Ayuda a descubrir la
verdad, a aceptar el dolor, procede tanto de la humildad como del amor...
La alegría de ser salvado y la alegría de
saberse amado se consideran, con razón, como signos externos y los síntomas
objetivos de una fe viva y no sólo teórica. Hasta tal punto que la ausencia de
alegría es sospechosa. Friedrich Nietzsche decía tal vez podría creer en Dios
si los cristianos tuvieran caras de resucitados.
La alegría de los santos es también un
denominador común: antes de ser reconocidos por su santidad, primero debieron
de ser reconocidos por su júbilo.
Sin embargo, me parece que el sentido del
humor es todavía muy ignorado por los cristianos y por los católicos en
particular. Esperemos que la figura de GK Chesterton ayude a cambiar esta
situación y a convencer a los creyentes de que el sentido del humor es la
herramienta de santificación por excelencia.
En primer lugar, porque el sentido del
humor permite humanizar nuestra existencia aquí abajo manteniéndonos firmes
ante los golpes de la vida y ayudándonos a mirar al mal cara a cara sin por
ello caer en la desesperación.
En segundo lugar, porque contribuye a la
conversión de nuestros corazones en previsión de la vida eterna. Las verdades
que menos ganas tenemos de escuchar son las que más necesitamos y el sentido
del humor nos da acceso, de forma indolora gracias a la parodia, a estas
verdades fundamentales que parecen demasiado a menudo paradójicas –y por lo
tanto, inaceptables– porque critican el mundo de ilusiones y mentiras en el que
vivimos.
El sentido del humor es ante todo una
técnica de supervivencia
El sentido del humor aleja las
inhibiciones que nos paralizan al enfrentarnos a los poderosos o a esos
allegados cuyos juicios tememos. El sentido del humor es la salida de
emergencia que permite la expresión de nuestras emociones y convicciones sin
salir estrangulados.
En caso de agresión psicológica, verbal o
física, al que está desprovisto de todo sentido del humor o aquel que no
consigue recurrir al humor para la réplica, no le queda más opción que la
huida, la sumisión o la rebelión, y ninguna de estas soluciones le dejará
indemne emocionalmente.
Incluso si la elección es la
confrontación y el resultado es la victoria, el coste emocional es exorbitante.
La confrontación supone la movilización de la ira para reciclarla en forma de
energía e implica la aceptación de una escalada de competencia para lograr el
triunfo.
La sumisión y la huida entrañan
necesariamente una degradación de la autoestima. En todos los casos y sea cual
sea el resultado, la persona agredida se verá obligada a sanar las heridas
afectivas que haya recibido, el estrés postraumático que amplificará la memoria
y un sentimiento de agotamiento emocional.
Por contra, el que se sirve del humor
como técnica de autodefensa saldrá victorioso emocionalmente, incluso si es
físicamente el perdedor. Escapará a la humillación voluntaria y a la sobrepuja,
desplazando el conflicto a un terreno donde se encontrará en posición de
superioridad.
Esto le permitirá no caer en el
agotamiento, en la denigración propia o en los recuerdos traumáticos. Incluso
de ser maltratado exteriormente, quedará protegido en el interior y el seno de
su integridad moral y afectiva habrá perdurado. Apresurarse a reírse de todo
para no tener que llorar, éste es el camino de la sabiduría.
El sentido del humor, un arte marcial no
violenta
Se trata de una forma de no violencia
activa que recuerda a la filosofía del aikido japonés o del systema ruso. Es una forma de
soltar lastre que no nos permite ahorrarnos sistemáticamente el dolor, sino que
reduce considerablemente su intensidad y su alcance.
Podría decirse que el humor es la
elegancia de la desesperación. La expresión es interesante porque sugiere que,
incluso desesperados, podemos conservar suficiente autoestima como para dar
buena imagen y mantener la elegancia moral.
Esto supone, por supuesto, ponerse de
acuerdo sobre el significado de las palabras y saber distinguir el sentido del
humor de la burla y del ridículo, que buscan únicamente herir al otro. El
sentido del humor consiste en hacer frente a la tragedia del mundo y de la
existencia destacando los aspectos cómicos, ridículos, absurdos o insólitos,
¡no significa reírse de la suegra!
Es una manera de aceptar el dolor y de
encaminarlo hacia la salida para evitar que se instale de forma permanente. Es
una fuente inagotable de esperanza para aquellos que sufren –el humor judío
nace de la persecución– y una manera de sustituir el dolor por el placer.
Cuando la humildad se une al amor, nace
el humor
Asimismo, el sentido del humor se basa en
la humildad: primero hay que consentir observar la realidad tal y como es y
luego observarse a uno mismo tal y como es. Esta condición previa de lucidez
supone tener el valor de enfrentarse a los límites y las debilidades de uno
mismo para poder también reírse de ellos. ¡Bienaventurados los que pueden
reírse de sí mismos porque nunca terminarán de divertirse!
El humor también se basa en la verdad,
porque hay que pasar por encima de cualquier pretensión, ampulosidad y farsa.
El humor es siempre subversivo porque pone de manifiesto las verdades que se
prefieren ocultar. Desenmascara nuestras propias mentiras, incluyendo aquellas
que nos decimos para contentar a Dios.
Como decía Voltaire, aunque no fuera
ningún Padre de la Iglesia: “Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza, sin duda
le hemos devuelto el favor”. Su sentido del humor es a la vez revelador y
profético, puesto que anticipa a Nietzsche, que declarará en el siglo
siguiente: “¡Dios ha muerto (…) y nosotros somos quienes lo hemos matado!”.
Además, el sentido del humor se basa en
la caridad, ya que se apoya en la buena voluntad hacia el prójimo. Es también
lo que lo distingue de la burla o la mofa, que van dirigidas en contra del
prójimo. La burla es tan natural como lo es el pecado original, pero no el
humor. El sentido de la burla nunca es la expresión de una motivación de humor
o de un atributo brillante del espíritu, sino que es hiriente.
El mismísimo Cristo nos ofrece un buen
ejemplo, hasta el punto de que ciertos exégetas se refieren al asunto como ironía crística. Tras ser
acorralado por un grupo de fariseos que tratan de tenderle una trampa
arrojándole a los pies una mujer adúltera y preguntándole qué hacer con ella,
Cristo no acepta el desafío, pero tampoco se desentiende. Se limita a replicar:
“Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
Luego, después de que todos los
acusadores se marcharan avergonzados –el Evangelio precisa que se marcharon
todos “comenzando por los más viejos”–, insiste con su toque irónico y pregunta
a la mujer adúltera, con tono pretendidamente sorprendido: “Mujer, ¿dónde están
los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?” (Jean 8: 7-10).
El sentido del humor no es natural, sino
cultural
Reírse de uno mismo es un ejercicio de
desposeimiento que no es natural. De forma natural, sentimos vergüenza de
nuestras debilidades y la tendencia espontánea es la de disimular y desviar la
atención hacia las de los que nos rodean.
Todo lo contrario del sentido del humor,
que es la expresión de un espíritu dispuesto a divertirse con la exhibición de
sus propias debilidades y a subvertirlas a través de la risa. Esto implica
reconocer la propia vulnerabilidad y aceptar el reconocimiento de su
dependencia cara a cara con los otros y cara a cara con el Otro por excelencia
El sentido del humor no es natural, sino
cultural. En ciertas culturas es incluso un arte: el humor inglés o el humor
judío son éxitos de la civilización y sin duda una de las explicaciones para su
capacidad como colectivo para replantearse sus propias ideas y para innovar. El
sentido del humor es cultural y por esta razón se adquiere, se educa, se
cultiva y, sobre todo, se practica.
Al igual que la vida espiritual, el
sentido del humor hay que alimentarlo para que se desarrolle y se extienda
porque, como la fe, puede crecer en madurez, en humanidad y en inteligencia de
la vida.
El sentido del humor actúa como revelador
de verdades paradójicas
El sentido del humor es también una
maravillosa forma de revelar esas verdades paradójicas que, precisamente por
ser paradójicas, son descuidadas u olvidadas.
El arte de la paradoja es el arte de
derribar los paradigmas, la capacidad de realizar cambios de perspectiva. Como
hizo Tristán Bernard durante la ocupación nazi de Francia. Arrestado una mañana
por ser judío y para ser internado en el campo de Drancy y a punto de ser
llevado por la policía, no tiene más que un instante para dedicar una palabra
de consuelo a su conmocionada esposa. Le susurra al oído: “¿Por qué llorar?
Hasta ahora vivíamos en el miedo, en adelante, viviremos en la esperanza”.
Porque ilumina los ángulos muertos y
revela los significados ocultos, el sentido del humor nos protege contra las
falsas evidencias y nos libera de las apariencias.
Predispone al que lo practica a recibir
la Buena Nueva, que es el cambio de paradigma supremo, ya que versa sobre la
condición humana y sobre nuestro destino individual.
También es el bálsamo que los cristianos
pueden verter sobre los corazones de aquellos que temen, huyen o reniegan de un
concepto de Dios vengativo y enojado, que se les ha presentado de forma tan
errónea como propio.
CS Lewis alivia las agonías existenciales
de muchos lectores al escribir a propósito del juicio final: “Al final, la
humanidad se divide simplemente en dos categorías de personas: los que dicen a
Dios Hágase tu voluntad
y aquellos a quienes Dios dice Hágase
tu voluntad. Todos aquellos que van al infierno pertenecen a la
última categoría”.
Por último, para los cristianos es
también un antídoto contra la tentación del fanatismo. Una fe guiada por el
sentido del humor es una fe que aporta razón en lugar de transformar la fe en
un catálogo de razones prohibidas. Es el antídoto contra el fanatismo puesto
que, como decía André Frossard, “los fanáticos son los que hacen la voluntad de
Dios… ¡quiera o no quiera Dios!”.
El sentido del humor es la herramienta
pedagógica por excelencia y por lo tanto la mejor manera de anunciar al Dios de
Jesucristo. Pero incluso más allá de sus virtudes pedagógicas, el sentido del
humor es ante todo una forma de ser en el mundo.
Una manera de estar en el mundo
–aceptándolo tal y como es– sin estar en el mundo, rechazando la lógica de la
competencia en la cólera y el odio. Es una manera de reconciliarse con el mundo
y de amarlo, sin ser su defensor ni su detractor.
El sentido del humor debería ser la vía
de santificación preferida por los cristianos.
Fuente: Aleteia
