La
herencia real que deja una buena familia son los recuerdos que genera
¿Qué valores están enseñándose en los hogares
occidentales? ¿Qué debe cambiarse?
El cambio tiene
que empezar entre los jóvenes en su aproximación al matrimonio. La confianza de
la vida moderna es ponerse uno mismo en primer lugar y al resto luego. Sin
embargo, mientras más uno vive para sí mismo, más solo se haya uno después. No
es bueno que un hombre o una mujer estén solos o que busquen compañía de otros
egoístas como uno. El hombre necesita construir para otros, para otros a quien
pueda amar. Necesita construir un hogar.
La pareja
casada que no sale de sí misma y vive cada uno para el otro y para sus hijos,
se hundirá en sí misma, cada vez más y más separada en sí misma, y los pocos
hijos que puedan tener serán incluso más autorreferenciales e incluso más
solitarios. Por eso pocas ambiciones son más noble –para el presente y el
futuro– como crear familias auténticas, hogares auténticos, que puedan ser modelo
y semilla de un futuro más generoso y feliz.
Un verdadero
hogar solo puede estar basado en el amor. Y el amor a uno mismo solo es
verdadero cuando tiene ideales y es generoso. Una pareja joven a punto de
casarse está verdaderamente enamorada si es que comparte ideales: hacer al otro
feliz y dar el amor que comparten a sus hijos: la familia que debe nacer de ese
amor generoso.
El esposo y la
esposa son los primeros que necesitan aprender el amor generoso: el amor que
rechaza centrarse en los defectos del otro y que en vez de eso aprende a
entender, a perdonar, a pedir perdón. Esa es la única forma en que el amor
esponsal puede durar y crecer. La propia experiencia de aprendizaje de los
esposos los ayudará a ser maestros buenos y pacientes de ese mismo amor para
con los hijos.
El esposo y la
esposa son los primeros que necesitan aprender el amor generoso: el amor que
rechaza centrarse en los defectos del otro y que en vez de eso aprende a
entender, a perdonar, a pedir perdón.
La primera necesidad de todo niño pequeño es la de recibir amor gratuitamente. Si reciben eso, más tarde podrán descubrir que este amor gratuito conllevó esfuerzo y que ellos también deben hacer un esfuerzo similar para superar la natural tendencia a cerrarse sobre sí; y así aprender a amar a sus padres como respuesta, y no solo a sus padres, sino a sus hermanos, a cada uno de ellos de manera especial.
El matrimonio y
la familia son la primera escuela natural y la primera materia que se enseña
allí es el amor. Los padres tienen que aprenderlo primero y luego ser los
principales maestros de sus hijos. Aprender a amar, a crecer gradualmente en el
entendimiento mutuo, a perdonar y olvidar, a descubrir que uno no siempre puede
tener su propia forma…
Si el hogar es
una exigente escuela de amor, los niños aprenderán muchas otras cosas. Un punto
especialmente importante hoy es aprender los usos de la libertad. Nuestro
tiempo valora muy grandemente la libertad, aunque a pocas personas se les
enseña que la primera verdad sobre la libertad es que puede ser ejercida bien o
mal, que puede crecer o perderse, que uno no ama verdaderamente la libertad si
uno ama solo la propia y no está interesado en la libertad de los otros.
Nuevamente, la
familia ofrece la primera introducción natural al misterio de la sexualidad.
Allí los hermanos y las hermanas, en una atmósfera que no se ve turbada por la
atracción física, gradualmente comienza a experimentar algunas de las más
profundas y más humanas diferencias y complementariedades entre los sexos: y
eso sirve para apreciar y respetar las distintas forma del ser hombre o mujer.
Nuevamente, sin
embargo, solo en la familia es posible aprender que la autoridad puede venir
del amor y que la obediencia a la autoridad puede ser un acto de amor.
El Tesoro de
los recuerdos de familia
La vida no es
solo vivir el presente. Es trabajar para el futuro, para un futuro que pueda
durar. Uno necesita esperanza y la esperanza basada en los buenos recuerdos del
pasado.
La famosa
novela de Dostoyevsky, Los Hermanos Karamazov, termina con las palabras de uno
de los tres hermanos, que se dirige a un grupo de jóvenes amigos, luego de la
muerte de uno de sus compañeros:
Sabed que no
hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen
recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno.
Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar,
conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena
provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno
solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación. (Epílogo).
Volver a casa
"Alguna
vez hubo un camino a casa"; dice una canción de Los Beatles "Golden
Slumbers". Pero hoy, incluso si uno conoce el camino, puede haber
quedado un lugar pero de repente nunca un hogar. Pocos, si acaso algunos,
queridos recuerdos se quedan de la niñez de uno y de su crianza, y menos aún
que pueden sostener la esperanza y la salvación.
La herencia
real que deja una buena familia son los recuerdos que genera: las memoria de la bondad de papá y mamá, del lugar en donde uno encontraba
refugio, donde uno se sentía comprendido y aprendía a entender a otros, de
encontrarse con los hermanos y seguir, de perdonar y ser perdonado… esa es una
escuela para la vida.
Nuevamente, sin embargo, solo en la familia es posible
aprender que la autoridad puede venir del amor y que la obediencia a la
autoridad puede ser un acto de amor.
Los que ya
están casados, así como los que quieren casarse, pueden preguntarse a sí mismos
una pregunta muy importante: ¿nuestros hijos son o serán realmente agradecidos
por lo que reciben de nosotros, sus padres? ¿Le doy o les damos lo mejor de
nosotros? Y lo mejor no es comodidad ni dinero ni prospectos de trabajo, sino
el amor. El amor en las cosas constantes y pequeñas que construyen la vida
familiar y que, más tarde, hará que los recuerdos nos hagan seguir adelante.
Hay una familia
numerosa, concretamente en el oeste, a la que conozco hace mucho tiempo. Una
familia rica en hijos y muy rica en amor. Hace unos años la madre murió y todos
estuvieron en el funeral. Luego de su entierro el padre y los hijos de
reunieron en la casa familiar y recordaron juntos el pasado que cada uno tenía
con ella. El padre me dijo luego que nadie ajeno a ellos podría haberse
imaginado la tremenda pérdida que acababan de sufrir porque la atmósfera era de
alegría – aunque a veces se mezclaba con lágrimas. Alegría y lágrimas de gratitud.
Esa es riqueza, ¡esa es herencia! La pena y las lágrimas pasan, la alegría se
queda. Y si con el paso de los años los recuerdos generan algunas lágrimas,
serán lágrimas de una alegría que no se ha olvidado.
Allí está la
raíz y la promesa de la fidelidad. Tal vez tal vez aún tengamos que aprender de
una de las enseñanzas más importantes de Cristo: “Es mejor dar que recibir”.
Además, al dar, uno recibe: así es como la verdadera felicidad empieza aquí y
llega luego a su plenitud.
Por Mons. Cormac Burke
