Fueron hechos objetivos, nunca especulaciones
subjetivas
“Jesús realizó en presencia de los
discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas lo
han sido para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que
creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).
“Hay además otras
muchas cosas que hizo Jesús. Si se contaran una por una, pienso que ni todo el
mundo bastaría para contener los libros que se escribieran” (Jn 21,
25).
El mismo san Juan
y los demás apóstoles son testigos de los milagros de Jesús, por esto dice
que lo que han visto y oído lo anunciaron, lo comunicaron para que, a través de
ellos, haya comunión con el Padre y con su hijo Jesucristo (1 Jn 1, 3-4).
Jesucristo, “con su
presencia y manifestación personal, con sus palabras y obras, con señales y
milagros,… completa la revelación y la confirma con el testimonio divino”
(Constitución Dei Verbum, 4).
Jesús pues hizo muchas
señales, y si son señales son hechos constatables: “Jesús
recorría toda la Galilea, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad
y toda dolencia del pueblo” (Mt 4, 23);
Y las curaciones
son reales con un fin específico, no son fruto de la fantasía de todo un
pueblo, ni son curaciones teóricas.
Jesucristo “apoyó y
confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los
oyentes” (DeclaraciónDignitatis Humanae, n. 11).
Los
milagros de Jesús son señales que sus contemporáneos verificaron con sus
propios ojos; fueron milagros que ni Herodes ni sus
peores enemigos, los fariseos y miembros del sanedrín, pusieron en duda.
“Entonces los sumos
sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: ‘¿Qué hacemos? Porque
este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán
en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación’” (Jn
11, 47-48).
Si los milagros de Jesús
no fueron reales, ¿cómo se justificaría el miedo o la preocupación de las
autoridades judías?
En el evangelio no
encontramos, de los milagros, simples indicios sino pruebas reales, pruebas
fehacientes del poder de Jesús y de su divinidad.
Todos los milagros que
Jesús hizo probaban que verdaderamente Él era quién dijo ser: el Hijo de
Dios.
Por consiguiente en
Jesús conviven dos naturalezas distintas, la humana y la divina. Y si para Dios
no hay nada imposible, también es perfectamente lógico que para Jesús de
Nazaret tampoco haya cosas imposibles.
Siendo Jesús verdadero
Dios, realizó auténticos prodigios. Sus milagros al ser reales suscitaban
maravilla, sorpresa, asombro, etc. Lo vemos, por ejemplo, cuando Jesús calmó la
tormenta (Mt 8, 23-27). “Y aquellos hombres maravillados, decían: ‘¿Quién es
éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?’” (v. 27).
Ahora bien, si los
milagros de Jesús no hubieran sido reales, las personas seguirían
sufriendo por sus enfermedades, lo cual contradiría, por ejemplo, la gratitud
de una persona curada de la lepra (Mc 1, 45).
Y si Jesucristo no
hubiera alimentado realmente a toda una multitud con cinco panes y dos peces,
esas personas hubieran seguido hambrientas, hecho que contradeciría las
palabras de Jesús: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no
porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis
saciado” (Jn 6, 26).
Si los innumerables
milagros de Jesús hubieran resultado falsos, en su totalidad o en parte, no
solo toda su actividad hubiera sido un total fracaso, aun antes de su muerte,
sino que además no se hubiera escrito nada de Él y con toda probabilidad su
nombre ni siquiera hubiera llegado a nuestros días.
Si los milagros de Jesús
no hubieran sido reales y/o hubieran sido falacias, o si Jesucristo hubiera
resultado ser un impostor que -perpetrando engaños- hubiera hecho creer que era
el hijo de Dios, sus discípulos, que eran incultos pero no tontos y que
estuvieron con Él por un periodo superior a los tres años, más temprano que
tarde se hubieran dado cuenta y lo hubieran abandonado y posiblemente todos lo
hubieran entregado a las autoridades; cosa que como sabemos no sucedió.
Es fácil pues constatar
que ninguno de los discípulos de Jesús abandonó el grupo para luego
ponerse a desmentir los milagros de Jesús calificándolos de falsos.
Ni siquiera Judas
Iscariote lo hizo para justificar su traición movido por su afán de lucro. Si
los milagros de Jesús hubieran sido falsos Judas podría haber desacreditado al
Señor proporcionando tal información a las autoridades judías para no solo
poder abandonar tranquilamente el grupo sino también para, de paso, quedar
bien; pero, como es obvio, no lo hizo porque no tenía elementos para hacerlo.
Es más, con un corazón
adolorido, devolvió las 30 monedas de plata confesando: “Pequé entregando
sangre inocente” (Mt 27, 4a). No creo que sea ésta la actitud, de sumo dolor y
de arrepentimiento, de alguien al borde del suicidio ante quien se sabe es un
charlatán o un farsante.
¿Cómo
constatar la autenticidad de los milagros?
1. Los milagros
de Jesús no fueron negados ni por sus adversarios. Los fariseos,
aunque no creyeron en el poder divino de Jesús, reconocieron que Él en verdad
expulsaba demonios; aunque, racionalizando, sugirieron que dichos exorcismos
eran hechos por el poder del príncipe de los demonios (Mt 12, 24).
Indiferentemente de la
causa que los fariseos y los escépticos atribuyeran a esas señales
inexplicables, su admisión de esa realidad es una confesión involuntaria de que
existía en ellas algo más allá de lo meramente natural (preternatural); esto es
lo que nos interesa.
2. Todos los milagros de
Jesús se caracterizan por serhechos de bondad y de amor. Sus
milagros nunca fueron realizados para satisfacer alguna necesidad del Señor o
la curiosidad de la gente, sino para venir al encuentro del ser humano
necesitado, sufriente, necesitado de salvación; ésta fue una manera de
concretar su misión.
Muchos milagros los
realizó aun sabiendo que se ganaba el rechazo de sus adversarios; esto también
muestra su autenticidad.
3. No existe
evidencia alguna de que Cristo fallara en la realización de algún milagro. Sus
contradictores nunca lo acusaron de fracasar.
4. Otra prueba de la
autenticidad de los milagros de Jesús es que son comunes en los
evangelios, y más entre los sinópticos. Hay algunos que son exclusivos del
evangelista san Juan.
5. Los milagros de
Cristo fueron realizados abiertamente en presencia de muchísimos
testigos, de todo tipo de testigos, y en lugares públicos (calles,
sinagogas) o semipúblicos (casas de familia); no fueron hechos privadamente, o
a solas o a escondidas.
6. Los milagros fueron
hechos sobrenaturales fruto, única y exclusivamente, del poder de Dios. Son
hechos que no tienen ninguna relación con causas secundarias o que tengan
alguna explicación natural; es decir sus milagros no están “manchados”, por
ejemplo, de alguna sugestión mental o de tratamiento médico alguno. Nada de
esto es suficiente para explicar, por ejemplo, cómo un hombre ciego de
nacimiento hubiera recobrado la vista (Jn 9) o cómo Lázaro, que llevaba muerto
cuatro días, pudo haber resucitado (Juan 11).
7. Los milagros fueron
hechos objetivos, nunca especulaciones subjetivas. Ellos no fueron
aparentes o puras ilusiones, pues fueron hechos sensibles, constatables por los
sentidos. Por ejemplo, el agua, utilizada para el milagro en las bodas de Caná,
pudo ser vista antes del milagro y probada luego como vino (Jn 2, 9-10). La
oreja del siervo del sumo sacerdote cortada por Pedro podía ser vista y luego
recolocada en su sitio (Lc 22, 51).
8. Los signos milagrosos
de Cristo tuvieron resultados instantáneos y completos. Cuando la suegra de
Pedro fue sanada, “ella, levantándose al punto, se puso a servirles” (Lc 4,
39). Y Lázaro resucitó no solamente a vida, sino a una vida normal y sana (Jn
11).
Fuente: Aleteia
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