El cuerpo humano es débil y tarde o temprano se enfermará, por eso, es fundamental entender que hay un remedio infalible que te sanará de todos tus males
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| Chinnapong-Shutterstock |
El ser humano
perdió la inmortalidad cuando cometió el pecado original (Gn 3, 6-7). Desde entonces tenemos que luchar con las
enfermedades que aquejan el cuerpo - y hay que agregar también el alma y la
mente -, convirtiéndose en males que buscan remedio para recuperar la salud. Y
sí, existe una fórmula infalible.
El remedio
no está en las energías
Es verdad que
la medicina ha avanzado a pasos agigantados. Y nos han dicho que el cuerpo
puede desarrollar males provenientes del alma y de la mente, conocidas como
enfermedades psicosomáticas. Por eso, cuando se realizan exámenes, los
resultados son negativos, pero el mal persiste.
Y en el afán de
encontrar soluciones a las que la ciencia no ha dado respuesta, mucha gente
recurre a "terapias" alternativas con manejo de energías, brujos,
chamanes, cuarzos, amuletos, New Age y más. No obstante, no hay mejoría o es
temporal.
¿En qué radica
el verdadero remedio?
Cristo es la
medicina
El Señor Jesús
es el remedio a todos los males. En su Cuerpo Santísimo encontramos todo lo que
el alma requiere para volver a tener salud. Y no hay nada que una buena
confesión no resuelva, sobre todo si se hace general, rascando hasta el último
rincón para que salga a la luz ese pecado que está pudriendo el alma.
Sana tu
espíritu y después sanará tu cuerpo. ¿Qué responde Jesús a los pecadores que se
acercaban buscando un milagro? "Tu fe te ha sanado", "Vete y no
peques más".
Y leemos que,
como preludio de la sanación física, está primero la del alma:
En esto
le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían,
dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son
perdonados». Algunos de los escribas se dijeron: «Este
blasfema». Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis
mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son
perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que
veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados
—entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu
casa”». Se puso en pie y se fue a su casa (Mt 9, 1-7).
La
enfermedad es purificadora
Sin embargo,
recordemos que el cuerpo se deteriora conforme pasan los años y, tarde o
temprano, llegará la muerte. Cuando se asome la enfermedad a tu vida, no dudes
en pedir al Señor que te devuelva la salud. Porque si es su voluntad y será
para tu salvación, volverás a estar sano.
Pero si no, ten
confianza en que Dios está permitiendo tu purificación o la de alguien más, a
través de tu sufrimiento, si se lo entregas como ofrenda. Ningún dolor será en
vano, nada se perderá porque el Señor Jesús te ama infinitamente y te
recompensará por tu paciencia.
Recuerda que Él
ya pagó por nosotros y que todo lo que llegue a nuestra vida tendrá una razón.
Acude al Señor en tus penas, tribulaciones y enfermedades, porque Él te será tu
remedio infalible para sanar completamente.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
