar con pertinencia y sensatez. Pero
la fe, en sí, a menudo no es práctica ni pertinente ni sensata, y a veces dudo
de si el pragmatismo humano de verdad ofrece al Espíritu Santo las mejores
oportunidades para obrar según el propósito de Dios. A tenor de ello escribo
hoy esta alabanza de las parroquias pequeñas.
En mi pequeña parroquia, se reúnen para
la misa unas cien familias todas las semanas. Los acomodadores conocen a todos
por su nombre y se dan cuenta cuando alguien llega tarde o ha faltado ese día.
Tenemos nuestros asientos habituales, pero siempre estamos dispuestos a hacer
sitio a visitantes o a nuevos familiares.
Cuando rezamos por los enfermos o los
difuntos, sabemos qué caras corresponden a cada nombre y sabemos quiénes son
los preocupados o los dolientes.
Nuestras clases de religión tienen cuatro
o cinco estudiantes por nivel. Los padres y profesores se conocen entre ellos y
los estudiantes pueden ver que los padres y abuelos de sus amigos tienen
suficiente amor por la fe como para transmitirla a la siguiente generación.
Vemos crecer a los hijos de los demás,
nos ayudamos con las rabietas y nos alegramos con los éxitos. Cuando mi pequeño no deja de moverse
durante la misa y tengo que caminar hacia la parte de atrás, no camino el
paseíllo de la vergüenza, porque sé que la mayoría de las otras madres en la
parroquia también han tenido que hacer el mismo paseo, hace unas semanas, hace
unos años o hace décadas.
En una parroquia pequeña como la nuestra,
todo el mundo ayuda.
Tal vez no tengamos una comisión de medio ambiente ni una comisión de
mantenimiento, pero tenemos un grupo de feligreses que cuidan sus propios
jardines pensando siempre en cómo decorar la iglesia, y también tenemos
personas muy capaces que donan su tiempo y sus talentos a reparar y mantener la
iglesia y las instalaciones de la parroquia. Siempre que hay necesidad, hay
alguien que da un paso al frente.
En nuestra parroquia, la labor de los
niños es tan valiosa como el trabajo de los adultos. Mis hijos son monaguillos, están en la
recepción cuando hay alguna celebración, limpian la iglesia todas las semanas y
tienen intención de ayudar más cuando crezcan. Y es que en una parroquia
pequeña siempre hay trabajo que hacer, por eso mis hijos están creciendo viendo
que son gente de provecho. La iglesia no sería lo mismo si no estuvieran. Se
sienten importantes y valorados.
Cuando uno va a una parroquia pequeña, no
hay bastante gente como para formar un grupo de madres, un grupo de mayores,
otro de solteros… En vez de eso, todos están juntos, aprendiendo los unos de
los otros y en constante crecimiento. Te ves obligado a afrontar la humanidad
en toda su variedad. Hay que atender todas las necesidades musicales, desde los
más clásicos del Tantum Ergo hasta
los más populares de On Eagle’s
Wings. Hay que aceptar y amar al que tienes al lado, incluso cuando
se tienen diferentes ideas sobre la liturgia, la teología o la música.
Sobre el papel, las parroquias pequeñas
podrán parecer desorganizadas, anacrónicas, una pérdida de tiempo y de
recursos. No encajan en las pulcras inspecciones y dan dolores de cabeza a los
asesores diocesanos. Aunque también rebosan vida y amor. Son las semillas de
mostaza que crecen para dar cobijo a todas las aves del cielo; son la levadura
en el pan.
Las diócesis quieren eliminar a las
parroquias pequeñas porque nos enfrentamos a una crisis vocacional. No se dan
cuenta de que precisamente estas pequeñas parroquias son las semillas de la
vocación. En estas pequeñas parroquias, nuestros hijos aprender a reverenciar a
las generaciones pasadas y a rezar por los fieles del futuro. Es aquí donde
aprenden por primera vez a servir a personas diferentes, todo por el amor de
Cristo.
Es en estas pequeñas parroquias donde los
niños tienen tiempo de conocer a su pastor y tal vez aprender que él no nació
sacerdote, sino que una vez fue un niño normal y corriente que respondió a una
llamada extraordinaria. En
una parroquia pequeña, cuando rezamos por las vocaciones, sabemos que no
rezamos sólo porque un desconocido entre en el seminario, sino porque lo haga
alguno de los niños que conocemos desde que nacieron. Puede que
las grandes parroquias sean una cura rápida a la logística sacerdotal actual,
pero si queremos poner fin a la crisis vocacional, tal vez deberíamos empezar
por pensar a pequeña escala.
