Además todos los viernes se le aparecían estigmas en pies y manos. También en el costado derecho junto a la línea mediana. Un caso extraordinario
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| Marta Robin, postrada en su cama |
¿Cómo logrará
vivir esta mujer sin comer, ni beber y sin dormir ni un solo día en años?,
¿quién avitualla clandestinamente a esta mujer?, ¿dónde está el truco de esta
gran ilusionista? Un caso tan extraordinario era normal que atrajera a
tantos curiosos y que interpelara a creyentes y no creyentes.
Estigmas en
pies y manos
No logra ver.
Es incapaz de distinguir objetos y no soporta la más mínima claridad. Sus
brazos permanecerán rígidos de por vida salvo una ligera movilidad en las
falanges de sus dedos. Su cabeza está como sin vida, sin posibilidad de girar a
izquierda o derecha, y las piernas quietas, como plegadas sobre sí mismas, sin
la más mínima acción. Además, todos los viernes se le aparecen estigmas
en pies y manos. También en el costado derecho junto a la línea mediana. Y
la mayoría de esos viernes aparecen unas llagas que sangran. Apenas
podía moverse en la cama. Estaba como inmóvil. Un caso extraordinario,
único.
Apenas tenía
cultura
Se
llamaba Marta Robin, y era una campesina francesa que nació el
13 de marzo de 1902 en el departamento de la Drôme, en Châteauneuf-de-Galaure,
cerca de los Alpes, y murió el 6 de febrero de 1981. Nunca abandonó la
casa paterna. Marta era una sencilla mujer que tenía como talento más
destacado el de bordar. No tenía gran cultura. Apenas leía y no había
recibido clases de teología o filosofía. Era una chica de campo.
100.000
personas hablaron con ella
Sin embargo, a
su casa llegaban cada día decenas de personas que querían hablar con ella para
pedirle consejo, una palabra de esperanza o, simplemente, un consuelo… Ministros,
médicos, jueces, obispos, empresarios, campesinos, todos querían recibir una
solución a las preocupaciones que llevaban consigo. A su casa entraban
todos. También los pobres y marginados. Y los niños, por supuesto, que solían
trepar por la cama. Se calcula que más de 100.000 personas pudieron hablar con
Marta a lo largo de su vida.
Su trabajo
era recibir a la gente
Marta
permanecía todo el día en su oscura habitación, con las cortinas corridas,
haciendo de freno a cualquier rayo de luz que se intentará colar. Siempre
inmóvil, recostada en una cama de metro diez, con un par de almohadones que
elevaban su espalda y sujetaban la cabeza, y con la mano derecha sobre la
barriga. Las piernas en forma de M mayúscula, vueltas sobre sí misma y los
muslos ligeramente doblados sobre la pelvis.
Sin probar en
todo el día ni comida ni bebida. Sin dormir ni poder ver. Vivía en una
permanente oscuridad. Su trabajo era «recibir», y sus visitas apenas
vislumbraban su cara. Marta Robin era sobre todo voz. Quienes la
conocieron dicen de ella que modulaba gran cantidad de sonidos. Su voz podía
pasar con gran facilidad de infantil, juguetona, tímida, dulce o melosa, a
firme, voluminosa o directa. Lo que más sorprendía a los visitantes era
ese cambio, a veces, brusco, del registro de voz.
Consejos
para todos
Con los
políticos hablaba de sus cosas, o sea, la gestión de lo público, las
batallitas de unos y otros, lo de siempre; con los obispos, de los
problemas de conciencia que le traían. Con los campesinos y ganaderos de sus
quebraderos de cabeza con las cosechas, la venta de los terneros, la leche de
las vacas, en fin, lo del campo.
Nada de
echadora de cartas
Solía repetir:
«No pertenezco al sindicato de las echadoras de cartas». Y era verdad. No era
ni una pitonisa o ni una curandera. Muchos la definieron como mística. Una
«Catalina Emmerich» del siglo XX. Una mujer capaz de hacer coincidir en
su persona el cielo y la tierra. En cierta ocasión, una de sus visitas,
tras hablar con ella unos minutos y contarla sus preocupaciones, exclamó:
«Fuera no hay más que problemas. Junto a ella no hay más que soluciones, ¿por
qué será así?».
Los pies en
la tierra
Aunque podía
estar en un plano sobrehumano, tenía los pies en la tierra. A veces recomendaba
a algún amigo que la frecuentaba: «Cierre la puerta de su casa y hágase el
enfermo, que lo veo cansado».
Otras, se
preocupaba por lo difícil que era para los labriegos ganar un jornal. El
filósofo Jean Guitton, asiduo a la compañía de Marta, llegó a
decir: «Cada uno en aquella habitación se sentía unido a sí mismo, a
los otros y a Dios».
Curiosos y
médicos
Entre las miles
de visitas que recibió Marta muchas tenían un ingrediente detectivesco. ¿Cómo
logrará vivir esta mujer sin comer, ni beber y sin dormir ni un solo día en
años?, ¿quién avitualla clandestinamente a esta mujer?, ¿dónde está
el truco de esta gran ilusionista? Un caso tan extraordinario era normal que
atrajera a tantos curiosos y que interpelara a creyentes y no creyentes. Decenas
de médicos, muchos de ellos ateos, pasaron por su habitación para diagnosticar
una locura, un estado de ansiedad desproporcionado o cualquier otro tipo de
enfermedad mental. Pero nada de nada. La ciencia no fue capaz de
explicar que le pasaba a esta pequeña campesina.
El día a día
de Marta
La «semana» de
Marta comenzaba los martes con la Eucaristía. No lograba tragar la hostia que
se le colocaba en la boca. Era absorbida sin que ella pudiera
engullirla. «Es como si un ser vivo entrará en mí», decía Marta. A partir
de ahí entraba en un estado de éxtasis que podía durar horas. «Después de
comulgar sucede que siento una renovación pero no necesariamente en cada
ocasión, pues puede ocurrir también fuera de la comunión».
En otro momento
comentó: «Tengo deseos de gritar a los que me preguntan si como, que yo como
más que ellos, pues yo me alimento en la Eucaristía de la sangre y la
carne de Jesús. Tengo deseos de decirles que ellos impiden en sí los efectos de
este alimento. Bloquean sus efectos».
El jueves
revivía la Pasión de Cristo
El jueves era
el otro día «grande» para Marta. Revivía semanalmente la Pasión. Sus
ojos comenzaban a llorar sangre, uniéndose así a las llagas de sus manos,
pies y costado que tampoco cesaban de expulsar líquido durante todas
las noches de la semana.
A las veintiuna
horas, con la puntualidad que marca un reloj, comenzaba a murmurar débilmente:
«Padre mío, Padre mío, que se aparte de mí este cáliz, pero que se haga tu
voluntad». A continuación se producía como un gemido o una melopea melódica
en tres notas, que, según los presentes, «podía compararse a los pequeños
gritos que da un recién nacido».
La Pasión
contada por el sacerdote que le atendía
El Padre
Finet, fiel colaborador de Marta, y testigo de esta Pasión semanal, cuenta
su experiencia: «Yo volvía el viernes hacia las dos de la tarde. Para
reproducir las tres caídas de la Pasión, Marta había sido movida. Yo la tornaba
a su posición; ponía su cabeza en la almohada. Esa cabeza caía sobre el cojín,
donde ordinariamente había un chal blanco. Añadiré que, en el momento de la
estigmatización, a comienzo de octubre de 1930, Jesús, no sólo la marcó aquel
día con los estigmas en los pies, las manos y el costado derecho, sino que
además le encasquetó su corona de espinas profundamente en la cabeza, y Marta
se puso a sangrar no sólo de los pies, manos y costado, más igualmente en toda
su cabeza; y comenzó a verter cada noche lágrimas de sangre. Fue en ese momento
cuando Jesús le dijo que la había elegido para que ella viviera su
pasión más que nadie, después de la Virgen, y que nadie después la viviría
más totalmente. Jesús añadió que cada día aumentaría más su sufrimiento y que,
por esto, no dormiría jamás durante la noche».
Volved con
nosotros
A la hora que
llegaba el Padre Finet, el viernes, se cerraba el ciclo de la Pasión. Marta,
que hasta el momento había lanzando continuos gemidos de dolor, cesaba sus
quejidos y repetía las palabras de Jesús en la Cruz: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado? Padre mío, en tus manos encomiendo mi
espíritu».
En ese momento
daba un profundo suspiro para quedarse completamente inmóvil, sin apenas
respiración. Tras dos horas como muerta, Marta volvía a gemir. Esos gemidos se
prolongaban hasta la tarde del lunes. A partir de ahí, y hasta el martes, Marta
entraba en un éxtasis del que salía con dificultad y con ayuda del Padre Finet:
«Hija mía, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por María,
madre nuestra, os lo ordeno: volved a nosotros».
Sufrimientos
morales, sobre todo
Marta solía
comentar que sus sufrimientos físicos no podían compararse con los
padecimientos que sentía en el orden moral. La Pasión de los viernes
era para ella como una entrada en las tinieblas que le provocaba una gran
desolación. De alguna manera sentía que representaba a la humanidad del
siglo XX que había oficializado la ruptura con Dios, y experimentaba en su
propio ser ese abandono.
Una historia
ocultada
Al morir Marta
en 1981, pocos fueron los que se enteraron, y menos la prensa. Otra historia
ocultada. Lo extraordinario de su caso lo dejó dictado: «Mi ser ha sufrido una
transformación tan misteriosa como profunda. Mi felicidad es divina.
Y, ¡cuánta agonía de la voluntad para morir a mí misma! Jesús se hacia tan
tierno para un alma sangrante, tomando sobre él todo lo penoso de la
prueba, dejándome el mérito de seguirle sin resistencia».
(Publicado
originariamente en ReL en 2011).
Álex Rosal
Fuente: ReligiónenLibertad
