Tratar con grandes pecadores no está exento de riesgos, pero cuando quieren cambiar de vida, es prudente ser moderado en los consejos, enseña el abad Serapión
![]() |
| Black Kings | Shutterstock |
He aquí una
aventura bastante escabrosa, que conviene no imitar, pues no todo el mundo es
Serapión y es recomendable no jugar con fuego. El abad Serapión el Sindonita vivió en el desierto de
Egipto entre los años 350 y 400 d. C. El relato recogido en los Apoftegmas
de los Padres del desierto evoca su encuentro —¡voluntario!— con
una prostituta… a la que le reservó una sorpresa de las buenas:
"Un día,
el abad Serapión, al pasar por un pueblo de Egipto, vio a una prostituta que se
encontraba en su alcoba. Le dijo: 'Espérame esta noche, pues quiero acudir a ti
y pasar la noche a tu lado'. Ella le respondió: 'Bien, abad', y se preparó,
haciendo la cama. Al caer la noche, el anciano fue a su casa, entró en la
habitación y le dijo: '¿Has preparado la cama?'. Ella dijo: 'Sí, abad'.
Él cerró la
puerta y le dijo: 'Espera un momento, pues tenemos una regla; espera a que la
cumpla'. Entonces el anciano comenzó su oficio. Tomó el principio del salterio;
y con cada salmo rezaba una oración por ella, pidiendo a Dios que ella hiciera
penitencia y se salvara".
La sorpresa
de Serapión
De hecho, hay
que ser un padre del desierto muy experimentado para acudir por la noche a casa
de una prostituta, comportarse como si fuera un cliente cualquiera que se
reserva una noche de placer y, a la hora de pasar a la acción, ponerse a
recitar ante ella todos los salmos del salterio, uno por uno, y además algunas
otras lecturas bíblicas. Pero Dios escuchó su oración, continúa el relato:
"Dios le
concedió su deseo. La mujer permanecía de pie, temblando, y rezaba junto al
anciano. Cuando el anciano hubo terminado todo el salterio, la mujer cayó al
suelo. A continuación, el anciano comenzó con el Apóstol, leyó gran parte de él
y terminó así su oficio.
La mujer,
conmovida por el arrepentimiento y comprendiendo que él no había venido a su
casa para pecar, sino para salvar su alma, se postró ante él y le dijo: 'Por
caridad, abad, llévame adonde pueda complacer a Dios'".
Quería su
corazón
Con cada salmo,
Serapión recitaba una oración por su anfitriona, hasta tal punto que ella
empezó a comprender que lo que él quería era conquistar su corazón para Dios.
La prostituta comenzó a rezar, a llorar y sintió un profundo rechazo por la
vida que había llevado hasta entonces. ¡Entre lágrimas, quería huir de su
pasado!
"Entonces
el anciano la llevó a un monasterio de vírgenes y la confió a la amma [la madre
superiora], diciéndole: 'Acoge a esta hermana; no le impongas ningún yugo ni
mandato como a las demás hermanas, sino dale lo que quiera y déjala que se
comporte a su antojo'. Al cabo de unos días, ella dijo: 'Soy una pecadora,
quiero comer solo un día de cada dos'.
Pasados unos
días, dijo: 'He cometido muchos pecados, quiero comer solo cada cuatro días'. Y
al cabo de unos días más, suplicó a la amma, diciéndole: 'Puesto que he
entristecido mucho a Dios con mis faltas, por caridad, ponme en una celda y
tapa la entrada; a través de una abertura, me darás un poco de pan y trabajo
manual'. Así lo hizo la amma, y la hermana agradó a Dios durante el resto de su
vida". (Serapión,
Apoftegma n.º 1 pág. 140).
No imponer
nada
Con sabiduría,
Serapión la llevó efectivamente a una comunidad de vírgenes, pero con la
indicación de no imponerle nada al principio, para que tuviera tiempo de
acostumbrarse a su nueva vida. Fue ella quien, pasando de un extremo a otro,
pidió austeridades y penitencias que hacían temblar.
Como dice un
proverbio judío: "Para comprender a un pequeño pecador, basta con ser un
pequeño justo, pero para comprender a un gran pecador, hay que ser un gran
justo". Serapión comprendió que en aquella desdichada dormía un alma de
élite.
Sophie Baron
Fuente: Aleteia
