Todas las vocaciones (I)
Ser tu esposa, Jesús, ser
carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme... Pero no
es así... Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación:
carmelita, esposa y madre.
Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones
: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de
mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti,
Jesús, las más heroicas hazañas... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de
un zuavo pontificio.
Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de
batalla... Siento en mí la vocación de sacerdote . ¡Con qué amor, Jesús, te
llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo...! ¡Con
qué amor te entregaría a las almas...! Pero, ¡ay!, aun deseando ser sacerdote,
admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la
vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio. ¡Oh,
Jesús, amor mío, mi vida...!, ¿cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo convertir
en realidad los deseos de mi pobrecita alma? Sí, a pesar de mi pequeñez,
quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.
Tengo
vocación de apóstol... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y
plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no
sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las
cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas... Quisiera se
misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del
mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos... Pero, sobre todo
y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la
última gota de mi sangre... ¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que
ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo...
Pero siento que
también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola
clase de martirio... Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos...
Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada... Quisiera
morir desollada, como san Bartolomé... Quisiera ser sumergida, como san Juan,
en aceite hirviendo... Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los
mártires... Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la
espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre
en la hoguera, Jesús...
Al pensar en los tormentos que serán el lote de los
cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de
alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí... Jesús,
Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me
prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los
santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti... Jesús mío, ¿y tú
qué responderás a todas mis locuras...? ¿Existe acaso un alma pequeña y más
impotente que la mía...? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi
debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres
colmar otros deseos míos más grandes que el universo...
Como estos mis deseos
me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de
san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los
capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios... Leí en el primero que
no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o doctores, etc...; que la Iglesia
está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo
tiempo mano. ... La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me
daba la paz... Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba
vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo, abajándome
hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi
intento...
Fuente: Catholic.net
