
Rodrigo, durante su bautizo en la Catedral de Sta. Mª
Magdalena de Getafe (Cedidas a ABC). Dominio público
Decía Benedicto XVI que «el amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar». Son muchas las historias —desde la caída del caballo de San Pablo hasta la actual ola de conversiones de adultos— de personas que se han encontrado con el Altísimo cuando quizás no lo esperaban, pero que, como los apóstoles, dejaron sus redes y le siguieron.
Es el caso de
Carla, Rodrigo y Adrián, tres jóvenes españoles que han decidido
bautizarse con 17, 22 y 24 años tras descubrir una Fe que creían
imposible. Porque Dios, decía también Ratzinger, «no se cansa nunca de
buscarnos».
A Carla
(Barcelona, 1996) le sorprendió el impulso religioso en plena adolescencia,
cuando, tras una operación de escoliosis, pasó dos años con un corsé que la
obligó a parar e, inevitablemente, tener tiempo para pensar. Aquella chica de
15 años cuya familia, agnóstica, decidió no bautizarla tras nacer, empezó a
sentir cierta inquietud por la Fe cuando en el instituto le hablaron de
las cinco vías con las que Santo Tomás de Aquino demuestra
de forma racional la existencia de Dios en su 'Suma Teológica'. De esta manera,
cayó ante sus pies el prejuicio de que el concepto de Dios era «totalmente
irracional o para gente que necesita acogerse a algo» y, con curiosidad y un
corazón dispuesto, comenzó a indagar. Dos años después, se bautizó.
Su caso no es
excepcional, sino algo cada vez más frecuente. «Es todo un fenómeno, nunca
lo había visto», reconoce Don Luis, sacerdote de la Catedral de Santa María
Magdalena de Getafe. Como si de una pulsión generacional se tratase, cada vez
son menos las familias que bautizan a sus recién nacidos (un 42%), pero, a su
vez, crece el número de adultos que decide recibir este sacramento: de hecho,
uno de cada diez bautismos en España es de un mayor de edad, según los últimos
datos de la Conferencia Episcopal. En 2024, fueron 13.323 personas.
En el caso de
Rodrigo (Salamanca, 2004), llegó hasta Dios desde la observación. Al mudarse a
Getafe para estudiar Estudios Internacionales y Economía, se encontró con un
grupo de jóvenes que hablaban de su espiritualidad con alegría y extroversión:
«Te da cierta envidia ver cómo ellos viven esa Fe, que les genera una felicidad
muy grande», explica.
La Fe como
respuesta al inconformismo
Por eso mismo,
desde una curiosidad que comparte con Carla, empezó a interesarse por regar
aquella semilla. «Les pregunté a mis amigos, y uno de ellos acabó siendo mi
catequista. Le dije: 'Oye, quiero ser más feliz, como vosotros, ¿cómo puedo
hacerlo?'». Aquello dio pie a un proceso de catecismo que terminó con su
bautizo el pasado 4 de abril de este año. Y su balance es más que positivo:
«Esto es una carrera de fondo, no es que te bautices y ya seas un santo. Pero
la vida de Fe, la vida en comunidad, es una vida bonita. Es una vida mucho más
feliz que que una vida vacía», confiesa.
Carla explica
que, influida también por las 'Confesiones' de San Agustín, se encontró con que
«muchas ideas de la antropología cristiana» ponían palabras
al «inconformismo» que sentía frente a «las propuestas que el mundo
vende» a los jóvenes. Descubrió entonces a un Dios «que no es ajeno, a
quien le importas, y que tiene una relación de afecto contigo, que se humilla
hasta el punto de hacerse una criatura que se asemeje a mí para que cuando yo
lo vea, pueda entender».
Aquella
conversión, tan repentina como transformadora, la empujó a querer formar parte
de la Iglesia y, con 17 años, recibió en la Vigilia Pascual de 2014 el
bautismo, la primera comunión y la confirmación. Han pasado 12 años y ahora,
con 29, cuando se sienta a hablar con ABC lo hace con una sonrisa contagiosa y
con orgullo por el camino recorrido. En aquel momento, aún no existía el auge
de la Fe que estamos viviendo en 2026: «Yo era la rara de turno, pero tuve el
acompañamiento de un sacerdote y un grupo de jóvenes que ya estaban en
catequesis», recuerda.
Adrián
(Villamanta, 2001), sin embargo, recibió la catequesis a solas. Este joven
enamorado de los deportes conoció a Dios en el que entonces era su lugar de
trabajo, una residencia de ancianos. Allí ayudaba a una mujer, Paquita, que
ahora es su madrina, a preparar el oratorio para las misas todos los jueves:
«Empecé a aprender un poco, veía lo que les transmitía a las personas mayores,
cómo lo vivían, y comencé a sentir curiosidad. Un día Paquita se
enteró de que yo no estaba ni siquiera bautizado y me preguntó si no me
apetecería aprender un poco más y recibir una catequesis».
Así, Adrián
empezó a hablar con dos seminaristas argentinos, el hermano Fernando y el
hermano Javier, que le descubrieron lo que él llama «un mundo nuevo». «Lo fui
aprendiendo todo poco a poco, con mucha paciencia, porque partía de cero. Y
empecé a ver la cantidad de cosas en las que Dios estaba influyendo en mí y no
me estaba dando cuenta, porque muchas veces no sabemos verlo y necesitas esa
ayuda para ver que te ha llamado varias veces», relata. Ya lo dice el Antiguo
Testamento: «Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón»
(Jer., 29:13-14).
«Creo
que el Señor me dio miles de oportunidades para darme cuenta —cuenta
Adrián—, y seguro que muchísimas muy importantes, y me las daba cada día, en
cada acto de bondad, en cada acto de cuidado y en cada acto cotidiano de buena
fe». Esta íntima revelación —y revolución— no le generó ningún vértigo, al
contrario: «Fue más bien emocionante y liberador, al ver ese objetivo y un
trasfondo en todo esto».
Esa emoción es
transversal en los testimonios de estos tres jóvenes. Carla recuerda, con una
mirada llena de luz, que su proceso de acercarse a una Fe hasta entonces
inédita tuvo momentos reveladores, al descubrir, por ejemplo, la idea de
pecado: «Me cautivó. El pecado, etimológicamente, significa fallar al objetivo,
es decir, fallar un arquero el tiro a la diana. Y, claro, yo me planteaba que
todo lo que busco, lo que todos a mi alrededor buscan, es ser felices y amar, y
tiene mucho sentido que cuando fallo el tiro contra el objetivo que está en el
fondo en mi corazón, algo se aleje de lo que en realidad quiero».
Rodrigo
rememora el día de su bautizo como una tarde en Las Ventas. «Entras por la
puerta mayor de la Catedral, que es como en los toros», relata, con humor. «Ahí
vas notando que ya eres parte de algo más, de una comunidad grande», dice.
Aquella tarde en Getafe resultó para él muy feliz. «El día del bautizo fue
espectacular. Lo recuerdo impactante —dice, mientras mira a su alrededor en la
Catedral de Santa María Magdalena de Getafe, la misma en la que se bautizó—, de
pronto llegar a la pila bautismal aquí abajo, bautizarme y salir y ver todo
iluminado. Lo recuerdo muy bonito, fue un día bueno y alegre».
Un año antes,
en el Cerro de los Ángeles, a escasos cinco kilómetros de la catedral
getafense, recibió el primer sacramento Adrián. «Fue precioso —dice, echando la
vista atrás— porque se juntó con con la Vigilia Pascual y es una cosa
increíble. Además, estuve acompañado de mi familia y mis amigos». A los dos se
les dibuja una sonrisa al recordarlo.
La visita de
León XIV: «Va a ser el Papa de mi vida»
El bautismo de
Adrián, además, coincidió con la elección de León XIV como Papa. «Vivimos el
cónclave en la residencia, fue muy intrigante. Estábamos todos los días pegados
a la tele, a ver si había fumata blanca», rememora. Y hubo fumata blanca,
claro. El cardenal protodiácono se asomó al balcón central de la Basílica de
San Pedro y proclamó: «'Habemus papam'». Sonaron gritos de alegría entre los
miles de peregrinos, fieles y turistas que se concentraron improvisadamente en
la plaza, bajo el balcón, y también en la residencia de Villamanta. «Me gusta
—dice Adrián sobre el Santo Padre— y confío en que lo va a seguir haciendo
igual de bien». Y su visita a Madrid, como cabía esperar, le emociona:
«Tengo muchísima curiosidad de escucharle, de ver que qué nos encomienda a los
españoles».
En el caso de
Carla, el viaje apostólico coincide con su cumpleaños. «Me hace
muchísima ilusión», reconoce. Ella, tan influenciada en su proceso de
conversión por San Agustín, vivió con enorme alegría la elección, por primera
vez, de un agustino como Pontífice: «Creo que va a ser el Papa de mi vida». «Me
encanta el lema 'Alzar la mirada' porque nos interpela muchísimo,
creo que estamos tan pendientes del móvil que nos olvidamos de mirar a los ojos
a los demás y por eso también hay tanta crispación en el ambiente, porque no
nos miramos a los ojos».
«Espero que nos
dé un mensaje potente a los jóvenes de que no nos conformemos con algo que
no sea una vida heroica», continúa la joven. «Estamos hartos del conformismo,
de esa idea que nos han vendido de que lo máximo a lo que podemos aspirar es al
bienestar y la comodidad. Creo que necesitamos una llamada al heroísmo y a la
defensa de la vida en todas sus dimensiones, porque si no perdemos de vista la
dignidad humana», defiende, muy en la línea de lo que León XIV ha afirmado
en su primera encíclica, 'Magnifica Humanitas'.
Además, le
gustaría que, simbólicamente, esta visita también sirva para «poner en valor
esa labor evangelizadora de España, que ha sido la cuna de la Fe para tantos
países». Esta es, de hecho, la primera visita de un Papa a nuestro país en 15
años, desde el viaje de Benedicto XVI en 2011. Ha sido una espera muy larga
para los millones de fieles españoles, pero para Rodrigo, que apenas lleva dos
meses bautizado, llega justo cuando más lo necesitaba. «Me gustaría escuchar a
León XIV decirnos que hay que ser valientes, que tenemos que vivir para ser
ejemplos de Fe. A día de hoy hay muchos problemas para los jóvenes, con la
vivienda o en lo laboral, pero Dios está ahí. Quiero que sea un mensaje de
ánimo y valentía».
Ánimos a su
generación
Y un mensaje
similar, de esperanza y alegría, es el que ellos mismos quieren transmitir a
los jóvenes que, en los últimos años, se están acercando a la Iglesia. Porque
los testimonios de Carla, Rodrigo y Adrián no son únicos, ni marginales. Son la
voz de una generación que quiere recuperar lo que otros, antes, rechazaron. A
los jóvenes Carla les recomienda «que busquen, que aviven esa sensibilidad que
todos tenemos por lo que es bello, bueno y verdadero, que no se deje engañar
por el mundo, que es muy tramposo y hay muchos cantos de sirena».
«Les diría
—dice— que estamos muy bien hechos y que su corazón puede intentar huir de la
verdad, pero nunca va a escapar de ella. El mundo intenta obligarte a vivir un
deseo desenfrenado que te deja hueco. Ese 'fast food' emocional, ese pico de
dopamina cada dos por tres, y acabas con ansiolíticos o antidepresivos. Y, al
final, el corazón quiere la verdad».
Adrián, por su
parte, anima a su generación a tener curiosidad: «Que nunca se cierren a una
idea, a un solo pensamiento. Que se abran, que quieran aprender. Ábrete a Dios,
a conocerlo, a ver qué quiere de ti. Y si de verdad lo experimentas, es
imposible huir de ello. Te vas a dar cuenta de que necesitas vivir con la
Fe y con Dios a tu lado».
Pablo Amigo
Fuente: ABC