Pónense los otros cinco grados de amor
1. El sexto grado hace correr al alma ligeramente a
Dios y dar muchos toques en él, y sin desfallecer corre por la esperanza, que
aquí el amor (que) la ha fortificado la hace volar ligero. En el cual grado
también dice el profeta Isaías: Los santos que esperan en Dios mudarán la
fortaleza, tomarán alas como de águila y volarán y no desfallecerán (Is. 40,
31), como hacían en el grado quinto.
A este grado pertenece también aquello del
salmo (41, 2): Así como el ciervo desea las aguas, mi alma desea a ti, Dios;
porque el ciervo en la sed con gran ligereza corre a las aguas. La causa de
esta ligereza en amor que tiene el alma en este grado es por estar ya muy
dilatada la caridad en ella, por estar aquí el alma poco menos que purificada
del todo, como se dice también en el salmo (58, 5), es a saber: Sine iniquitate
cucurri; y en otro salmo (118, 32): El camino de tus mandamientos corrí cuando
dilataste mi corazón. Y así, de este sexto grado se pone luego en el séptimo,
que es el que sigue.
2. El séptimo grado de esta escala hace atrever al
alma con vehemencia. Aquí el amor ni se aprovecha del juicio para esperar, ni
usa de consejo para se retirar, ni con vergüenza se puede enfrenar, porque el
favor, que ya Dios aquí hace al alma, la hace atrever con vehemencia. De donde
se sigue lo que dice el Apóstol (1 Cor. 13, 7), y es: La caridad todo lo cree,
todo lo espera y todo lo puede. De este grado habló Moisés (Ex. 32, 3132),
cuando dijo a Dios que perdonase al pueblo, y, si no, que le borrase a él del
libro de la vida en que le había escrito. Estos alcanzan de Dios lo que con
gusto le piden. De donde dice David (Sal. 36, 4): Deléitate en Dios, y darte ha
las peticiones de tu corazón.
En este grado se atrevió la Esposa (Ct. 1, 1) y
dijo: Osculetur me osculo oris sui. A este grado no le es lícito al alma
atreverse, si no sintiere el favor interior del cetro del rey inclinado para
ella (Est. 6, 11), porque por ventura no caiga de los demás grados que hasta
allí ha subido, en los cuales siempre se ha de conservar en humildad. De esta
osadía y mano, que Dios la da al alma en este séptimo grado para atreverse a
Dios con vehemencia de amor, se sigue el octavo, que es hacer ella presa en el
Amado y unirse con él, según se sigue.
3. El octavo grado de amor hace al alma asir y apretar
sin soltar, según la Esposa dice (Ct. 3, 4) en esta manera: Hallé al que ama mi
corazón y ánima, y túvele, y no le soltaré. En este grado de unión satisface el
alma su deseo, mas no de continuo, porque algunos llegan a poner el pie y luego
lo vuelven a quitar; porque si durase, sería cierta gloria en esta vida, y así
muy pocos espacios causa el alma en él. Al profeta Daniel (10, 11), por ser
varón de deseos, se le mandó de parte de Dios que permaneciese en este grado,
diciéndole: Daniel, está sobre tu grado, porque eres varón de deseos. De este
grado se sigue el nono, que es ya el de los perfectos, como diremos después,
que es el que se sigue.
4. El nono grado de amor hace arder al alma con
suavidad. Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios
suavemente, porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por
razón de la unión que tienen con Dios. Por esto dice san Gregorio de los
Apóstoles que, cuando el Espíritu Santo visiblemente vino sobre ellos, que
interiormente ardieron por amor suavemente.
De los bienes y riquezas de Dios que el alma goza en
este grado, no se puede hablar; porque, si de ello escribiesen muchos libros,
quedaría lo más por decir. Del cual, por esto y porque después diremos alguna
cosa, aquí no digo más sino que de éste se sigue el décimo y el último grado de
esta escala de amor, que ya no es de esta vida.
5. El décimo y último grado de esta escala secreta de
amor hace el alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de
Dios que luego posee inmediatamente el alma, que, habiendo llegado en esta vida
al nono grado, sale de la carne. Porque éstos, pocos que son, por cuanto ya por
el amor están purgadísimos, no entran en el purgatario. De donde san Mateo (5,
8), dice: Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt, etc. Y, como decimos,
esta visión es la causa de la similitud total del alma con Dios, porque así lo
dice san Juan (1 Jn. 3, 2), diciendo: Sabemos que seremos semejantes a él, no
porque el alma se hará tan capaz como Dios, porque eso es imposible, sino
porque todo lo que ella es se hará semejante a Dios; por lo cual se llamará, y
lo será, Dios por participación.
6. Esta es la escala secreta que aquí dice el alma,
aunque ya en estos grados de arriba no es muy secreta para el alma, porque
mucho se le descubre el amor por los grandes efectos que en ella hace. Mas en
este último grado de clara visión, que es lo último de la escala donde estriba
Dios, como ya dijimos, ya no hay cosa para el alma encubierta, por razón de la
total asimilación; de donde nuestro Salvador (Jn. 16, 23) dice: En aquel día
ninguna cosa me preguntaréis, etc. Pero hasta este día todavía, aunque el alma
más alta vaya, le queda algo encubierto, y tanto cuanto le falta para la
asimilación total con la divina esencia.
De esta manera, por esta teología mística y amor
secreto, se va el alma saliendo de todas las cosas y de sí misma y subiendo a
Dios. Porque el amor es asimilado al fuego, que siempre sube hacia arriba, con
apetito de engolfarse en el centro de su esfera.
Fuente: Mercaba
