El lugar del sagrario no es casual o coincidencia, la Iglesia anima a colocarlo en un punto por una importante razón. Te explicamos en este artículo
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| Fred De Noyelle / GODONG |
En muchas
iglesias el sagrario se encuentra en el centro del presbiterio, pero en templos
nuevos a veces se coloca a un lado o incluso en una capilla separada. ¿Se trata
de un atentado contra el Santísimo Sacramento y la dignidad de la Eucaristía?
Muchos de nosotros podríamos pensar así. Al fin y al cabo, desde niños se nos
enseña que Jesús habita en el sagrario; es ante él ante quien nos arrodillamos
y es para nosotros el lugar más importante de la iglesia.
Sin embargo, la
Iglesia, no sin razón, anima a colocar el sagrario fuera del punto central del
presbiterio. Lo hace precisamente para subrayar la importancia de la
celebración de la Eucaristía en sí misma. Para comprenderlo plenamente, debemos
retroceder en el tiempo.
La
Eucaristía como centro de la vida cristiana
Ya al principio
de los Hechos de los Apóstoles leemos que los creyentes en Cristo perseveraban
en la comunidad, en la oración, en la enseñanza de los apóstoles y en el
"partimiento del pan". Así se denominaba entonces a la Eucaristía. Al
principio se reunían en las casas, donde, bajo la presidencia de un presbítero,
se celebraba la conmemoración de la Cena del Señor. De una sola mesa y de un
solo cáliz se consumían el Cuerpo y la Sangre del Señor, y a los enfermos que
no podían estar presentes, los diáconos les llevaban el Santísimo Sacramento a
sus casas.
Sin embargo,
pronto la comunidad comenzó a crecer rápidamente. Cuando el Imperio Romano
aceptó oficialmente el cristianismo, las casas particulares se quedaron
simplemente pequeñas. Curiosamente, los cristianos no se apropiaron de los
templos paganos para su uso. ¿Por qué? Los templos paganos eran estrechos:
albergaban un altar de ofrendas, un sacerdote y un puñado de personas. La
Eucaristía cristiana no era un sacrificio en ese sentido; reunía a toda la
comunidad para conmemorar y hacer presente el único sacrificio de Cristo.
Los cristianos
necesitaban, por tanto, edificios que pudieran albergar a multitudes. Se
utilizaron las basílicas romanas, que hasta entonces habían servido como
lugares de comercio y de reunión. Allí se erigía el altar y se celebraba la
Santa Misa.
Los dos
pilares y la evolución del tabernáculo
Siempre se
tenía presente a los enfermos. Para ellos se guardaban las Hostias consagradas
en el sagrario, que al principio —por motivos de seguridad— se instalaba en la
sacristía. Cuando empezó a aparecer en la propia iglesia, solía colocarse a un
lado del presbiterio. En el otro lado se instalaba a veces un segundo
"tabernáculo" —para las Sagradas Escrituras—. De este modo se ponían
de relieve los dos pilares de la fe: la Palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre
del Señor.
Con el paso del
tiempo, junto con el aumento de la devoción eucarística y el desarrollo de la
adoración, el tabernáculo pasó a situarse en el centro de la pared del
presbiterio, justo junto al altar. A partir de ese momento, las misas se
celebraban directamente ante Jesús presente en el sacramento. Esto también se
debía al hecho de que los fieles —a menudo por sentirse indignos— muy rara vez
se acercaban a la Sagrada Comunión. Para mantener el contacto con Jesús, se
desarrollaron formas de devoción, como las visitas al Santísimo Sacramento.
La Iglesia
actual y la claridad de los signos
Los papas
contemporáneos, desde Pío X, han animado a los fieles a comulgar con la mayor
frecuencia posible. Al fin y al cabo, la comunión es la culminación de la
Eucaristía y nos permite unirnos plenamente a Cristo. En el centro de la Santa
Misa está la unión con Dios y con los hermanos que nos rodean. Esta lógica se
refleja en la decoración de la iglesia.
En la Instrucción General al Misal Romano leemos:
"Por
razones de simbolismo, es más adecuado que en el altar en el que se celebra la
Santa Misa no haya un sagrario con la Santísima Eucaristía" (IGMR 315).
¿De qué signo
se trata? Lo aclara la Instrucción Eucharisticum Mysterium de 1967. Esta subraya que
durante la Misa Cristo se hace presente gradualmente: primero en la asamblea de
los fieles, luego en la Palabra de Dios, en la persona del sacerdote y, por
último, de manera especial bajo las especies eucarísticas. Por eso,
"corresponde mejor a la esencia de la santa celebración que, en la medida
de lo posible, no haya en el altar (…) desde el comienzo de la Misa la
presencia eucarística de Cristo, que es fruto de la consagración" (véase
n.º 55).
¿Se trata de
un atentado contra la Eucaristía?
Colocar el
sagrario en una capilla lateral no supone un menoscabo de la Eucaristía, sino
que subraya su dinamismo. Cuando entramos en una iglesia así, nuestra atención
se dirige primero al altar, alrededor del cual se reúne la comunidad. Es allí
donde escuchamos la Palabra y es allí, en el momento culminante, gracias a la
acción sacramental del presbítero in persona Christi capitis, donde
se realiza la transubstanciación.
Para que este
signo sea más claro, se recomienda consagrar durante la misa tantas hostias
como sean necesarias para todos los participantes. De este modo, cada
comulgante se convierte en un "sagrario viviente" y sale con Cristo
al mundo.
La capilla del
Santísimo Sacramento, por su parte, se convierte en un lugar de oración
silenciosa e íntima. Cada vez hay más iglesias donde la adoración se celebra
las veinticuatro horas del día. Precisamente una capilla separada permite un
encuentro profundo con Jesús en silencio, independientemente de las
celebraciones que tengan lugar en la nave principal o del tráfico de
visitantes.
Dariusz Dudek
Fuente: Aleteia
