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| El Papa León XIV a su llegada al Bernabéu. |
Un mes
después, el impacto de la visita del Papa sigue vivo, pero, sobre todo, el
verdadero partido comienza ahora: el de traducir sus palabras en una vida
concreta de fe y perseverancia
Hay frases que nacen para convertirse en titular. Otras, además,
terminan revelándose con el paso del tiempo. Cuando León
XIV improvisó en el Santiago Bernabéu durante su viaje apostólico a
España que hoy cumple un mes, aquella comparación futbolística —«Hoy la Iglesia
de Madrid ha hecho un golazo para siempre»— 80.000
personas aplaudieron ante el ingenio de un Papa, pero un mes después,
aquella ocurrencia adquiere un significado que entonces apenas se intuía.
Porque el «golazo» fue, sin
pretenderlo, la mejor síntesis de lo que terminó siendo una visita apostólica
que todavía sigue resonando en la
Iglesia española. No ocurre con frecuencia que un viaje papal continúe
siendo objeto de conversación semanas después de haber terminado. Lo habitual
es que la maquinaria informativa 'consuma' el acontecimiento con la misma
rapidez con la que lo eleva a los titulares.
Sin embargo, un mes después, jóvenes
y ancianos, voluntarios, familias, movimientos, comunidades religiosas,
universidades y diócesis continúan asimilando el impacto de aquellos días. En
todos ellos persiste una impresión compartida: que durante la visita de León
XIV ocurrió algo que fue más allá del
entusiasmo del momento. Lo que León XIV dejó en España no fue el éxito
mediático de una celebridad, sino un acontecimiento espiritual que ha removido
los cimientos de una nación que atraviesa un marasmo de tedio y una preocupante
pérdida de referencias comunes.
Despertar del letargo
El Papa aterrizó en una tierra de 'campanas mudas', una España cansada y
fragmentada. Sin embargo, su presencia ha actuado como un reactivo químico. Un
mes después, la sensación compartida es que el Sucesor de Pedro ha logrado
despertar algo que estaba dormido: la conciencia de que la fe no es un
«museo del pasado» que visitar por nostalgia, sino una «escuela viva»
de la que beber hoy.
Su llamada a «alzar la mirada» ha sido
el hilo conductor que ha sacado a la Iglesia española de sus laberintos
internos para volver a poner a Cristo en el centro. León XIV no
vino a bendecir trincheras ideológicas; vino a recordar que existe una Verdad
superior a nuestras conveniencias.
España recibió mucho más que un protocolo
de Estado o una gira pastoral cuidadosamente organizada. Recibió una
invitación a redescubrir su vocación como Iglesia. Una llamada a
recuperar la alegría de anunciar el Evangelio, a reconciliarse con sus raíces
sin complejos y sin convertirlas en museo y a mirar el futuro con menos miedo y
más confianza.
Una historia
que impulsa, no que ancla
En el Congreso de los Diputados, el
Papa reivindicó la «luz» del pensamiento español —desde la Escuela de Salamanca
hasta Unamuno y santa Teresa— no como un ejercicio de arqueología, sino como un
impulso para el presente. Recordó que la
libertad moderna se forjó en la conciencia cristiana y que figuras
como Francisco de Vitoria siguen teniendo algo que decir sobre la dignidad
humana y el derecho internacional.
Su mensaje tocó desde numerosos
ángulos las llagas de nuestro tiempo. Advirtió contra el conformismo
intelectual y el relativismo. Animó a los jóvenes a ser «siempre
contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa», afirmando que son
libres frente a las modas porque son «discípulos
de la verdad».
Definió la misión del cristiano en la
sociedad citando la Carta a Diogneto: «Los
cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo». Defendió el
silencio no como vacío, sino como una decisión activa para liberarse del
«estruendo de mil voces» que engañan los deseos o hablan por interés. Señaló
que la fe no se transmite con teorías, sino mediante la «coherencia de vida» y
la «santidad de una vida puesta a prueba». Reivindicó la «sana inquietud» como
un don divino porque el hombre está hecho «a medida del infinito».
«La paciencia todo lo alcanza»
León XIV ha diseccionado la patología del «yo ampuloso» y agitado
que nos impide escuchar a Dios, proponiendo la humildad del Corazón de Cristo
como la receta para una nueva humanidad. Su 'rugido' en el Bernabéu,
recuperando el místico «¡Nada os turbe,
nada os espante!», fue un grito de confianza para una Iglesia que debe ser
«Biblia abierta» y rostro fiable. En un tiempo que parece haber perdido el
hábito de 'aguantar', el Papa reivindicó con esa frase de santa Teresa, el don
de abrazar esa cruz que antepone el don de sí mismo al placer efímero. Es la
sabiduría de saber esperar el tiempo de Dios, bajo la premisa de que, si bien
el sufrir pasa, el haber permanecido fieles es lo único que verdaderamente
queda.
Aquel «golazo» no se marcó en la
portería del estadio, sino en la conciencia de miles de españoles que hoy
vuelven a mirar hacia lo alto. Pero el marcador sigue abierto. El verdadero
partido comienza ahora: el de traducir ese rugido de León XIV en en una vida que camine al paso de Dios y no al
nuestro, en una paciencia que todo lo alcanza, esa hija de la fortaleza que
nos permite sostener el bien sin dejarnos abatir por la tristeza o el desánimo.
Porque el éxito real no será la emoción de un día, sino esa capacidad de permanecer firmes en el camino cuando el ruido mediático se apague y solo quede la constancia del corazón. Un mes después, el desafío es mantener esa perspectiva soberana de la esperanza del cielo, aceptando con alegría interior los trabajos cotidianos porque sabemos que la paciencia no es solo resistencia, sino la llave que, al final del partido, lo alcanza absolutamente todo.
María Rabell García Corresponsal en Roma y El Vaticano
Fuente: El Debate
