Manuscrito dedicado a
la reverenda madre Inés de Jesús
Manuscrito «a»
El cántico de las Misericordias del Señor
A ti, Madre querida, a ti que eres doblemente mi madre,
quiero confiar la historia de mi alma... El día que me pediste que lo hiciera,
pensé que eso disiparía mi corazón al ocuparlo de sí mismo; pero después Jesús
me hizo comprender que, obedeciendo con total sencillez, le agradaría. Además,
sólo pretendo una cosa: comenzar a cantar lo que un día repetiré por toda la
eternidad: «¡¡¡Las misericordias del Señor !!!»...
Antes de coger la pluma,
me he arrodillado ante la imagen de María (la que tantas pruebas nos ha dado de
las predilecciones maternales de la Reina del cielo por nuestra familia), y le
he pedido que guíe ella mi mano para que no escriba ni una línea que no sea de
su agrado. Luego, abriendo el Evangelio, mis ojos se encontraron con estas
palabras: «Subió Jesús a una montaña y fue llamando a los que él quiso, y se
fueron con él» (San Marcos, cap. II, v. 13).
He ahí el misterio de mi vocación,
de mi vida entera, y, sobre todo, el misterio de los privilegios que Jesús ha
querido dispensar a mi alma... El no llama a los que son dignos, sino a los que
él quiere, o, como dice san Pablo: «Tendré misericordia de quien quiera y me
apiadaré de quien me plazca. No es, pues, cosa del que quiere o del que se
afana, sino de Dios que es misericordioso» (Cta. a los Romanos, cap. IX, v. 15
y 16).
Durante mucho tiempo me
he preguntado por qué tenía Dios preferencias, por qué no recibían todas las
almas las gracias en igual medida. Me extrañaba verle prodigar favores
extraordinarios a los santos que le habían [2vº] ofendido, como san Pablo o san
Agustín, a los que forzaba, por así decirlo, a recibir sus gracias; y cuando
leía la vida de aquellos santos a los que el Señor quiso acariciar desde la
cuna hasta el sepulcro, retirando de su camino todos los obstáculos que
pudieran impedirles elevarse hacia él y previniendo a esas almas con tales
favores que no pudiesen empañar el brillo inmaculado de su vestidura bautismal,
me preguntaba por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en tan gran
número sin haber oído ni tan siquiera pronunciar el nombre de Dios...
Jesús ha querido darme
luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y
comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor
de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume
ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que si todas las flores
quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya
no se verían esmaltados de florecillas...
Eso mismo sucede en el
mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. El ha querido crear grandes
santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado
también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o
violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La
perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos...
Comprendí también que el
amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone
resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime. Y es que, siendo
propio del amor el abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los
santos doctores que han iluminado a la Iglesia [3rº] con la luz de su doctrina,
parecería que Dios no tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones.
Pero él ha creado al niño, que no sabe nada y que sólo deja oír débiles
gemidos; y ha creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse la ley
natural. ¡Y también a sus corazones quiere él descender! Estas son sus flores
de los campos, cuya sencillez le fascina...
Abajándose de tal modo,
Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los
cedros y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del mismo
modo se ocupa también Nuestro Señor de cada alma personalmente, como si no
hubiera más que ella. Y así como en la naturaleza todas las estaciones están
ordenadas de tal modo que en el momento preciso se abra hasta la más humilde
margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma.
Seguramente, Madre
querida, te estés preguntando extrañada adónde quiero ir a parar, pues hasta
ahora nada he dicho todavía que se parezca a la historia de mi vida. Pero me
has pedido que escribiera lo que me viniera al pensamiento, sin trabas de
ninguna clase. Así que lo que voy a escribir no es mi vida propiamente dicha,
sino mis pensamientos acerca de las gracias que Dios se ha dignado concederme.
Me encuentro en un momento de mi existencia en el que puedo echar una mirada
hacia el pasado; mi alma ha madurado en el crisol de las pruebas exteriores e
interiores.
Ahora, como la flor
fortalecida por la tormenta, levanto la cabeza y veo que en mí se hacen
realidad las palabras del salmo XXII: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en
verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara
mis fuerzas... Aunque camine por cañadas [3vº] oscuras, ningún mal temeré,
¡porque tú, Señor, vas conmigo!» Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo y
misericordioso..., lento a la ira y rico en clemencia... (Salmo CII, v. 8). Por
eso, Madre, vengo feliz a cantar a tu lado las misericordias del Señor...
Para ti sola voy a
escribir la historia de la florecita cortada por Jesús. Por eso, te hablaré con
confianza total, sin preocuparme ni del estilo ni de las numerosas digresiones
que pueda hacer. Un corazón de madre comprende siempre a su hijo, aun cuando no
sepa más que balbucir. Por eso, estoy segura de que voy a ser comprendida y
hasta adivinada por ti, que modelaste mi corazón y que se lo ofreciste a
Jesús...
Me parece que si una
florecilla pudiera hablar, diría simplemente lo que Dios ha hecho por ella, sin
tratar de ocultar los regalos que él le ha hecho. No diría, so pretexto de
falsa humildad, que es fea y sin perfume, que el sol le ha robado su esplendor
y que las tormentas han tronchado su tallo, cuando está íntimamente convencida
de todo lo contrario. La flor que va a contar su historia se alegra de poder
pregonar las delicadezas totalmente gratuitas de Jesús. Reconoce que en ella no
había nada capaz de atraer sus miradas divinas, y que sólo su misericordia ha
obrado todo lo bueno que hay en ella...
Él la hizo nacer en una
tierra santa e impregnada toda ella como de un perfume virginal. El hizo que la
precedieran ocho lirios deslumbrantes de blancura. El, en su amor, quiso
preservar a su florecita del aliento envenenado del mundo; y apenas empezaba a
entreabrirse su corola, este divino Salvador la trasplantó a la montaña del
Carmelo, donde los dos lirios que la habían rodeado de cariño y acunado
dulcemente en la primavera de su vida expandían ya [4rº] su suave perfume...
Siete años han pasado
desde que la florecilla echó raíces en el jardín del Esposo de las vírgenes, y
ahora tres lirios -contándola a ella- cimbrean allí sus corolas perfumadas; un
poco más lejos, otro lirio se está abriendo bajo la mirada de Jesús. Y los dos
tallos benditos de los que brotaron estas flores están ya reunidos para siempre
en la patria celestial... Allí se han encontrado con los otros cuatro lirios
que no llegaron a abrir sus corolas en la tierra... ¡Ojalá Jesús tenga a bien
no dejar por mucho tiempo en tierra extraña a las flores que aún quedan el
destierro! ¡Ojalá que pronto el ramo de lirios se vea completo en el cielo!
Fuente: Catholic.net