El viaje de un
matrimonio para ayudar en el sector sanitario
Álvaro y Mayte tuvieron que esperar hasta que su hijo cumpliera los 12
meses para poder vacunarlo y que tomara la medicación preventiva de la
malaria.
La familia dejaba una acomodada vida en Madrid para
embarcarse rumbo al Congo, y lo hicieron para viajar a un país «donde nuestra
experiencia en el sector sanitario sirviese de ayuda y acercarse la salud a la
gente que lo necesita». Allí «te das cuenta que es un mundo muy diferente al
tuyo pero que la gente es inmensamente feliz»
Álvaro Perlado y Mayte
Ordovás trabajaban en Madrid, él en consultoría y ella en una oficina de
farmacia pero tenían una ilusión, la de irse «a un país en vías de desarrollo
donde nuestra experiencia en el sector sanitario sirviese de ayuda y acercarse
la salud a la gente que lo necesita», cuenta Mayte.
Su ilusión se hizo
realidad en octubre de 2014, un poco más tarde de lo esperado. Tuvieron que
retrasar su viaje hasta que el pequeño Álvaro, su hijo, cumpliera los 12 meses y
así poderle vacunar y tomar la medicación preventiva de la malaria.
Su
viaje les llevó hasta el Congo. El hospital Monkole, de Kinshasa,
después de 23 años de funcionamiento, estaba en plena fase de ampliación y se
necesitaba personal cualificado. Les ofrecieron la oportunidad de formar parte
del proyecto y aceptaron la propuesta. El proyecto les cautivó. Monkole
«está aportando mucho al país, no sólo en la atención y educación sanitaria de
la población, sino también aportando al sistema público de salud un nuevo modelo
de hospital muy diferente a los otros hospitales de la ciudad, que suelen
presentar unas condiciones higiénico-sanitarias infrahumanas».
Al
principio todo les llamaba la atención: «la cantidad de gente por todos lados
(Kinshasa tiene 11 millones de habitantes), los mercados de frutas y verduras
paupérrimos en medio de la calle, furgonetas de 9 plazas donde van 25 personas
al mismo tiempo, atascos de 3 horas para recorrer 20 km y las mamás africanas
con objetos de más de 60 kg en la cabeza».
Una vez superado el
choque cultural, «te das cuenta que es un mundo muy diferente al tuyo pero que
la gente es inmensamente feliz y desbordan vida con la octava parte de los
recursos que tenemos en Europa», asegura Mayte.
Preparados para
la escasez
El matrimonio trabaja junto en el hospital. Álvaro es
el subdirector general, Mayte la farmacéutica adjunta del servicio de farmacia.
Con el resto de sus compañeros hacen frente a diario a la falta de recursos y de
condiciones en el país. «La falta de recursos complica la gestión del
hospital. Todos los días hay cortes de electricidad y a veces duran
varios días, lo cual significa que tienes que utilizar el grupo electrógeno y
tener miles de litros de gasolina preparados, teniendo en cuenta el coste que
supone, para que pueda seguir funcionando el hospital».
La falta de
medios también les afecta en su día a día. «En toda la ciudad no hay un sistema
de agua potable y tienes que buscarte la vida para conseguirla». Ellos tienen
suerte. «Como vivimos cerca del hospital, cogemos el agua del pozo que le
abastece. Igual hacen cientos de vecinos del barrio del hospital cada atardecer.
Repartimos agua potable a más de un centenar de familias cada día». En
estas condiciones «te das cuenta de que se puede prescindir de ciertas cosas que
en la vida nos hubiésemos planteado».
La situación es diferente
para millones de personas en la capital. La mayoría de las casas no tienen ni
puertas ni ventanas y utilizan el agua que cae de los tejados cuando llueve para
ducharse. Estas duras condiciones lleva a Álvaro y Mayte a una reflexión
personal. «Te das cuenta de la suerte que tenemos en Europa y las muchas veces
que nos quejamos sin sentido e injustamente de la falta de medios. Poco a poco te das cuenta que te puedes quitar más
cosas materiales de tu día a día».
Ante esta situación, uno se imagina
que la gente vive sumida en una profunda tristeza y desesperanza. Sin embargo,
lo que más llama la atención del Congo es «la alegría continua de la gente y la
hospitalidad con la que nos han recibido». El pequeño Álvaro se ha
convertido en el «petit mundele (mundele es como nos llaman a los
blancos en lingala, su lengua materna) de varios kilómetros a la redonda y la
gente le adora en el barrio». El petit mundele también causa sensación
a la salida de Misa.
Mucho interés por la formación
cristiana
«En el hospital tenemos un oratorio en el que se
celebra Misa a diario –explica Mayte— y el domingo está repleta de vecinos del
barrio. La gente tiene mucho interés de formarse bien en las costumbres de la
vida cristiana. Nosotros acabamos de empezar un curso de orientación familiar
sobre el amor conyugal y la vida matrimonial y se han apuntado más de 50
congoleños. Está siendo todo un éxito».
Publicado en Alfa y Omega por José Calderero
@jcalderero
