Rodeada de amor
Acabo, Madre, de resumir
en pocas palabras lo que Dios ha hecho por mí. Ahora voy a entrar en los
detalles de mi vida de niña. Sé muy bien que donde cualquier otro no vería más
que un relato aburrido, tu corazón de madre encontrará verdaderas delicias... Además,
los recuerdos que voy a evocar son también tuyos, pues a tu lado fue
transcurriendo mi niñez y tengo la dicha de haber tenido unos padres
incomparables que nos rodearon de los mismos cuidados y del mismo cariño. ¡Que
ellos bendigan a la más pequeña de sus hijas y le ayuden a cantar las
misericordias del Señor...! En la historia de mi alma, hasta mi entrada en el
Carmelo, distingo tres períodos bien definidos.
El primero, a pesar de su corta
duración, no es el menos fecundo en recuerdos. Se extiende desde el despertar
de mi razón hasta la partida de nuestra madre querida para la patria del cielo.
[4vº] Dios me concedió la gracia de despertar mi inteligencia en muy temprana
edad y de que los recuerdos de mi infancia se grabasen tan profundamente en mi
memoria, que me parece que las cosas que voy a contar ocurrieron ayer.
Seguramente que Jesús, en su amor, quería hacerme conocer a la madre
incomparable que me había dado y que su mano divina tenía prisa por coronar en
el cielo... Durante toda mi vida, Dios ha querido rodearme de amor. Mis
primeros recuerdos están impregnados de las más tiernas sonrisas y caricias...
Pero si él puso mucho amor a mi lado, también lo puso en mi corazón, creándolo
cariñoso y sensible. Y así, quería mucho a papá y a mamá, y les demostraba de
mil maneras mi cariño, pues era muy efusiva..
Sólo que los medios que empleaba,
a veces eran raros, como lo demuestra este pasaje de una carta de mamá: «La
niña es un verdadero diablillo, que viene a acariciarme deseándome la muerte:
"¡Cómo me gustaría que te murieras, mamaíta...!" La riñen, y me dice:
"¡Pero si es para que vayas al cielo! ¿No dices que tenemos que morirnos
para ir allá?" Y cuando está con estos arrebatos de amor, desea también la
muerte a su padre». [5rº] Y mira lo que el 25 de junio de 1874, cuando yo tenía
apenas 18 meses, decía mamá de mí: «Tu padre acaba de instalar un columpio.
Celina está loca de contenta, ¡pero hay que ver columpiarse a la pequeña! Es de
risa; se sostiene como una jovencita, no hay peligro de que suelte la cuerda, y
cuando va demasiado despacio se pone a gritar.
La sujetamos por delante con
otra cuerda, pero a pesar de todo yo no me siento tranquila cuando la veo
colgada allá arriba. «Ultimamente me ocurrió una curiosa aventura con la
pequeña. Tengo costumbre de ir a la Misa de cinco y media. Los primeros días,
no me atrevía a dejarla sola; pero al ver que nunca se despertaba, me decidí a
hacerlo. La acuesto en mi cama y arrimo la cuna de manera que sea imposible que
se caiga. Pero un día me olvidé de acercar la cuna. Llego, y la pequeña ya no
estaba en la cama. En ese mismo momento escuché un grito; miro y la veo sentada
en una silla que había frente a la cabecera de mi cama, con la cabecita apoyada
en el respaldo y durmiendo un mal sueño, pues estaba enfadada.
No puedo
explicarme cómo pudo caer sentada en aquella silla, pues estaba acostada. Di
gracias a Dios de que no le hubiera pasado nada; fue realmente providencial,
pues debería haber caído rodando al suelo. El ángel de la guarda ha velado por
ella, y las almas del purgatorio, a las que todos los días rezo una oración por
la pequeña, la protegieron. Así me explico yo lo sucedido..., tú explícatelo
como quieras...». Al final de la carta mamá añadía: «Ahora la niña ha venido a
pasarme la manita por la cara y a darme un beso. Esta criatura no quiere
dejarme ni un instante y no se aparta de mi lado.
Le gusta mucho salir al
jardín, [5vº], pero si yo no estoy allí no quiere quedarse y se echa a llorar y
no para de hacerlo hasta que me la traen...» (Y éste es un pasaje de otra
carta): «Teresita me preguntaba el otro día si iría al cielo. Yo le dije que
sí, si se portaba bien, y me contestó: "Ya, y si no soy buena, iré al
infierno... Pero sé muy bien lo que haré en ese caso: me echaré a volar
contigo, que estarás en el cielo, ¿y cómo se las arreglará Dios para
cogerme...? Tú me apretarás muy fuertemente entre tus brazos." Y leí en
sus ojos que estaba firmemente convencida de que Dios no podría hacerle nada
mientras estuviese en brazos de su madre... «María quiere mucho a su hermanita,
y dice que es muy buena. No es extraño, pues esta criatura tiene miedo a darle
el menor disgusto. Ayer quise darle una rosa, pues sé que le gustan mucho, pero
se puso a suplicarme que no la cortase, porque María se lo había prohibido.
Estaba excitadísima. No obstante, le di dos y no se atrevía a aparecer por
casa. En vano le decía que las rosas eran mías: "Que no, decía ella, que
son de María..." «Es un niña que se emociona con gran facilidad.
Cuando
hace algún pequeño desaguisado, todo el mundo tiene que saberlo. Ayer rasgó sin
querer una esquinita del empapelado y se puso que daba lástima, había que
decírselo enseguida a su padre. Cuando éste llegó, cuatro horas más tarde, ya
nadie pensaba en lo sucedido, pero ella fue corriendo a decirle a María:
"Dile enseguida a papá que he rasgado el papel". Y estaba allí como
un criminal que espera su condena; pero tiene su teoría de que, si se acusa, la
perdonarán más fácilmente». [4vº sigue] Quería mucho a mi madrina. Parecía que
no, pero me fijaba mucho en todo lo que se hacía y se decía a mi alrededor, y
me parece que juzgaba ya las cosas como ahora. Escuchaba muy atentamente lo que
María enseñaba a Celina, para actuar yo como ella. [6rº]
Después que salió de
la Visitación, para obtener el favor de ser admitida en su cuarto durante las
clases que le daba a Celina, me portaba muy bien y hacía todo lo que me
mandaba. Por eso, me colmaban de regalos, que, pese a su escaso valor, me
hacían mucha ilusión. Estaba muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi
ideal de niña era Paulina... Cuando estaba empezando a hablar y mamá me
preguntaba «¿En qué piensas?», la respuesta era invariable: «¡En Paulina...!»
Otras veces pasaba mi dedito por el cristal de la ventana y decía: «Estoy
escribiendo: ¡Paulina...!» Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina
sería religiosa, y yo entonces, sin saber lo que era eso, pensaba: Yo también
seré religiosa. Es éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya
nunca cambié de intención...
Fuiste tú, Madre querida, la persona que Jesús
escogió para desposarme con él; tú no estabas entonces a mi lado, pero ya se
había creado un lazo entre nuestras almas... Tú eras mi ideal, yo quería
parecerme a ti, y tu ejemplo fue lo que me arrastró, desde los dos años de edad,
hacia el Esposo de la vírgenes. ¡Cuántos hermosos pensamientos quisiera
confiarte! Pero tengo que continuar con la historia de la florecilla, con su
historia completa y general, pues si quisiera hablar detalladamente de sus
relaciones con «Paulina», ¡tendría que dejar de lado todo lo demás...! Mi
querida Leonia ocupaba también un lugar importante en mi corazón. Me quería
mucho.
Por las tardes, cuando toda la familia salía a dar un paseo, era ella
quien me cuidaba... Aún me parece estar escuchando las lindas tonadas que me
cantaba para dormirme... Buscaba la forma de contentarme en todo; por eso, me
habría dolido mucho darle algún disgusto. [6vº] Me acuerdo muy bien de su
primera comunión, sobre todo del momento en que me cogió en brazos para hacerme
entrar con ella en la casa rectoral. ¡Me parecía tan bonito ser llevada en
brazos por una hermana mayor toda vestida de blanco como yo...! Por la noche,
me acostaron temprano, pues yo era muy pequeña para quedarme al solemne
banquete; pero aún estoy viendo a papá trayéndole, a los postres, a su
reinecita unos trozos de tarta... Al día siguiente, o pocos días después,
fuimos con mamá a casa de la compañerita de Leonia.
Creo que fue ese día cuando
nuestra mamaíta nos llevó detrás de una pared para hacernos beber un poco de
vino después de la comida (que nos había servido la pobre señora de Dagorau),
pues no quería dejar en mal lugar a la buena mujer pero tampoco quería que nos
faltase nada... ¡Qué tierno es el corazón de una madre! ¡Y cómo expresa su
ternura en mil detalles previsores en los que nadie pensaría...! Ahora me falta
hablar de mi querida Celina, la compañerita de mi infancia, pero son tantos los
recuerdos, que no sé cuáles elegir. Voy a extraer algunos pasajes de las cartas
que mamá te escribía a la Visitación, pero no voy a copiarlo todo, pues sería
demasiado largo... El 10 de julio de 1873 (año de mi nacimiento), te decía: «La
nodriza trajo el jueves a Teresita. Se pasó todo el tiempo riendo.
La que más
le gustó fue la pequeña Celina. Se reía con ella a carcajadas. Se diría que ya
tiene ganas de jugar, no tardará en hacerlo. Se sostiene sobre las piernecitas,
más tiesa que una estaca. Creo que pronto empezará a andar y que tendrá buen
carácter. Parece muy inteligente y tiene pinta de predestinada...» [7rº] Pero
cuando mostré mi cariño a mi querida Celinita, fue sobre todo después de dejar
a mi nodriza. Nos entendíamos muy bien; sólo que yo era mucho más vivaracha y
mucho menos ingenua que ella. Aunque tenía tres años y medio menos, me parecía
que fuésemos de la misma edad.
Este pasaje de una carta de mamá te hará ver lo
buena que era Celina y lo mala que era yo: «Mi Celinita está decididamente
inclinada a la virtud. Es ésta una inclinación profunda de su ser. Tiene un
alma candorosa y siente horror al pecado. En cuanto al huroncillo, no sabemos
lo que saldrá de él. ¡Es tan pequeño y tan atolondrado! Tiene una inteligencia
superior a la de Celina, pero es mucho menos dulce, y, sobre todo, de una
terquedad casi indomable. Cuando dice "no", no hay nada que la haga
ceder; aunque la metiésemos un día entero en el cuarto de los trastos, dormiría
allí antes que decir "sí"... «Sin embargo, tiene un corazón de oro,
es muy cariñosa y sincera. Es curioso verla correr tras de mí para acusarse:
-Mamá, he empujado a Celina, pero sólo una vez, la he pegado una vez, pero no
lo volveré a hacer. (Y así, en todo lo que hace). El jueves por la tarde,
fuimos a dar un paseo hacia la estación, y se empeñó en entrar en la sala de
espera para ir a buscar a Paulina.
Corría delante con una alegría que daba
gloria verla. Pero cuando vio que teníamos que volvernos sin subir al tren para
ir a buscar a Paulina, se pasó todo el camino llorando». Esta última parte de
la carta me recuerda la dicha que sentía al verte volver de la Visitación. Tú,
Madre querida, me cogías en brazos y María cogía en los suyos a Celina.
Entonces yo te hacía mil caricias y me echaba [7vº] hacia atrás para admirar tu
larga trenza... Luego me dabas una tableta de chocolate que habías guardado
durante tres meses. ¡Imagínate qué reliquia era eso para mí...!
Fuente: Catholic.net
