Gracias por la generosidad y sensibilidad que demostráis con la extensión e intensidad de esta visita
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| Discurso del rey Felipe VI en la bienvenida al Papa León XIV |
La Reina y yo
os damos, con humildad y alegría, la más cordial bienvenida a España. Os la
damos en nombre de nuestra Familia, -presentes aquí nuestras hijas, la Princesa
Leonor y la Infanta Sofía-, del Gobierno y demás instituciones del Estado, y de
todo el pueblo español. Y lo hago en una lengua que es, también, la Vuestra.
Para todos los hispanohablantes es un privilegio que comprendáis y empleéis
habitualmente el idioma que compartimos, gracias a vuestros años de vida
misionera y labor pastoral en el Perú, de la mano de la Orden de San Agustín y
como Obispo de Chiclayo. Y nos sentimos afortunados de que también así os
resulte muy próximo todo lo que significa Iberoamérica
Llegáis a un
país donde está una parte de vuestras raíces. Os recibe un pueblo al que
conocéis bien: vital y con carácter, solidario y tolerante; también creativo, y
cosmopolita. Tenéis una agenda intensa, llena de momentos para el encuentro,
para la oración y para la reflexión, que os ha traído a Madrid y os llevará
también a Barcelona y —por vez 1ª en la historia— también a las Islas Canarias.
Comprobaréis, en nuestras calles y nuestras plazas, en las iglesias y en las
instituciones, la inmensa alegría que nos suscita teneros entre nosotros.
Gracias por la generosidad y sensibilidad que demostráis con la extensión e
intensidad de esta visita.
La fe católica
está enraizada en nuestro país y sin ella —bien lo sabéis— nuestra historia y
nuestra cultura no se entenderían. Lo está en el día a día, en las tradiciones,
en las festividades, pero también en aspectos mucho más profundos, como el
sentido de comunidad y la espiritualidad popular, desde el testimonio de
nuestros místicos -San Juan, Santa Teresa-hasta la religiosidad sencilla de
cientos de miles de personas.
Quiero destacar
la enorme labor social de la Iglesia Católica, fruto del compromiso de los
religiosos y las religiosas, los sacerdotes, los diáconos, los jóvenes que se
implican en la vida de la parroquia, los voluntarios que ayudan en residencias,
albergues, comedores y centros de acogida. Me hago eco del sentir mayoritario
de los españoles cuando me uno en Vuestra Persona en mi reconocimiento y
gratitud hacia todos esos hombres y mujeres. Entre ellos incluyo, con una
admiración especial, a los miles de misioneros de nuestro país que realizan su
labor social, educativa, asistencial y pastoral en tantos lugares necesitados
del mundo, muchas veces remotos o todavía muy desconectados. Lo conoce bien.
No puede haber
mayor contraste con todo ello que el dolor causado por los casos de abuso, que
ni son ni pueden ser representativos de la inmensa comunidad eclesial. Vuestra
claridad y firmeza, que también quiero reconocer, son esenciales en el proceso
sanador y de reparación del daño infligido: lo son para las víctimas, para los
fieles, para la Iglesia y para la sociedad en su conjunto.
Sois, Santo
Padre, un hombre de sólida formación científica. Habéis dedicado años de
estudio al lenguaje más esencial que existe: las matemáticas. La visión de un
hombre de espíritu y de ciencia, con una gran conciencia social y una profunda
atención a los cambios, cobra un valor especial en el tiempo que nos toca
vivir; un tiempo que ya no se explica en los términos a los que estábamos
habituados y que seguimos tratando de interpretar.
En este tiempo
corremos el riesgo de olvidar aquello que de verdad importa, de deslizarnos
hacia la errada creencia de que —abolidas muchas de nuestras referencias por el
pulso de la actualidad— todo vale, todo es admisible, negociable y
justificable. Y no es así. La dignidad de la persona, los derechos humanos, los
valores democráticos y la legalidad internacional deben seguir siendo nuestros
números primos... Porque en ellos —en sus múltiples combinaciones está la
aritmética de la libertad, la igualdad y la justicia; la que suma y multiplica,
no la que resta y divide.
Vuestra voz,
Santidad, mana del espíritu, de la Fe Cristiana, y se nutre de veinte siglos de
historia. Es hoy fuente de inspiración para más de más de 1.400 millones de
católicos; pero resuena, por su contenido ético, mucho más allá: en todas las
conciencias. Esa voz, tan nueva y tan antigua, acaba de plasmarse en la 1ª
Encíclica de Vuestro pontificado, que aborda, entre otros asuntos, los desafíos
inherentes a la inteligencia artificial. Basta con leer el título -Magnifica
Humanitas— para darse cuenta de que no la mueve una visión catastrofista, sino
una mirada cargada de esperanza y de compromiso en el ser humano. Un texto
humanista.
Vuestras
palabras nos instan a reemplazar el miedo —que es estéril y paralizante— por un
conocimiento, meditado y compartido, del potencial y de los riesgos de esta
nueva realidad. Y añadís que esa nueva tecnología no puede ser monopolio de
unos pocos sino un instrumento en manos de todos que beneficie a todas las
sociedades. Y eso solo será posible si logramos mantener a la persona en el
centro de cualquier discurso; jamás reemplazada, jamás subyugada o coaccionada
por ningún algoritmo.
Porque en un
mundo anegado de datos y mensajes se hacen imprescindibles la empatía, la
comprensión y la escucha. Vuestro predecesor, el Papa Francisco, insistía a
menudo en la importancia de saber escuchar. Es paradójico que, en un tiempo de
interconexiones, estemos perdiendo esa capacidad... o esa paciencia. Porque
cuando la atención está en el otro, en quien tenemos enfrente, podemos
identificarnos con su dolor, con su alegría, con sus debilidades y
fortalezas..., podemos ponernos en su lugar. Solo si aprendemos a comprender
las razones de los demás, a buscar el terreno común o de acuerdo, lograremos
avanzar unidos.
Recuerdo que,
desde la Logia de las Bendiciones, a los pocos minutos de salir del cónclave
que os convirtió en sucesor de Pedro y Obispo de Roma, lanzasteis al mundo una
encendida defensa de la unidad. "Ayudadnos" —dijisteis— "a
construir puentes con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser
un único pueblo siempre en paz".
La unidad como
aspiración surge de la conciencia de nuestra fragilidad como individuos, de
nuestra contingencia, de nuestras limitaciones; pero también de esa capacidad
inagotable para el bien y la belleza que alcanza su cima cuando el ser humano
ama al prójimo, cuando se abre y se entrega a los demás. Recordarlo siempre, de
palabra y de obra —y en especial en estos tiempos de incertidumbre— bien merece
ser pauta de conducta universal: la unidad como vehículo e instrumento para la
paz.
De nuevo,
Santidad, bienvenido a España.
Fuente: ACI Prensa
