Cristiano es aquél que mantiene una relación personal, viva y directa con Cristo
Lo más original del cristianismo, en el conjunto de las llamadas religiones, es
que el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Jesús no es un profeta más, ni un líder
religioso, ni un maestro de moral como tantos otros. Es Dios mismo, como afirma
sin tapujos la revelación del Nuevo Testamento a través de palabras e
imágenes.
Cristiano es aquél que mantiene una relación personal, viva y directa con
Cristo. Lo hace confesando su condición divina, en la liturgia y en la vida
ordinaria, y orienta y proyecta su vida desde Cristo, porque sólo él le libra
del pecado y de la muerte. Los cristianos pertenecen a Cristo, son suyos por el
simple hecho de que los ha redimido. La vida diaria se convierte así en un
seguimiento personal de Cristo, que es la última referencia de nuestros
pensamientos, deseos y actos. Cristiano, decía san Agustín, viene de Cristo. Se
refería al nombre de «cristiano», pero puede aplicarse a la vida entera del
bautizado. Y Kierkegaard afirmaba que el cristianismo era Cristo. Así de
sencillo. Una persona que encierra en sí misma todos los dogmas de la fe.
De ahí que el mayor atentado que puede hacerse contra el cristianismo es
reducirlo a una ideología, por buena y atractiva que parezca. Si esa ideología
no comporta la adhesión de todo nuestro ser a Cristo, el cristianismo se
desmorona. El gnosticismo ha sido, por esta razón, la negación misma de la fe
cristiana: porque la reduce a un «conocimiento» de verdades, en su mayoría
crípticas, incapaces de salvar.
Si tomamos los evangelios, donde se conserva la genuina tradición sobre
Jesús, observamos que Cristo invita a los hombres a su seguimiento, a estar con
él, a compartir su misma vida. No es un maestro de doctrina al uso, un
formulador de enseñanzas éticas o religiosas. Jesucristo se muestra a sí mismo,
habla de sí y de la salvación que ofrece, de manera que quien lo acoge, se
adhiere a él y es invitado a vivir y permanecer en él. Por eso Cristo establece
los sacramentos, que son los cauces para lograr que su propia vida se realice en
nosotros: nos bautiza para que seamos incorporados a su Cuerpo; nos unge con el
crisma, para que vivamos fortalecidos por su verdad; nos alimenta con su Cuerpo
y Sangre para que, como dice el evangelio de este domingo, habitemos en él y él
en nosotros.
La estructura sacramental de la Iglesia es la consecuencia lógica
de la Encarnación de Cristo, porque nos permite participar en la vida de Cristo
que se nos da a través de los elementos sensibles de los sacramentos, animados,
como es obvio, por el Espíritu, Señor y Dador de vida. Es imposible ser
cristiano en plenitud sin participar de los sacramentos. Los sacramentos
cristianos son lo más opuesto a una ideología: en ellos se hace patente Cristo,
su perdón, su vida, su salvación. Por eso dijo que quien tuviera sed, bebiera de
él el agua viva; y cuando cura a enfermos y resucita a muertos, muestra que
posee la vida de Dios que nos trasmite por medio de la humanidad que le hemos
prestado. He aquí el gran intercambio del que habla la tradición cristiana: Dios
ha tomado nuestra carne para poder comunicarnos su Espíritu. Este es el núcleo
de la fe cristiana.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
