El gesto de Tomás, negándose a creer que sus compañeros habían visto al
Resucitado y exigiendo meter sus dedos en las llagas y su mano en la herida del
costado de Cristo, es algo más que una testarudez. Revela la actitud
racionalista de quien, para creer, necesita ver. Lo cual es precisamente la
negación de la fe, que justifica el reproche de Jesús: «Porque me has visto,
¿has creído?».
Por el contrario, Jesús llama bienaventurados a quienes crean en
él sin haberlo visto.
La incredulidad
de Tomás era una grave desconfianza en aquellos que, como él, habían visto y
oído al Señor durante su vida. Un gran filósofo del siglo XX, Joseph Pieper, ha
dicho con acierto que «si no hay nadie que sepa, no puede haber tampoco nadie
que crea». La fe, como el aprendizaje, se apoya en el saber de otros, en quienes
depositamos la confianza de modo razonable, porque sabemos que buscan nuestro
bien, que nos aman. ¿Es irracional confiar en nuestros padres, amigos y
maestros? ¿Es irracional creer a quienes dieron la vida por anunciar al
Resucitado?
La segunda vez que se aparece Jesús, estando presente Tomás, se
dice, como en la primera, que «se puso en medio» de ellos. Esta fórmula es muy
significativa. Indica que Jesús es el nexo de unión de los Doce. Sin Él no
existe la comunión apostólica. La fe, en último término, está salvaguardada por
esa comunión. El «pecado» de Tomás no fue, en un primer momento, la
incredulidad, sino no aceptar el testimonio de los Doce de los que él formaba
parte. Ése fue su error.
Por eso, después de las palabras de Jesús —«dichosos
los que crean sin haber visto»—, el evangelista añade que los signos escritos en
su libro es para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Esos
«signos» constituyen el fundamento racional que nos permite creer: son sus
palabras, sus milagros, atestiguados por aquellos testigos que vivieron con él y
pueden decirnos la verdad de lo que sucedió… a no ser que los califiquemos de
mentirosos o embaucadores.
La fe no es un salto absurdo en el vacío. Ni un fideísmo ingenuo.
Es un acto razonable que implica nuestra libertad al depositar la confianza en
quienes «saben» de Jesús, sus testigos autorizados. En este sentido, también la
incredulidad de Tomás constituye un argumento en favor de la fe, como lo comenta
san Gregorio Magno: «La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable,
ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su
maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad.
Más provechosa fue para
nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que,
al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre
de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo
que dudó y que palpó, se convirtió en testigo de la realidad de la
resurrección». Al final, tenemos que agradecer la incredulidad de Tomás,
porque, en él, todos hemos visto y tocado en cierto sentido al Resucitado.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia
