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| Andrii Iemelianenko | Shutterstock |
A veces
pensamos que la intervención divina tendría que llegar con señales
extraordinarias, como si Dios necesitara romper el cielo para hacerse presente
en nuestras vidas con milagros. Sin embargo, más bien parece que muchas veces
su modo de operar es más discreto, más íntimo, más parecido a una brisa que a
un rayo.
Orar es saber esperar y confiar
La oración nace
precisamente de esa confianza. Oramos porque somos frágiles, porque necesitamos
consuelo, porque no alcanzamos a ver todo el panorama.
Pedimos,
suplicamos, agradecemos, lloramos, esperamos. Y en ese acto tan humano se abre
una comunicación espiritual profunda: el alma reconoce que no se está solo, que
hay un Padre que escucha, aunque no siempre responda como nosotros queremos.
Dios en todos los detalles
Nuestra fe
cristiana nos enseña que Dios cuida desde las cosas grandes hasta las más
pequeñas, y que su providencia no elimina nuestra libertad, sino que puede
servirse de nuestras decisiones, encuentros, palabras y gestos para realizar
sus planes. El amor de Dios permite a sus criaturas cooperar libremente
con su providencia, de modo que no somos marionetas, sino colaboradores de su
obra. Por eso la intervención divina no debe entenderse como una
imposición.
Dios no invade nuestra libertad; la
ilumina
Dios no nos
obliga a amar; mas bien nos inspira a hacerlo. No nos quita siempre las
dificultades; nos da fuerza para superarlas. No responde necesariamente
concediendo todo lo que le pedimos; muchas veces responde transformando nuestra
manera de ver las cosas: la transformación del corazón de que quien reza es la
primera respuesta a nuestra petición.
Ahí aparece
una experiencia psicológica maravillosa. La persona que ora con fe plena deja
de vivir como si todo dependiera únicamente de sus fuerzas. Descansa
interiormente. Aprende a decir: "Señor, pongo esto en tus manos". Esa
entrega no es pasividad, sino confianza activa. El creyente sigue trabajando,
decidiendo, esforzándose, pero ya no se carga una pesada piedra sobre los
hombros. La compartimos con El.
Y cuando el
miedo nos deja de afectar, la mente respira mejor. Las preocupaciónes pierden
poder. La mente deja de vivir atrapado en fantasmas. No porque desaparezcan
todos los problemas, sino porque aparece una mayor certeza, se es más fuerte que
el problema que enfrentamos: vivimos con su compañía.
La oración: una conversación íntima con Dios
La ciencia no
puede "demostrar" la acción de Dios como si se tratara de medir una
sustancia en un laboratorio. Pero si es muy importante: saber que toda vivencia
religiosa sana; en especial aquella que se vive desde la confianza, en el amor
genuino, con esperanza.
La oración,
entonces, no es algo mágico para relacionarse con Dios. Es una conversación
íntima. Es abrir una ventana interior para que entre su luz. Es reconocer que
la voluntad divina no siempre coincide con la nuestra pero sí con encontrar
el bien superior.
Dios nos transforma y nos da lo que necesitamos
A
veces pedimos que cambien las circunstancias, y Dios cambia mejor nuestra forma
de verlas. Pedimos que se borre el problema, y Dios mejor fortalece nuestras
actitudes. Pedimos una señal, y aparece una persona bondadosa. Pedimos una
salida, y llega una paz inesperada. Pedimos un milagro visible, y sucede
primero uno discreto y de repente dejamos de tener miedo.
Quizá
Dios interviene mucho más de lo que creemos, pero de manera tan sutil que sólo
la sensibilidad logra reconocerlo. Está en la intuición que nos advierte, en la
palabra que consuela, en la fuerza que no creíamos tener, en la puerta que se
cerró para protegernos, en la pequeña alegría que llega cuando el alma estaba
desesperada.
Orar
es vivir acompañados.
Es
confiar sin exigir.
Es
pedir sin imponer.
Es
aceptar que Dios responde a su modo.
Y
cuando una persona aprende a ponerse de verdad en las manos de Dios, descubre
una nueva libertad: ya no se necesita dominarlo todo, porque sabemos que el
Amor sostiene incluso aquello que todavía no comprendemos.
Guillermo
Dellamary
Fuente: Aleteia
