En
que trata cómo quiso el Señor ponerla en espíritu en un lugar del infierno que
tenía por sus pecados
merecido. Cuenta una cifra de lo que allí se lo representó para lo que fue (1). Comienza a tratar la manera y
modo cómo se fundó el monasterio, adonde ahora está, de San José.
1.
Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas de las mercedes
que he dicho (2) y otras muy grandes, estando un día en oración me hallé en un
punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí
que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían
aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio, mas
aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme.
2.
Estotro (4) me parece que aun principio de encarecerse como es no le puede
haber, ni se puede entender; mas sentí un fuego en el alma, que yo no puedo
entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan
incomportables (5), que, con haberlos pasado en esta vida gravísimos y, según
dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme
todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he
tenido, y aun algunos, como he dicho (6), causados del demonio), no es todo
nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que habían de ser sin fin y sin
jamás cesar.
Esto
no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma: un apretamiento, un
ahogamiento, una aflicción tan sentible (7) y con tan desesperado y afligido
descontento, que yo no sé cómo lo encarecer. Porque decir que es un estarse
siempre arrancando el alma, es poco, porque aun parece que otro os acaba la
vida; mas aquí el alma misma es la que se despedaza.
El
caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior y aquel
desesperamiento, sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me
los daba, mas sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me parece. Y digo que
aquel fuego y desesperación interior es lo peor.
3.
Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay
sentarse ni echarse (8), ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero
hecho en la pared. Porque estas paredes, que son espantosas a la vista,
aprietan ellas mismas, y todo ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas
oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a
la vista ha de dar pena todo se ve.
No
quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno. Después he visto otra
visión de cosas espantosas, de algunos vicios el castigo. Cuanto a la vista,
muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena, no me hicieron
tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese
aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera
padeciendo.
Yo
no sé cómo ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo
viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia. Porque no es
nada oírlo decir, ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos
(aunque pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma), ni que los demonios
atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído, no es nada con esta pena
(9), porque es otra cosa. En fin como de dibujo a la verdad, y el quemarse acá
es muy poco en comparación de este fuego de allá.
4.
Yo quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora escribiéndolo, con que ha casi
seis años (10), y es así que me parece el calor natural me falta de temor aquí
adonde estoy. Y así no me acuerdo vez que tengo trabajo ni dolores, que no me
parece nonada todo lo que acá se puede pasar, y así me parece en parte que nos
quejamos sin propósito. Y así torno a decir que fue una de las mayores mercedes
que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder
el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para
esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor que me libró, a lo que ahora me
parece, de males tan perpetuos y terribles.
5.
Después acá, como digo, todo me parece fácil en comparación de un momento que
se haya de sufrir lo que yo en él allí padecí. Espántame cómo habiendo leído
muchas veces libros adonde se da algo a entender las penas del infierno, cómo
no las temía ni tenía en lo que son. ¿Adónde estaba? ¿Cómo me podía dar cosa
descanso de lo que me acarreaba ir a tan mal lugar? ¡Seáis bendito, Dios mío,
por siempre! Y ¡cómo se ha parecido (11) que me queríais Vos mucho más a mí que
yo me quiero! ¡Qué de veces, Señor, me librasteis de cárcel tan tenebrosa, y
cómo me tornaba yo a meter en ella contra vuestra voluntad!
6.
De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se
condenan (de estos luteranos en especial (12), porque eran ya por el bautismo
miembros de la Iglesia), y los ímpetus grandes de aprovechar almas, que me
parece, cierto, a mí que, por librar una sola de tan gravísimos tormentos,
pasaría yo muchas muertes muy de buena gana. Miro que, si vemos acá una persona
que bien queremos, en especial con un gran trabajo o dolor, parece que nuestro
mismo natural nos convida a compasión y, si es grande, nos aprieta a nosotros.
Pues ver a un alma para sin fin en el sumo trabajo de los trabajos, ¿quién lo
ha de poder sufrir? No hay corazón que lo lleve sin gran pena (13). Pues acá
con saber que, en fin, se acabará con la vida y que ya tiene término, aun nos
mueve a tanta compasión, estotro que no le tiene no sé cómo podemos sosegar
viendo tantas almas como lleva cada día el demonio consigo.
7.
Esto también me hace desear que, en cosa que tanto importa, no nos contentemos
con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte. No dejemos nada, y
plega al Señor sea servido de darnos gracia para ello.
Cuando
yo considero que, aunque era tan malísima, traía algún cuidado de servir a Dios
y no hacía algunas cosas que veo que, como quien no hace nada, se las tragan en
el mundo y, en fin, pasaba grandes enfermedades y con mucha paciencia, que me
la daba el Señor; no era inclinada a murmurar, ni a decir mal de nadie, ni me
parece podía querer mal a nadie, ni era codiciosa, ni envidia jamás me acuerdo
tener de manera que fuese ofensa grave del Señor, y otras algunas cosas, que,
aunque era tan ruin, traía temor de Dios lo más continuo; y (14) veo adonde me
tenían ya los demonios aposentada, y es verdad que, según mis culpas, aun me
parece merecía más castigo. Mas, con todo, digo que era terrible tormento, y
que es peligrosa cosa contentarnos, ni traer sosiego ni contento el alma que
anda cayendo a cada paso en pecado mortal; sino que por amor de Dios nos
quitemos de las ocasiones, que el Señor nos ayudará como ha hecho a mí. Plega a
Su Majestad que no me deje de su mano para que yo torne a caer, que ya tengo visto
adónde he de ir a parar. No lo permita el Señor, por quien Su Majestad es, amén.
8.
Andando yo, después de haber visto esto y otras grandes cosas y secretos que el
Señor, por quien es, me quiso mostrar de la gloria que se dará a los buenos y
pena a los malos, deseando modo y manera en que pudiese hacer penitencia de
tanto mal y merecer algo para ganar tanto bien, deseaba huir de gentes y acabar
ya de en todo en todo (15) apartarme del mundo. No sosegaba mi espíritu, mas no
desasosiego inquieto, sino sabroso. Bien se veía que era de Dios, y que le
había dado Su Majestad al alma calor para digerir otros manjares más gruesos de
los que comía.
9.
Pensaba qué podría hacer por Dios. Y pensé que lo primero era seguir el
llamamiento que Su majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con
la mayor perfección que pudiese (16). Y aunque en la casa adonde estaba había
muchas siervas de Dios y era harto servido en ella, a causa de tener gran
necesidad salían las monjas muchas veces a partes adonde con toda honestidad y
religión podíamos estar; y también no estaba fundada en su primer rigor la
Regla, sino guardábase conforme a lo que en toda la Orden, que es con bula de
relajación (17).
Y también otros inconvenientes, que me parecía a mí tenía
mucho regalo, por ser la casa (18) grande y deleitosa. Mas este inconveniente
de salir, aunque yo era la que mucho lo usaba, era grande para mí ya, porque
algunas personas, a quien los prelados no podían decir de no, gustaban
estuviese yo en su compañía, e, importunados, mandábanmelo (19). Y así, según
se iba ordenando, pudiera poco estar en el monasterio, porque el demonio en
parte debía ayudar para que no estuviese en casa, que todavía, como comunicaba
con algunas (20) lo que los que me trataban me enseñaban, hacíase gran provecho.
10.
Ofrecióse una vez, estando con una persona, decirme a mí y a otras (21) que si
no seríamos para ser monjas de la manera de las descalzas, que aun posible era
poder hacer un monasterio. Yo, como andaba en estos deseos, comencélo a tratar
con aquella señora mi compañera viuda (22) que ya he dicho, que tenía el mismo
deseo. Ella comenzó a dar trazas para darle renta, que ahora veo yo que no
llevaban mucho camino y el deseo que de ello teníamos nos hacía parecer que sí.
Mas
yo, por otra parte, como tenía tan grandísimo contento en la casa que estaba
(23), porque era muy a mi gusto y la celda en que estaba hecha muy a mi
propósito, todavía me detenía. Con todo concertamos de encomendarlo mucho a
Dios.
11.
Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis
fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el
monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a
la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría
con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor, y que,
aunque las religiones (24) estaban relajadas, que no pensase se servía poco en
ellas; que qué sería del mundo si no fuese por los religiosos; que dijese a mi
confesor (25) esto que me mandaba, y que le rogaba El que no fuese contra ello
ni me lo estorbase.
12.
Era esta visión con tan grandes efectos, y de tal manera esta habla que me
hacía el Señor, que yo no podía dudar que era El. Yo sentí grandísima pena,
porque en parte se me representaron los grandes desasosiegos y trabajos que me
había de costar, y como estaba contentísima en aquella casa; que, aunque antes
lo trataba, no era con tanta determinación ni certidumbre que sería. Aquí (26)
parecía se me ponía apremio y, como veía comenzaba cosa de gran desasosiego,
estaba en duda de lo que haría. Mas fueron muchas veces las que el Señor me
tornó a hablar en ello, poniéndome delante tantas causas y razones que yo veía
ser claras y que era su voluntad, que ya no osé hacer otra cosa sino decirlo a
mi confesor, y dile por escrito todo lo que pasaba (27).
13.
El no osó determinadamente decirme que lo dejase, mas veía que no llevaba
camino conforme a razón natural, por haber poquísima y casi ninguna posibilidad
en mi compañera, que era la que lo había de hacer. Díjome que lo tratase con mi
prelado (28), y que lo que él hiciese, eso hiciese yo.
Yo
no trataba estas visiones con el prelado, sino aquella señora trató con él que
quería hacer este monasterio. Y el provincial vino muy bien en ello, que es
amigo de toda religión, y diole todo el favor que fue menester, y díjole que él
admitiría la casa (29). Trataron de la renta que había de tener. Y nunca
queríamos fuesen más de trece (30) por muchas causas. Antes
que lo comenzásemos a tratar, escribimos al santo Fray Pedro de Alcántara todo
lo que pasaba, y aconsejónos que no lo dejásemos de hacer, y dionos su parecer
en todo.
14.
No se hubo comenzado a saber por el lugar, cuando (31) no se podrá escribir en
breve la gran persecución que vino sobre nosotras, los dichos, las risas, el
decir que era disparate. A mí, que bien me estaba en mi monasterio. A la mi
compañera tanta persecución, que la traían fatigada. Yo no sabía qué me hacer.
En parte me parecía que tenían razón.
Estando
así muy fatigada encomendándome a Dios, comenzó Su majestad a consolarme y a
animarme. Díjome que aquí vería lo que habían pasado los santos que habían
fundado las Religiones; que mucha más persecución tenía por pasar de las que yo
podía pensar; (32) que no se nos diese nada. Decíame algunas cosas que dijese a
mi compañera; y lo que más me espantaba yo es que luego quedábamos consoladas
de lo pasado y con ánimo para resistir a todos. Y es así que de gente de
oración y todo, en fin, el lugar no había casi persona que entonces no fuese
contra nosotras y le pareciese grandísimo disparate.
15.
Fueron tantos los dichos y el alboroto de mi mismo monasterio, que al
Provincial le pareció recio ponerse contra todos, y así mudó el parecer y no la
quiso admitir (33). Dijo que la renta no era segura y que era poca, y que era
mucha la contradicción. Y en todo parece tenía razón. Y, en fin, lo dejó y no
lo quiso admitir.
Nosotras,
que ya parecía teníamos recibidos los primeros golpes, dionos muy gran pena; en
especial me la dio a mí de ver al Provincial contrario, que, con quererlo él,
tenía yo disculpa con todos. A la mi compañera ya no la querían absolver si no
lo dejaba, porque decían era obligada a quitar el escándalo (34).
16.
Ella fue a un gran letrado (35) muy gran siervo de Dios, de la Orden de Santo
Domingo, a decírselo y darle cuenta de todo. Esto fue aun antes que el
Provincial lo tuviese dejado, porque en todo el lugar no teníamos quien nos
quisiese dar parecer. Y así decían que sólo era por nuestras cabezas. Dio esta
señora relación de todo y cuenta de la renta que tenía de su mayorazgo a este
santo varón, con harto deseo nos ayudase, porque era el mayor letrado que
entonces había en el lugar, y pocos más en su Orden (36). Yo le dije todo lo
que pensábamos hacer y algunas causas. No le dije cosa de revelación ninguna,
sino las razones naturales que me movían, porque no quería yo nos diese parecer
sino conforme a ellas.
El
nos dijo que le diésemos de término ocho días para responder, y que si
estábamos determinadas a hacer lo que él dijese. Yo le dije que sí; mas aunque
yo esto decía y me parece lo hiciera (porque no veía camino por entonces de
llevarlo adelante) (37), nunca jamás se me quitaba una seguridad de que se
había de hacer. Mi compañera tenía más fe; nunca ella, por cosa que la dijesen,
se determinaba a dejarlo.
17.
Yo, aunque como digo me parecía imposible dejarse de hacer, de tal manera creo
ser verdadera la revelación, como no vaya contra lo que está en la Sagrada
Escritura o contra las leyes de la Iglesia que somos obligadas a hacer. Porque,
aunque a mí verdaderamente me parecía era de Dios, si aquel letrado me dijera
que no lo podíamos hacer sin ofenderle y que íbamos contra conciencia, paréceme
luego me apartara de ello o buscara otro medio. Mas a mí no me daba el señor
sino éste.
Decíame
después este siervo de Dios que lo había tomado a cargo con toda determinación
de poner mucho en que nos apartásemos de hacerlo, porque ya había venido a su
noticia el clamor del pueblo, y también le parecía desatino, como a todos, y en
sabiendo habíamos ido a él, le envió a avisar un caballero que mirase lo que
hacía, que no nos ayudase. Y que, en comenzando a mirar en lo que nos había de
responder y a pensar en el negocio y el intento que llevábamos y manera de
concierto y religión, se le asentó ser muy en servicio de Dios, y que no había
de dejar de hacerse.
Y
así nos respondió nos diésemos prisa a concluirlo, y dijo la manera y traza que
se había de tener; y aunque la hacienda era poca, que algo se había de fiar de
Dios; que quien lo contradijese fuese a él, que él respondería. Y así siempre
nos ayudó, como después diré (38).
18.
Con esto fuimos muy consoladas y con que algunas personas santas, que nos
solían ser contrarias, estaban ya más aplacadas, y algunas nos ayudaban.
Entre
ellas era el caballero santo (39), de quien ya he hecho mención,que, como lo es
y le parecía llevaba camino de tanta perfección, por ser todo nuestro
fundamento en oración, aunque los medios le parecían muy dificultosos y sin
camino, rendía su parecer a que podía ser cosa de Dios, que el mismo señor le
debía mover.
Y
así hizo al maestro, que es el clérigo siervo de Dios que dije que había
hablado primero (40), que es espejo de todo el lugar, como persona que le tiene
Dios en él para remedio y aprovechamiento de muchas almas, y ya venía en
ayudarme en el negocio.
Y
estando en estos términos y siempre con ayuda de muchas oraciones y teniendo
comprada ya la casa en buena parte, aunque pequeña...; mas de esto a mí no se
me daba nada, que me había dicho el Señor (41) que entrase como pudiese, que
después yo vería lo que Su majestad hacía. ¡Y cuán bien que lo he visto! Y así,
aunque veía ser poca la renta, tenía creído el Señor lo había por otros medios
de ordenar y favorecernos.
NOTAS CAPÍTULO 32
Comienza una nueva
sección del libro: los capítulos 32-36 cuentan la fundación del Carmelo de San
José, estrechamente vinculada a las gracias místicas recibidas por la autora.
Desea ella que si los teólogos asesores deciden destruir el libro, conserven al
menos esos capítulos y los entreguen a las monjas de su primer Carmelo (c. 36,
29). - El c. 32 cuenta su visión del infierno (nn. 1-9) y los primeros trámites
de fundación (10-18).
1 Cuenta una
cifra (un resumen o muestra: cf. c. 27, 12 nota 33)... - Para lo que fue: en
comparación de lo que fue la terrible visión.
2 Se remite a
las gracias místicas referidas en los cc. 23-31.
3 En mucho
estrecho: en gran aprieto.
4 Estotro: es lo
que va a referirse en contraposición al "esto" de la última frase:
"lo referido".
5
Incomportables: insoportables (cf. c. 5, 7 nota 14, pasaje al que alude
enseguida).
6 Los referidos
en los cc. 30-31. - A continuación: no es todo nada: todo es nada.
7 Tan sentible:
tan de sentir (cf. Moradas 6, 1, 9 y 6, 11, 7).
8 No hay
sentarse... no hay posibilidad de sentarse...
9 No es nada
comparado con esta pena.
10 Con que ha
casi seis años: haciendo ya casi seis años que acaeció. - La Santa escribe a
finales de 1565: la visión del infierno data por tanto de la primera mitad de
1560.
11 Cómo se ha
parecido: cómo se ha evidenciado... (cf. c. 35, 13; 36, 3; o bien, Fund. c. 2,
7).
12 Estos
luteranos: bajo el apelativo de "luteranos" alude globalmente a los
protestantes (cf. Camino 1, 2; Fund. 3, 10; Moradas 7, 5, 4.
13 Cf. un texto
paralelo en las Moradas séptimas, 1, 4.
14 Y (sin
embargo) veo: "y" adversativa, como en otros casos.
15 Hoy diríamos:
"de todo en todo": totalmente.
16 Mi Regla: es
la Regla de la Orden del Carmen, dada por el patriarca de Jerusalén, San
Alberto, a los ermitaños del Carmelo hacia el año 1210. -Con la mayor
perfección que (yo) pudiese: alude probablemente al "voto de
perfección" que ella hizo por esas fechas (cf. BMC, t. 2, p. 128), aludido
igualmente en pasajes paralelos a éste: Camino 1, 2; Rel. 1, 9; y Vida 36,
5.12.27.
17 Con bula de
relajación: se refiere a la bula "Romani Pontificis" de Eugenio IV
(15.2.1432).
18 La casa: el
monasterio de la Encarnación de Avila (cf. nn. 12-13; y c. 33, 2). - Este
inconveniente de salir: ya ha dicho que en la Encarnación "no se prometía
clausura" (c. 4, 5; 7, 3: cf. nota 13 del c. 4).
19 Mandábanmelo:
lo referirá más adelante: c. 34 título.
20 Comunicaba
con algunas: por esas fechas escribía el P. Pedro Ibáñez en su
"Dictamen": "Es tan grande el aprovechamiento de su alma con
estas cosas y la buena edificación que da con su ejemplo, que más de cuarenta
monjas tratan en su casa (de la Encarnación) de grande recogimiento" (BMC,
t, 2, p. 131).
21 Estando con
una persona, decirme a mí y a otras... - Se trata por tanto de un grupito de
interlocutoras, entre las que destaca una principal. Conocemos el nombre de
casi todas ellas. La "persona", autora del dicho, fue María de
Ocampo, hija de primos de la Santa, que muy pronto se hizo carmelita en San
José, con el nombre de María Bautista. Casi todas las restantes componentes del
grupo eran parientes de la Madre Teresa, carmelitas las unas, y seglares amigas
las otras: todas ellas pasaban deliciosas veladas espirituales en la celda de
la Santa en la Encarnación. Tales fueron: Beatriz de Cepeda, Leonor de Cepeda,
María de Cepeda, Isabel de S. Pablo, Inés de Tapia, Ana de Tapia, Juana Suárez (ya
conocida del lector), etc. María de San José, una de las grandes escritoras
discípulas de la Santa, refiere el episodio: "Estando un día la Santa con
ella (María de Ocampo) y otras religiosas de la Encarnación comenzaron a
discutir de vidas de Santos del Yermo, y en este tiempo dijeron algunas de
ellas que ya que no podían ir al Yermo, que si hubiera un monasterio pequeño y
de pocas monjas, que allí se juntaran todas a hacer penitencia; y la dicha
Madre Teresa de Jesús les dijo que tratasen de reformarse y guardar la Regla
primitiva, que ella pediría a Dios les alumbrase lo que más convenía, y que
entonces dijo María Bautista a la dicha Madre: Madre, haga un monasterio como
decimos, que yo ayudaré a V. R. con mi legítima. Y estando en esta
conversación, llegó la señora Doña Guiomar de Ulloa, a la cual contó la dicha
Madre Teresa de Jesús el discurso que habían ella y aquellas muchachas sus
parientes; y la dicha Doña Guiomar de Ulloa dijo: Madre, yo también ayudaré con
lo que pudiere a esta obra tan santa" (en Memorias Historiales, letra R,
n. 141). - Las Descalzas, cuya manera de vida propuso por modelo María de
Ocampo, son las llamadas Descalzas Reales de Madrid, de origen avilés; fundadas
en Avila por la princesa Doña Juana, hermana de Felipe II, con un grupo de
Franciscanas del monasterio de esta ciudad y siguiendo la iniciativa de San
Pedro de Alcántara. La fundación pasó sucesivamente a Valladolid y Madrid.
22 Mi compañera
viuda: Doña Guiomar de Ulloa (cf. c. 30, 3; 24, 4), a quien en adelante
designará con ese nombre (nn. 13, 15, 16).
23 Estaba en el
monasterio de la Encarnación.
24 Las
religiones: las órdenes religiosas.
24 Mi confesor:
el P. Baltasar Alvarez.
26 Aquí: en esta
palabra del Señor. - A continuación, la Santa escribe "premio" por
"apremio". Cf. 24, 1.
27 Su confesor,
el P. Baltasar Alvarez. Se ha perdido ese "escrito" de la Santa.
28 Mi prelado:
el provincial carmelita, de que hablará enseguida: "el P. fray Angel de
Salazar", anotó Gracián en su ejemplar de Vida. Había sucedido en el
provincialato de Castilla al P. Gregorio Fernández. Cuando esto escribe la
Santa, ya ha estado en el Capítulo General de la Orden (Roma 1564).
29 Admitiría la
casa: (la fundación) bajo su jurisdicción.
30 No fuesen más
de trece: las futuras religiosas del monasterio. "Solas doce mujeres y la
priora, que no han de ser más", escribirá en el c. 36, n. 19. Y en el
Camino: "En esta casa no son más de trece ni lo han de ser" (c. 4, n.
7). Cf. Fundaciones c. 1, n, 1; Modo de visitar, nn. 27-28 y cartas 16, 81,
210, 350, 386 (numeración de la B.M.C.). A pesar de ello, el 23 de diciembre de
1561 había escrito a su hermano Lorenzo de Cepeda: "ha de haber sólo
quince, sin poder crecer el número, con grandísimo encerramiento". -
Posteriormente la Santa cambió de parecer, y elevó considerablemente el número
de monjas de cada Carmelo.
31 No se hubo
comenzado a saber..., cuando...: apenas se comenzó a saber, cuando...
32 Reordenado:
"que tenía por pasar mucha más persecución que las que yo podía pensar.
33 No quiso
admitir "la fundación" bajo su jurisdicción.
34 Cf. la
deposición de Teresita de Cepeda en el Proceso de beatificación de la Santa
(Avila, 1610): BMC, t. 2, p. 333).
35 "El P.
fray Pedro Ybáñez", anota el P. Gracián en su ejemplar. - De él volverá a
hablar la Santa, especialmente en los cc. 33, 5-6; y 38, 12.13.32.
36 Pocos más
(letrados) en su Orden.
37 La frase
entre paréntesis se halla tachada en el autógrafo. Sólo recientemente hemos
podido recuperar su lectura íntegra. Fue omitida por fray Luis (p. 407).
38 Cf. c. 35,
4-6; c. 36, 23.
39 Francisco de
Salcedo: cf. c. 23, 6-8.
40 Gaspar Daza:
cf. c. 23, 6...
41 Se lo
repetirá el Señor en el c. 33, 12.
Fuente: Mercaba
