HISTORIA BREVE DE LA IGLESIA (XII)

Desde su origen divino hasta las consecuencias político religiosas de la Segunda Guerra Mundial

XXII. El problema del liberalismo

La Restauración terminó en un fracaso y el siglo XIX pasó a la historia como el siglo del liberalismo. La Revolución de 1830 puso fin al Antiguo Régimen en Francia; en España, su desaparición sobrevino tras la muerte de Fernando VII, en el reinado de Isabel II. La Revolución de 1848 fue un violento golpe que sacudió a la mayor parte de Europa y supuso un ulterior avance en la configuración de la nueva realidad social y política. La victoria del liberalismo se dejó sentir en todos los órdenes de la vida.

El liberalismo tenía una doctrina política y económica; pero se fundaba además en una ideología, que enlazaba con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII. Una concepción antropocéntrica del mundo y de la existencia constituía la base de esa ideología liberal. Para ella, los hombres no sólo serían libres e iguales, sino también autónomos, es decir, desvinculados de la ley divina, que no era reconocida socialmente como norma suprema.


La libertad de conciencia y pensamiento, de asociación y de prensa, serían derechos absolutos de las personas; la fuente de toda legitimidad de poder provenía del pueblo. Ninguna diferencia hacía la doctrina liberal entre el Cristianismo y las demás religiones. La religión era un asunto que incumbía tan sólo a la intimidad de las conciencias, y la Iglesia, separada del Estado, quedaría al margen de la vida pública y sujeta al derecho común, como cualquier otra asociación.

La ideología liberal contenía, sin duda, elementos de genuina raigambre cristiana, pero mezclados con otros de origen muy diverso, que favorecían la secularización de la vida social, el naturalismo religioso y, en última instancia, el ateísmo o la indiferencia.

Es fácil de comprender que muchos cristianos rechazaran esta ideología y que, aleccionados por las recientes experiencias revolucionarias, se inclinaran en favor de las posturas tradicionales, que postulaban el respeto a los derechos de Dios y de la Iglesia en la vida social.

Los «católicos liberales» mostraban devoción al Papado. Pero la respuesta de Roma fue contraria a las aspiraciones del Catolicismo liberal. La encíclica Mirari vos de Gregorio XVI (15-VIII-1832) condenó los puntos de vista fundamentales de estos grupos: la igualdad de trato a todas las creencias, que conducía al indiferentismo religioso; la separación completa entre Iglesia y Estado, la libertad de conciencia, las libertades ilimitadas de opinión y de prensa.

XXIII. Los cristianos ante la situación social

El liberalismo del siglo XIX tuvo una ideología política y una doctrina económica. Su grave carencia fue la falta de una preocupación social. Y, sin embargo, la «cuestión social» era un hecho patente y constituía una de las mayores novedades históricas de este tiempo.

La revolución industrial había dado lugar a la formación de una nueva clase obrera un «proletariado», concentrado en los suburbios de las grandes urbes. La situación de esta clase obrera, en una época de absoluto predominio del capitalismo liberal, fue muy difícil: jornadas laborales agotadoras, jornales escasos, trabajo infantil, viviendas insalubres.

El problema social suscitó lógicamente reacciones dirigidas a luchar contra aquella situación de injusticia. El Anarquismo, uno de cuyos principales autores fue el ruso Miguel Bakunin, propugnaba la acción violenta, para terminar con el Estado y una ordenación social injusta.

Diversos sistemas «socialistas», ideados por doctrinarios como Saint-Simon, Fourier o Proudhon, quedaron pronto eclipsados por el socialismo de Carlos Marx el «marxismo». Desde el punto de vista cristiano, tenemos que tener en cuenta que el marxismo, fundado sobre el materialismo histórico y la dialéctica de la lucha de clases, se manifestó opuesto a toda religión, considerada por él como una falta de libertad «opio del pueblo», y mostró particular hostilidad hacia la religión católica.

El proletariado, situado en los suburbios de las grandes ciudades, estaba constituido en buena parte por inmigrantes procedentes de los medios rurales, que cambiaron su vida de campesinos por la de obreros industriales. Esta transformación había implicado para ellos el abandono de pueblos y aldeas donde tenían vinculaciones familiares y arraigo social y su incorporación a las masas despersonalizadas de la nueva clase obrera. En el aspecto religioso, este cambio tuvo a menudo consecuencias negativas.

Desde la primera mitad del siglo XIX, la cuestión social sensibilizó a algunos católicos, dando lugar a iniciativas generosas dirigidas a paliar tantas miserias por la vía de la caridad y la beneficencia. Pero tardó en producirse una toma de conciencia generalizada por parte de los cristianos ante el fenómeno del nacimiento de la nueva clase obrera.

Fueron ciertos países no latinos, menos afectados por el fenómeno anticlerical, los que registraron antes una presencia activa de la Iglesia en el mundo laboral. Así, en los Estados Unidos de América e Inglaterra, donde existía una numerosa población trabajadora de irlandeses católicos, el asociacionismo sindical no tuvo raíces marxistas, sino cristianas.

El concilio Vaticano I había reunido abundante documentación acerca de la cuestión social. El papa León XIII habló con precisión sobre el tema en la encíclica Rerum Novarum, que rechazaba por principio la dialéctica de la lucha de clases y pedía a patronos y obreros una armónica colaboración para el desarrollo de la nueva sociedad.

El papa proclamaba el carácter social tanto de la propiedad como del salario justo y exhortaba al estado a abandonar la postura de mero espectador y a controlar las relaciones económicas, sin caer en el dirigismo socialista. La Rerum Novarum terminaba proponiendo la creación de asociaciones obreras de inspiración cristiana.

León XIII alentaba la presencia de los católicos en la vida pública. El papa, por otra parte, en la encíclica Inmortale Dei (19-XI-1885) había declarado la disposición de la Iglesia a mantener buenas relaciones con cualquier régimen político que defendiera la libertad.

Los comienzos del siglo XX coincidieron con el final del pontificado de León XIII, cuya duración de veinticinco años autoriza a considerarlo también como otro capítulo de la historia cristiana. El anciano papa se había ganado el respeto del mundo entero, pese a que en algún lugar, como Francia, sus esfuerzos conciliadores no tuvieron una respuesta satisfactoria.

El magisterio desarrollado por León XIII a través de sus grandes encíclicas había sido de extraordinaria importancia. Pero la presencia activa de los católicos en la vida político-social tenía también sus riesgos y en el interior de la Iglesia se incubaba, además, una crisis doctrinal, que no tardaría en declararse abiertamente.



Fuente Catholic.net