“El cardenal entra en la Iglesia de Roma, no en una corte”. Dijo el Papa en su homilía de la Misa con los nuevos purpurados a quienes invitó a evitar hábitos y comportamientos cortesanos
(RV).- Tras la
celebración, ayer, de su primer Consistorio en la Solemnidad de la Cátedra de
San Pedro, el Papa Francisco celebró esta mañana en la Basílica Vaticana, la
Santa Misa con los nuevos Cardenales pertenecientes a doce naciones que
representan la profunda relación eclesial entre la Iglesia de Roma y las demás
Iglesias esparcidas por el mundo.
En su homilía el Papa pidió que
nos dejemos guiar siempre por el Espíritu de Cristo, que se sacrificó a sí
mismo en la cruz, para que podamos ser «cauces» por los que fluye su caridad.
Ésta es la actitud, éste es el comportamiento de un cardenal. Porque como
afirmó, “sin el Espíritu Santo, nuestro esfuerzo sería vano”. Mientras “con su
fuerza creadora y renovadora, el Espíritu Santo sostiene siempre la esperanza
del Pueblo de Dios en camino”.
Francisco explicó que también Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica su nueva ley. Y lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. De ahí la invitación del Santo Padre “no sólo no se ha de devolver al otro el mal que nos ha hecho”, sino a esforzarnos “por hacer el bien con largueza”.
A quien quiere seguirlo – dijo también el Obispo de Roma – Jesús le pide que ame a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades, en el mundo”. Porque como reafirmó el Papa Francisco, “Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía”. En efecto, prosiguió, para esto no era necesario que Jesús bajara del cielo y muriera en la cruz. “Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino es la misericordia. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo”.
El cardenal entra en la Iglesia de Roma, no en una corte. Evitemos todos y ayudémonos unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias. Que nuestro lenguaje sea el del Evangelio: «Sí, sí; no, no»; que nuestras actitudes sean las de las Bienaventuranzas, y nuestra senda la de la santidad.
El Pontífice afirmó asimismo
que cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros
hermanos, es el mismo Dios quien encuentra lugar. Y cuando a ese hermano se le
deja fuera, “el que no es bien recibido es Dios mismo”. Porque “un corazón
vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y
destinada a otra cosa”.
Dirigiéndose a los queridos
hermanos cardenales, el Papa Francisco les pidió: “Permanezcamos unidos en
Cristo y entre nosotros. Les pido su cercanía con la oración, el consejo, la
colaboración. Y todos ustedes, obispos, presbíteros, diáconos, personas
consagradas y laicos, únanse en la invocación al Espíritu Santo, para que el
Colegio de Cardenales tenga cada vez más ardor pastoral, esté más lleno de
santidad, para servir al Evangelio y ayudar a la Iglesia a irradiar el amor de
Cristo en el mundo”.
Texto completo de la Homilía
del Santo Padre Francisco:
“Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu” (Colecta).
“Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu” (Colecta).
Esta oración del principio de
la Misa indica una actitud fundamental: la escucha del Espíritu Santo, que
vivifica la Iglesia y el alma. Con su fuerza creadora y renovadora, el Espíritu
sostiene siempre la esperanza del Pueblo de Dios en camino a lo largo de la
historia, y sostiene siempre, como Paráclito, el testimonio de los cristianos.
En este momento, junto con los nuevos cardenales, queremos escuchar la voz del
Espíritu, que habla a través de las Escrituras que han sido proclamadas.
En la Primera Lectura ha
resonado el llamamiento del Señor a su pueblo: “Sean santos, porque yo, su
Señor Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Y Jesús, en el Evangelio,
replica: “Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5,
48). Estas palabras nos interpelan a todos nosotros, discípulos del Señor; y
hoy se dirigen especialmente a mí y a ustedes, queridos hermanos cardenales,
sobre todo a los que ayer han entrado a formar parte del Colegio Cardenalicio.
Imitar la santidad y la perfección de Dios puede parecer una meta inalcanzable.
Sin embargo, la Primera Lectura y el Evangelio sugieren ejemplos concretos de
cómo el comportamiento de Dios puede convertirse en la regla de nuestras
acciones. Pero recordemos, todos nosotros recordemos, que, sin el Espíritu
Santo, nuestro esfuerzo sería vano. La santidad cristiana no es en primer
término un logro nuestro, sino fruto de la docilidad – querida y cultivada – al
Espíritu del Dios, tres veces Santo.
El Levítico dice: “No odiarás
de corazón a tu hermano... No te vengarás, ni guardarás rencor... sino que
amarás a tu prójimo...” (19, 17-18). Estas actitudes nacen de la santidad de
Dios. Nosotros, sin embargo, somos tan diferentes, tan egoístas y
orgullosos...; pero la bondad y la belleza de Dios nos atraen, y el
Espíritu Santo nos puede purificar, nos puede transformar, nos puede modelar
día a día. En este trabajo de conversión, conversión del corazón, conversión a
la cual todos nosotros, especialmente ustedes cardenales y yo, debemos hacer.
También Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica la nueva ley, la suya. Lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. La primera antítesis del pasaje de hoy se refiere a la venganza. “Han oído que se les dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo les digo: …si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra” (Mt 5,38-39). No sólo no se ha de devolver al otro el mal que nos ha hecho, sino que debemos de esforzarnos por hacer el bien con largueza.
También Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica la nueva ley, la suya. Lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. La primera antítesis del pasaje de hoy se refiere a la venganza. “Han oído que se les dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo les digo: …si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra” (Mt 5,38-39). No sólo no se ha de devolver al otro el mal que nos ha hecho, sino que debemos de esforzarnos por hacer el bien con largueza.
La segunda antítesis refiere a
los enemigos: “Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu
enemigo”. Yo, en cambio, les digo: “Amen a sus enemigos y recen por los que los
persiguen” (vv. 43-44). A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que
no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay
en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las
comunidades, en el mundo. Hermanos cardenales Jesús no ha venido para enseñarnos
los buenos modales, las formas de cortesía.
Para esto no era necesario que
bajara del cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para
mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del
pecado, y este camino es la misericordia. Este camino que Él ha hecho y que
cada día hace con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la
salvación del mundo. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros.
Queridos hermanos cardenales, el Señor Jesús y la Madre Iglesia nos piden
testimoniar con mayor celo y ardor estas actitudes de santidad. Precisamente en
este suplemento de entrega gratuita consiste la santidad de un cardenal. Por
tanto, amemos a quienes nos contrarían; bendigamos a quien habla mal de
nosotros; saludemos con una sonrisa al que tal vez no lo merece; no pretendamos
hacernos valer, contrapongamos más bien la mansedumbre a la prepotencia;
olvidemos las humillaciones recibidas. Dejémonos guiar siempre por el Espíritu
de Cristo, que se sacrificó a sí mismo en la cruz, para que podamos ser
“cauces” por los que fluye su caridad. Ésta es la actitud, éste es el
comportamiento de un cardenal.
El cardenal, especialmente a ustedes se los
digo, entra en la Iglesia de Roma, no en una corte. Evitemos todos y ayudémonos
unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas,
habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias. Que nuestro lenguaje sea
el del Evangelio: “Sí, sí; no, no”; que nuestras actitudes sean las de las
Bienaventuranzas, y nuestra senda la de la santidad. Pidamos nuevamente tu
ayuda misericordiosa para que nos vuelva siempre atentos a la voz del Espíritu.
El Espíritu Santo nos habla hoy por las palabras de san Pablo: “Son templo de Dios...; santo es el templo de Dios, que son ustedes “ (cf. 1 Co 3, 16-17). En este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo. Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y destinada a otra cosa.
El Espíritu Santo nos habla hoy por las palabras de san Pablo: “Son templo de Dios...; santo es el templo de Dios, que son ustedes “ (cf. 1 Co 3, 16-17). En este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo. Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y destinada a otra cosa.
Queridos hermanos cardenales, permanezcamos unidos en Cristo y entre nosotros. Les pido su cercanía con la oración, el consejo, la colaboración. Y todos ustedes, obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, únanse en la invocación al Espíritu Santo, para que el Colegio de Cardenales tenga cada vez más ardor pastoral, esté más lleno de santidad, para servir al Evangelio y ayudar a la Iglesia a irradiar el amor de Cristo en el mundo.
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