La beata Imelda Lambertini anhelaba recibir la Primera Comunión a una edad tan temprana. Su fe infantil ha inspirado a innumerables niños desde su fallecimiento
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| Fr Lawrence Lew, O.P. | Flickr CC by NC-ND 2.0 |
Al enseñar a
los niños pequeños es importante mostrarles ejemplos de jóvenes que ardían en
la fe eucarística para que reciban su Primera Comunión con ilusión. Estos
ejemplos pueden inspirarles en su propia fe y mostrarles que la Eucaristía es mucho más de lo que parece a
simple vista.
La beata Imelda Lambertini, uno de esos ejemplos, ha sido
acertadamente nombrada "patrona de los que hacen la primera
comunión". Se encuentra junto a santo Domingo Savio e incluso a san Carlo
Acutis en un grupo de jóvenes santos que deseaban ardientemente
recibir a Jesús en la Sagrada Eucaristía.
Un corazón
lleno de deseo
Lo fascinante
de la beata Imelda es que ya a los cinco años deseaba recibir a Jesús. Preguntó
a sus padres si eso era posible, pero en aquella época la costumbre era esperar
hasta que los niños cumplieran los 14 años.
Esta noticia le
resultó difícil de aceptar, ya que su deseo no hacía más que aumentar a medida
que crecía. Cuando cumplió nueve años, la beata Imelda preguntó si podía
ingresar en un convento. Al ver la profundidad de su fe a tan temprana edad,
sus padres le permitieron vivir con las dominicas en Val di Pietra.
Allí vivió como
una monja, aunque debido a su edad no se le permitió hacer votos formales.
Disfrutaba de su estancia en el convento, pero su corazón anhelaba recibir a
Jesús en la Sagrada Comunión. La beata Imelda suplicaba constantemente a sus
superiores que le concedieran una dispensa a la regla, pero ellos siempre se
negaban, animándola a esperar con paciencia.
Entonces, al
acercarse la fiesta de la Ascensión, ocurrió algo milagroso. Las Hermanas Dominicas de Santa Cecilia ofrecen una
narración de los acontecimientos:
"En la
víspera de la Ascensión, Imelda estaba en su sitio en la capilla, rezando en
silencio mientras las hermanas recibían la comunión. Entonces, Jesús decidió
'insistir' un poco por su cuenta. Tras la misa, mientras una de las monjas
recogía el altar, oyó un ruido y alzó la vista hacia el coro para ver a Imelda,
con una luz resplandeciente brillando sobre su cabeza y la Sagrada Hostia
suspendida en esa luz. Llamaron al capellán de inmediato, y él comprendió que
era el mismo Jesús quien daba a conocer su deseo. 'Dejad que los niños vengan a
mí y no se lo impidáis'. El sacerdote le dio a Imelda su Primera
Comunión".
Su rostro
estaba radiante y la alegría la envolvió tan por completo que murió en paz en
la capilla, pasando de esta vida a la siguiente.
Los niños de
la Primera Comunión
Naturalmente,
esta misteriosa muerte debe explicarse con delicadeza a unos niños de siete
años tan sensibles, para que no se hagan una idea equivocada. Lo importante no
es la hora ni la forma en que moriremos, algo que no está en nuestras manos,
sino el deseo que podemos cultivar en vida, tal y como hizo la beata Imelda.
Toda la vida de
la beata Imelda fue una vida de deseo, un anhelo diario de estar con su Rey.
Cuando finalmente se le concedió esa unión, su vida se completó y pudo estar en
paz para siempre.
Es un
recordatorio de que cada vez que recibimos a Jesús en la Eucaristía, estamos un
paso más cerca de esa unión definitiva con Él en el Cielo.
Se anima a los niños que reciben la Primera Comunión a que conozcan su fe infantil y aviven la llama de su propia fe, para que también ellos anhelen la unión con Jesús.
Philip Kosloski
Fuente: Aleteia
