Para
el Gobierno y las Naciones Unidas, solo somos cifras. No nos consideran como
seres humanos
Se cumple el primer aniversario del día más trágico en la vida de las religiosas
dominicas que desempeñan su labor de servicio en Irak: en un solo día sufrieron
y aceptaron un desafío con el que la mayoría de las personas no se
tienen que enfrentar en toda su vida.
A pesar del derramamiento
de sangre, del sufrimiento y de la tragedia de los que fueron testigos en ese
día aciago y en los meses siguientes, esas religiosas se mantuvieron fieles a su
fe y a su misión.
Oír bombas a una cierta distancia no era nada
desacostumbrado para las religiosas y su comunidad, en un conflicto que se
desarrollaba muy cerca entre las tropas iraquíes-kurdas y el Estado Islámico.
«Por la mañana oímos bombas expone sor Lyca; pensábamos que era normal porque
había enfrentamientos entre las dos partes». Sin embargo, lo que no era normal
es lo que sucedió después. «A las diez de la mañana cayeron bombas sobre el
pueblo dice sor Lyca. Tres personas murieron: dos niños y una joven. Eran
noticias terribles».
Después del bombardeo, muchos comenzaron a huir
del pueblo; pero las religiosas se quedaron allí porque se dieron cuenta de que
la gente necesitaba apoyo y porque confiaban en que ese incidente sería como los
anteriores, que solo habían durado unos pocos días. Se sentían también seguras
por los peshmerga, las tropas kurdas, que habían prometido protegerlas. «Pusimos
toda nuestra confianza en los peshmerga, que nos había prometido
protección.
Hasta el último minuto estábamos seguras de que nos
defenderían», dice sor Diana. «Pero cuando vimos que se quitaban los uniformes,
supimos que había llegado definitivamente el momento del peligro». Abandonadas
de sus protectores y completamente indefensas, las religiosas decidieron
abandonar su convento en Qaraqosh y ponerse en camino junto con otros miles de
refugiados. No tuvieron más que media hora para empaquetar sus
pertenencias. «Sufrimos pánico cuando nos dijeron que ISIS estaba ya en
las carreteras, de modo que muchas personas huyeron incluso en pijama». «La
distancia entre Erbil y Qaraqosh asciende a una hora. Nosotras necesitamos diez
horas, porque había un inmenso embotellamiento», explica sor Lyca.
Las
religiosas huyeron al lado de muchos miles de refugiados, que huían del
inminente ataque de IS. «Desde las 23.30 h hasta la mañana siguiente marchamos a
pie, sin alimentos ni agua», dice sor Diana. «Y estamos hablando del mes de
agosto, con temperaturas de unos 38 grados, con un calor sofocante, y eso sin
agua». Además del agotamiento debido al calor y la deshidratación, las
religiosas y las demás personas se vieron enfrentadas a imágenes
horribles, que produjeron una viva impresión a las religiosas: «Cuando
llegamos a la carretera vimos a miles de personas andando, y muchos
automóviles», explica sor Diana. «En automóviles previstos para cinco personas,
iban entre ocho y diez. Oímos llorar y gritar a niños, que tenían mucho
miedo».
Una imagen se les quedó especialmente grabada: «cuando pasamos un
puesto de control, estaba detrás de nosotras una ambulancia dice sor Lyca. Oímos
decir que allí iban cinco islamistas, y el ejército abrió el fuego contra ese
automóvil y otros. Vimos cómo la gente corría y tomaba a los niños; las madres
echaban a los niños en nuestro automóvil para salvar sus vidas. Este es
un momento que no olvidaré. Fue terrible».
Los campos de
refugiados en Erbil también ofrecieron a las religiosas imágenes trágicas:
«cuando llegamos era todavía más horrible ver a la gente dispersada por todos
lados, como ovejas que no tienen pastor». Sor Diana dice: «muchas de esas
personas habían abandonado mansiones. Tenían tanto, tanto... y en cuestión de
unas pocas horas se quedaron sin techo. Comenzamos a darnos cuenta de que
nuestro desplazamiento podría durar no días, sino años y años».
La Iglesia no quiso dejar a la gente en este estado; por eso tomó medidas para
ofrecer ayuda: al día siguiente, las iglesias abrieron sus puertas, para acoger
a los refugiados; las religiosas comenzaron a dar clases a los niños para
ofrecerles educación en la medida de lo posible. Algunas tenían clases con
cientos de niños, como sor Ban.
A pesar de esos esfuerzos desinteresados,
la Iglesia y los refugiados tienen que luchar en un plano espiritual: «hemos
perdido nuestra dignidad; nos han humillado de muy diversas maneras dice sor
Diana. Vivimos de un día para otro; pero este no es realmente el modo como
deberían vivir las personas humanas. Estamos vivos, pero vivimos en una jaula.
No tenemos la fuerza ni la energía para abrir las alas hacia donde queremos». A
pesar que de han trabajado duro para enseñar a los niños, temen que no sea
necesario.
«Nuestros niños vienen dos o tres horas a la escuela. Esto no
es nada. A nuestros universitarios les han privado de sus centros de enseñanza.
Como cristianos amamos la formación. Lo que hace IS significa matar a una nueva
generación, pues si esa generación no consigue formarse, la próxima tampoco
podrá hacerlo». Además, los hospitales no tienen la posibilidad de tratar a
todos los pacientes; están preocupadas de que la ayuda que les llega no sea
necesaria. «Para el Gobierno e incluso para las Naciones Unidas, solo somos
cifras. No nos consideran como seres humanos», expone sor Diana.
No
obstante, las religiosas tienen esperanza y conservan su fe en Dios. «Hemos
llevado todas estas cosas a nuestra oración dice sor Huda; esta es mi fe. Dios
ESTÁ con nosotros. Dios nos salvó cuando llegamos aquí. Queremos dar las gracias
a todas las personas que piensan en nosotros y que nos ayudan».
Fuente: AIN
