La conocida influencer, conversa y bautizada a los 17 años, acaba de publicar Libro de oración de examen para promover esta práctica «que no tiene que ver ni con el mindfullness, ni con los 'diarios de gratitud'»
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| La creadora de contenido Carla Restoy. |
Aunque ahora cuenta con cerca
de 70.000 seguidores en redes sociales y se ha vuelto un
rostro cada vez más frecuente en las tertulias de televisión con el rótulo de
«misionera digital» e «influcencer católica», Carla Restoy viene
de una familias no creyente y, de hecho, ella misma recibió el bautismo a los
17 años.
Desde entonces, se ha formado de
forma exhaustiva, rigurosa y apasionada para conocer la fe de la Iglesia,
adentrarse en la riqueza del Magisterio (con especial dedicación a la Teología
del Cuerpo de san Juan Pablo II) y ahondar en su relación íntima y personal con
Dios.
Algo para lo que, según explica a
El Debate, ha sido esencial una práctica tan antigua como hoy poco conocida: el
examen de conciencia. Tanto le ha ayudado a ella que ahora acaba de escribir
un libro –breve,
pero de una belleza plástica y de una profundidad que atrapa– para que otros,
«cuántos más mejor», lo conozcan y lo practiquen.
– ¿En qué consiste el examen
de conciencia y en qué se diferencia del mindfulness o el diario de
agradecimiento?
– El examen de conciencia es,
ante todo, una oración. No es un ejercicio de autoobservación neutral ni una
técnica de bienestar, aunque produzca paz. La diferencia esencial es que no me
miro a mí misma, sola: me miro acompañada, a la luz de Dios. El mindfulness te
invita a observar lo que pasa, sin juzgarlo; el diario de agradecimiento te
centra en lo positivo. El examen hace algo más radical: te pregunta cómo has
amado hoy, dónde te has alejado de quien estás llamado a ser, y lo hace desde
una relación. No es introspección, es encuentro. Como digo en el libro, no es
un tribunal severo, es un espacio de verdad donde me dejo mirar por Quien me
conoce mejor que yo misma. Es un ejercicio de ascesis cristiana.
– ¿Y qué beneficios obtiene
quien lo practica?
– El beneficio más profundo es
que te acerca a Dios en el día a día, no solo en los momentos grandes y
evidentes. El examen te entrena para detectar dónde ha estado Él durante la
jornada, dónde te ha hablado, dónde has respondido y dónde no. Es una escuela
de contemplación muy concreta: aprendes a leer tu vida como un lugar donde Dios
actúa, no como una sucesión de hechos neutrales.
También te ayuda a crecer en
confianza con Él. Cuando te sientas cada noche a contarle tu día, con sus luces
y sus sombras, sin esconder nada, va naciendo una intimidad real. Y eso
transforma la oración: deja de ser un monólogo o un cumplimiento para convertirse
en un diálogo vivo.
Cuando te sientas cada
noche a contarle tu día a Dios, con sus luces y sus sombras, sin esconder nada,
va naciendo una intimidad real con Él
Y hay algo más: el examen te va
haciendo capaz de reconocer los movimientos del Espíritu. Aprender a distinguir
esos movimientos que me acercan y los que me alejan de Dios es aprender a
dejarnos guiar. Con el tiempo, no solo rezas mejor por las noches: empiezas a
vivir más unido a Él durante el día.
– Pautas para el examen de
conciencia hay en muchos lugares. ¿Qué aporta de diferente el Libro de
Oración de Examen, de Caliu Colección?
– Pautas para el examen las
encuentras en muchos sitios, tienes razón. Lo que he querido hacer con este
librito es que no quede en teoría y que ayude de verdad a hacer examen de
conciencia. Por eso lo he querido hacer muy bello y apetecible. Tiene tres partes:
primero, textos introductorios que explican qué es el examen, qué es el pecado,
por qué confesarse... porque sin ese fondo, las preguntas quedan huecas. Luego,
una guía desarrollada de los cinco pasos de san Ignacio. Y después, páginas de
diario estructurado para usar cada noche, con los cinco pasos como guía, y
páginas en blanco para escribir. Todo eso, en un formato diseñado con mucho
cuidado, porque creo que la belleza importa, que el objeto con el que rezas
dice algo. Además, he añadido oraciones para finalizar el día, porque quise que
fuera un acompañante completo, no solo un cuaderno.
– ¿A quién va dirigido?
– A cualquier persona que quiera
recuperar o profundizar esta práctica. Dicho esto, lo he pensado especialmente
para gente que quiere coger el hábito pero no sabe muy bien por dónde empezar,
o que lo ha intentado y lo ha dejado porque le faltaba estructura. También para
quien ya reza pero siente que el examen se le queda en algo mecánico. No hace
falta ser muy piadoso ni tener una vida espiritual consolidada: basta con
querer detenerse un momento al final del día y ser un poco honesto.
– Aunque se habla mucho de un
reverdecer de la fe en muchos jóvenes, esto puede sonar a «moralismo» o a
práctica caduca. ¿Por qué has querido publicar algo así en este momento?
– Precisamente porque vivimos en
un momento en que todo el mundo habla de salud mental, de autoconocimiento, de
autenticidad… y sin embargo muy pocos se dan el espacio real para mirarse por
dentro con verdad.
Hay una sed enorme de
interioridad, y la respuesta dominante es el mindfulness, los podcasts de
bienestar, el «hazte el bien a ti mismo». Todo eso tiene su valor, pero se
queda corto porque obvia la dimensión moral, obvia el amor, obvia la relación
con Dios. El examen no es moralismo, que sería quedarse en la lista de faltas.
Es una práctica que te pone en relación, que te recuerda que eres amado, que el
mal que has hecho no te define, que puedes cambiar y que no andas solo. Eso no
me parece caduco: me parece urgente. Nuestro deber como cristianos es crecer
cada día en el amor y creo que esto puede ayudar y mucho.
Hay una sed enorme de
interioridad, y la respuesta dominante es el mindfulness, los podcasts de
bienestar... Eso tiene su valor, pero se queda corto porque obvia la dimensión
moral, obvia el amor, obvia la relación con Dios
– Tú misma recibiste el
bautismo a los 17 años. ¿Qué ha supuesto el examen en tu proceso de conversión?
– Ha sido de las prácticas que
más me han transformado, y también de las que más he descuidado, con toda
honestidad. Cuando lo hago bien, cuando me siento de verdad al final del día a
releer lo que ha pasado, me doy cuenta de cuánto me escondo a mí misma, de los
mecanismos que tengo para no ver lo que no quiero ver. La conversión no es un
momento, es un proceso continuo de volver a casa. Y el examen es el camino de
vuelta cada noche. Me ha ayudado a entender que mis reacciones más feas tienen
una raíz, que detrás de mis pecados hay siempre un deseo de bien que se ha
torcido y que, si yo le dejo, Dios no se aparta de esa fragilidad sino que se
acerca más para hacerla incluso fecunda.
– Hoy no es infrecuente
escuchar eso de «yo no me arrepiento de nada». Para que un examen de conciencia
sea realmente transformador, ¿qué hace falta?.
– Hace falta humildad, que no es
lo mismo que sentirse mal. Humildad es ver la realidad tal como es, con verdad,
sin el filtro del orgullo que lo justifica todo, ni el del escrúpulo que lo
exagera todo. «No me arrepiento de nada» puede ser una frase de valentía
legítima, o puede ser la frase de alguien que no se ha parado a mirar.
El examen no te pide que te
fustigues: te pide que seas honesto. Y para eso hace falta confiar en que del
otro lado hay misericordia ante tu miseria. Si uno se acerca al examen como a
un tribunal, se blindará. Si se acerca como a una conversación con alguien que
te quiere, puede bajar la guardia. Esa es la clave: saber que la culpa de lo
que he hecho hoy es objetiva pero que la libertad humana y la gracia me
permiten renovar mi corazón cada noche y cada mañana.
– ¿Qué cree que pasaría si más
personas, empezando por los católicos, hiciésemos examen de conciencia más a
menudo?
– Seríamos más agradecidos, más
conscientes, más libres y probablemente más amables. El examen te baja del
pedestal, te hace ver tus incoherencias, te reconcilia con tu propia
fragilidad. Y alguien que se conoce bien a sí mismo, que sabe dónde falla y dónde
necesita ayuda, es mucho más capaz de comprender a los demás y de perdonar,
porque ha experimentado él mismo que necesita ser perdonado.
También creo que habría más vida
de piedad y más confesiones, y eso sería un bien enorme. El examen te va
disponiendo para el perdón: primero para recibirlo de Dios, que es siempre el
primero en tender la mano, y después para darlo. Cuando llevas tus faltas a
Dios cada noche y experimentas que Él no te rechaza sino que te acoge, algo
cambia en ti. Te vuelves más capaz de hacer lo mismo con los demás, de no
guardar rencor, de soltar lo que pesa.
Cuando llevas tus faltas a
Dios cada noche y experimentas que Él no te rechaza sino que te acoge, algo
cambia en ti
Creo que muchas de las heridas
que llevamos en las relaciones, en las familias, en las comunidades, tienen que
ver con que no nos perdonamos, ni a nosotros ni a los demás. El examen, bien
hecho, es una escuela de agradecimiento y de perdón. Porque te recuerda cada
noche que eres amado a pesar de todo, y eso es lo único que de verdad te hace
capaz de agradecer, amar y de perdonar a los otros.
–¿Qué es lo que no te he
preguntado y es importante decir?
– Quizás lo más importante: que
esto no es para perfectos y metódicos. El libro nace de mi propia necesidad, no
de haber llegado a ningún sitio. Lo he hecho porque yo necesitaba algo así,
porque conozco a mucha gente que quiere rezar mejor y no sabe cómo, porque creo
que la vida interior no se improvisa sino que se cultiva, y que un hábito tan
sencillo como detenerse diez minutos al final del día puede cambiar una vida de
verdad. No lo digo como eslogan: lo digo porque lo he vivido, y porque creo que
todos, en el fondo, queremos vivir más despiertos, más libres y más amados de
lo que solemos permitirnos estar.
Dónde conseguirlo
José Antonio Méndez
Fuente: El Debate
