Jesús,
con todo el poder que tiene como Dios, nos manda el Espíritu Santo, para que
tome posesión de nuestros corazones
Cuando hablamos del Espíritu Santo en nuestros
mensajes parece que se anima el Programa. Ese día estamos pensando en Dios más
que nunca. Y esto a lo mejor es lo que nos va a pasar hoy...
Un himno de la Liturgia se dirige al Espíritu Santo y le dice: Eres el regalo grande del Dios altísimo. Tan grande, que Dios echó el resto con el Espíritu Santo y se quedó sin nada más que darnos.
Parece mentira cómo hace Dios las cosas. Todas las hace en grande, como Dios que es. En Él no cabe hacer nada pequeño. Y así es cómo se nos ha dado Dios desde el principio. Ha ido escalonando las cosas que daba, y al fin se ha quedado sin nada más.
Un himno de la Liturgia se dirige al Espíritu Santo y le dice: Eres el regalo grande del Dios altísimo. Tan grande, que Dios echó el resto con el Espíritu Santo y se quedó sin nada más que darnos.
Parece mentira cómo hace Dios las cosas. Todas las hace en grande, como Dios que es. En Él no cabe hacer nada pequeño. Y así es cómo se nos ha dado Dios desde el principio. Ha ido escalonando las cosas que daba, y al fin se ha quedado sin nada más.
¿Y el Cielo?, preguntarán algunos. Sí, Dios a estas horas nos ha dado ya
también el Cielo. Porque incluso el Cielo ya lo llevamos dentro. Lo único que
falta es que se rompa el velo de la carne mortal para que podamos disfrutar en
gloria lo que ya poseemos en gracia.
Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se
han dado del todo en forma asombrosa. Aunque, cuando se nos daba una Persona,
se nos daban las otras por igual, cada una según es en el seno de la Santísima
Trinidad.
Sentado a la derecha del Padre, Jesús, con todo el poder que tiene como Dios,
nos manda el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, para
que tome posesión de nuestros corazones, derrame en nosotros el Amor increado
de Dios, nos llene de su santidad, nos colme con todos sus dones, produzca en
nosotros todos los frutos del Cielo, y sea la prenda de nuestra vida eterna.
- ¡Que no puedo más! ¡Que no puedo más!...
Los que le rodeaban empezaron a buscar agua fría, le aplicaban al pecho paños
mojados, y nada... El corazón palpitaba como un tambor. Hasta las costillas se
levantaban como para estallar.
Felipe no podía aguantar el gozo inexplicable que le invadía:
- ¡Basta! ¡Que no puedo con tanta felicidad!...
Aquel fenómeno místico no se lo explicaba nadie, porque aquel calor le duraba
como duraban las llagas a San Francisco de Asís o al Padre Pío...
Llegaba el invierno y tenía que descubrirse la ropa del pecho para que el calor
del amor no se sintiera tan intenso. Y como nadie sabía de qué procedía, el
Santo, como hacía con todas sus cosas, lo tomaba a risa delante de los demás.
Caminaba así descubierto en pleno invierno por las calles de Roma, por mucho
frío que hiciese, y se les reía a los jóvenes:
- ¡Vamos! A vuestra edad, ¿y no aguantáis el poco frío que hace?
Los médicos, que tampoco entendían nada, le daban medicinas equivocadas y no
conseguían nada tampoco. Ni disminuían las palpitaciones, ni se arreglaban las
costillas. El Santo seguía riéndose:
- Pido a Dios que estos médicos puedan entender mi enfermedad...
Pues, bien. Eso que ni los jóvenes ni los médicos entendían, es lo que hace en
nosotros el Espíritu Santo que se nos ha dado. Así estalla su amor en el
corazón. Dios lo quiso manifestar externamente en Felipe Neri para que nosotros
entendiéramos la realidad mística y profunda que llevamos dentro.
El Espíritu Santo es el Huésped de nuestras almas y el que santifica nuestros
cuerpos. El Espíritu Santo es el que ilustra nuestras mentes para que
entendamos la verdad y penetremos en las intimidades de Dios. El Espíritu Santo
es quien nos empuja hacia Dios con la oración que suscita en nosotros.
El Espíritu Santo, don grandísimo de Dios, lo último que le quedaba a Dios...
Eso, eso es lo que Dios nos ha dado...
Por Pedro García, Misionero Claretiano
