Cada uno
tiene su manera de sentirse amado...
Me consuela pensar en
esos días de pascua en los que los discípulos no reconocen a Jesús. A mí me
cuesta tanto saber dónde me habla, en qué personas, en qué circunstancias…
Ellos, que habían vivido
con Él, no lo reconocían en su cuerpo glorioso. Y hasta que Él no hacía un
gesto o decía una palabra que les recordaba su amor, no eran capaces de
descubrirlo. Ese gesto o palabra que sólo ellos conocían.
Un hombre le propuso a
su mujer: “Cuando estemos separados por cualquier motivo nos echaremos
de menos. Y necesitamos algo que nos recuerde siempre cuánto nos queremos. Por
esto te propongo que elijamos una estrella del cielo. Cuando la miremos,
sabremos que es nuestra estrella. Y estaremos unidos”.
Ya mayores él se fue al
cielo antes que ella. Y ella, al recordarle cada noche, miraba la estrella. El
dolor de la ausencia se teñía de una profunda calidez.
Otro matrimonio hizo un
pacto. Y se dijeron: “El que muera antes de los dos, cuidará al otro
desde el cielo. La señal será un gesto, una forma de abrazar que sólo tú y yo
conocemos”. Ese gesto de amor que viven en la intimidad. Es bonita esa
promesa de eternidad. Una estrella. Un abrazo.
Jesús tenía sus gestos
de amor con los discípulos. Eran los suyos. Jesús llega donde están ellos y los
ama de nuevo. Sale a su encuentro allí donde están. Caminando, escondidos,
pescando.
Llega a mi vida y la
toca de nuevo donde yo estoy. Pero yo no sé que es Jesús. ¿Cuál es su
señal para mí? ¿Qué lenguaje personal y único usa Él para que yo lo
reconozca?
En el lago Juan es el
que lo ve y lo reconoce. Algo le dice en su interior que es su maestro. Y
grita: “Es el Señor”. No puede ser otro. Su corazón no falla. El
amor de Jesús hacia él le hace verlo antes que los otros.
Pero quizá es más bonito
cómo lo reconoce Pedro. Se fía de Juan. Pedro ve a Jesús a través de los
ojos de Juan.Sabe que Juan ve con el corazón lo que él no sabe ver. Y se
fía. No duda de su amigo.
Yo
también necesito que alguien grite para que me dé cuenta de la presencia de
Dios. Yo sólo veo a alguien en la orilla.
Un hombre, una circunstancia. Veo un rostro sin nombre. Una voz demasiado
humana. No veo a Dios en sus ojos, en su mirada.
Pero gracias a Dios
alguien cerca de mí grita, y yo le creo. Creo en su voz. Como Pedro creyó en la
voz de Juan ese día en su barca. Juan lo sabía en su corazón. No lo duda. Y
Pedro se viste y salta.
¿De
quién me fío yo para ver a Jesús en lo que me pasa, en las personas, detrás de
la neblina? ¿Quién es ahora mismo en mi vida la
persona que me grita: “Es el Señor”?
Sin Juan es imposible.
Sin Pedro es imposible. Uno mira. Ve con el corazón. El otro se lanza, como
siempre, sin pensarlo. Sin medir.
Me impresiona esta
ingenuidad de Pedro. Había caído. Y ahora ve a Jesús de lejos y no teme su
rechazo. Se lanza a por Él y sabe que podrá abrazarlo. No es prudente. Estaba
desnudo frente a Jesús en su alma. Jesús ya conocía su pecado. Su caída. Pero
Pedro confió en el amor misericordioso de Jesús.
Hay algo de niño en el
alma de Pedro. Yo también quiero ser así. Quizás tenía grabada en su corazón la
mirada de Jesús aquella noche después de negar, antes de llorar.
Hoy Jesús lo espera.
Luego Juan relatará ese diálogo maravilloso entre Pedro y Jesús. Y esas tres
preguntas que tocan su corazón: “Pedro, ¿me amas?”. Jesús se
acerca a Pedro. No le pide fidelidad eterna. No le exige no fallarle nunca de
nuevo. Le pregunta sólo si le ama.
Pedro había fallado
aquella noche de la cruz. Pedro no le reconoció hoy tampoco desde la barca. Juan
estuvo firme al pie de la cruz y hoy lo reconoce y lo señala. Pero no es a Juan
a quien Jesús le pide que pastoree sus ovejas. Siempre de nuevo me sorprende.
Jesús hace roca en mi debilidad.
Como leía el otro día: “Tu
condición de perdonado está más llena de bendiciones que tu inocencia
original”.
Pedro era un perdonado.
Jesús construye sobre mi barro herido. Hace que mi herida sea fuente de vida.
Mi herida redimida, salvada, rescatada. Por eso elige a Pedro que ha fallado.
Le pregunta a Pedro que no ha sido fiel. Se arriesga con el barro de Pedro que
es frágil. Esta escena siempre me conmueve.
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Fuente: Carlos Padilla/Aleteia
