"No perdáis la esperanza de un futuro y de un mundo mejor. Os deseo que viváis en paz en los paises que os acogen custodiando los valores de vuestras culturas de origen"
"¿Qué cosa significa para la
Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios?
Significa
poner en el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza
el amor, en el lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el
servicio": a falta de una, y según es ya costumbre con las cosas que
quiere grabar a fuego en quienes le escuchan, Francisco repitió dos veces esta
frase de su alocución en el Angelus de este domingo.
Un domingo en el que
se celebraba la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado,
lo cual le sirvio para recordar, tras el rezo del Angelus, que "la Iglesia es un
pueblo que está en camino hacia el Reino de Dios, que Jesucristo ha traído en
medio de nosotros". Y se dirigió a todos ellos con palabras de acogida: "No
perdáis la esperanza de un futuro y de un mundo mejor. Os deseo que viváis en
paz en los paises que os acogen custodiando los valores de vuestras
culturas de origen".
Posteriormente, el Papa censuró a los
traficantes de seres humanos, a quienes calificó de "mercaderes de carne
humana", e invitó a todos los fieles que abarrotaban la Plaza de San
Pedro a rezar con él un Avemaría pensando "en su sufrimiento, en su vida muchas
veces sin trabajo, sin documentos... ¡tanto dolor!".
Antes de estas
palabras y del Angelus, Francisco había glosado el Evangelio del día, que narra
el encuentro entre San Juan Bautista y Jesucristo, y las palabras del
precursor: "¡Este es el cordero de Dios que quita los pecados del
mundo!" (Jn 1, 29).
El Papa explicó que "Jesús ha venido al
mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado,
cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando.
No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don
de la propia vida por los demás".
"Él es el verdadero cordero pascual,
que se sumerge en el rio de nuestro pecado, para purificarnos", dijo, y destacó
que "la imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no se
caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan
oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una
criatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso,
que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador,
sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes
frente a cualquier ataque, sino soporta y es remisivo".
Son las
cualidades que, completó, deben adornar también a los cristianos en cuanto
"discípulos del Cordero": "En el lugar de la malicia la
inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de la soberbia la
humildad, en el lugar del prestigio el servicio".
Palabras del Papa Francisco
antes del Angelus del domingo 19 de enero de 2013
Palabras del
Papa Francisco:
Con la fiesta
del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo
litúrgico llamado “ordinario”. En este segundo domingo, el Evangelio nos
presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del rio
Jordán. Quien la describe es el testigo ocular, Juan Evangelista, que antes de
ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto con el hermano
Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores.
El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Èl al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).El verbo que viene traducido con “quitar”, significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás.
El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Èl al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).El verbo que viene traducido con “quitar”, significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás.
En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene las
características del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos, y
aguantó nuestros dolores» (Is 53,4), hasta morir sobre la cruz. Él es el
verdadero cordero pascual, que se sumerge en el rio de nuestro pecado, para
purificarnos.
El Bautista ve ante sí a un hombre que se pone en fila con
los pecadores para hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre
que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado.
En el Nuevo
Testamento la palabra “cordero” se repite varias veces y siempre en referencia a
Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no
se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan
oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una creatura débil
y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso, que llega hasta
el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es
agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier
ataque, sino soporta y es remisivo.
¿Qué cosa significa para la Iglesia,
para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en
el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el
lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser
discípulos del Cordero significa no vivir como una “ciudadela asediada”, sino
como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere
decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos,
testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más
alegres.

