LA ENCÍCLICA DE LEÓN XIV: LA IA SIRVA A LA HUMANIDAD, NO AL PODER DE POCOS
Con motivo del 135.º aniversario de
la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica
humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia
artificial.
El Papa León XIV en la firma de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, 15 de mayo 2026 (@Vatican Media). Dominio público
El
llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios»,
promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En
la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra
justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo
«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante
una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad
donde Dios y la humanidad habiten juntos». El incipit de la primera
encíclica de León XIV —Magnifica
humanitas, «sobre la custodia de la persona humana en la era de la
inteligencia artificial»— resume sus razones fundamentales y su propósito.
Publicada este lunes 25 de mayo, fue
firmada por el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la
promulgación de la Rerum
novarum de León XIII. Y de su predecesor, el papa Prevost, ha recogido
el legado, escribiendo una encíclica social que aborda uno de los principales
retos de la época contemporánea: la inteligencia artificial.
Dividida en cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, Magnifica
humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una «fuerza
antagónica respecto a la persona» (4), ni «un mal en sí misma» (9). Sin
embargo, «no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la
financia, la regula y la utiliza». De ahí el llamamiento del Pontífice a
«construir en el bien» y a «permanecer humanos», siguiendo la lógica de la
corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que «el
mundo pueda reconocer… en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea
habitar» (16).
La Doctrina Social de la Iglesia es
teología de la comunión
El primer capítulo —Un
pensamiento dinámico fiel al Evangelio— repasa la Doctrina Social de la
Iglesia (DSI) en el magisterio reciente y en el Concilio Vaticano II, poniendo
de relieve «su carácter dinámico» (17). Lejos de ser «un manual de principios y
normas que aplicar», la DSI es más bien «un camino de discernimiento
comunitario», una «teología de la comunión en la historia» (27) que orienta la
lectura de los acontecimientos a la luz del Evangelio. León XIV recuerda el
pensamiento de sus predecesores: desde Pío XII —el primero en emplear la
expresión «Doctrina social de la Iglesia» en la exhortación apostólica Menti nostrae de
1950— hasta el Papa Francisco, pasando naturalmente por la Rerum novarum de
1891, definida como «hito en la evolución del magisterio social» (30). En sus
respectivas épocas, cada sucesor de Pedro «ha puesto de relieve diferentes
aspectos de un único patrimonio: la dignidad de la persona, el valor del
trabajo, la destinación universal de los bienes, la solidaridad y la
subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la
fraternidad» (45).
Proteger la dignidad humana: la
persona no es un recurso que se pueda explotar
En el segundo capítulo, León XIV enumera los Fundamentos
y principios de la Doctrina social de la Iglesia: entre los primeros,
incluye la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Es
necesario recordarlo, ya que «la presión de nuevas ideologías y de determinados
intereses muy poderosos» puede reducir a la persona a «un recurso que se usa y
se explota» o a «lo que realiza o produce» (51). Por el contrario, «la dignidad
fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser
demostrada» (53). Un segundo fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia es
la inviolabilidad de los derechos humanos, entre los cuales el primero es el
derecho a la vida «desde la concepción hasta su final natural»: a este
respecto, León XIV define el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la
eutanasia como «decisiones gravemente ilícitas» (55). El tercer fundamento es
el reconocimiento de los derechos de las minorías, con especial atención a las
mujeres: en su favor, el Pontífice pide «decisiones concretas» en las leyes, en
el trabajo, en la educación, en las responsabilidades sociales y políticas,
para que sean verdaderamente escuchadas y valoradas (57).
Es inmoral e inaceptable eliminar o
someter a una nación
En cuanto a los principios de la DSI, León XIV señala cinco: el
primero es el bien común, «forma social de la dignidad reconocida a cada uno»
(59). En un punto el Papa es particularmente firme: «la promoción del bien
común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a
custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la
familia de las naciones». En consecuencia, «cualquier intento o proyecto de
eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto,
inaceptable» (64).
La tecnología no debe concentrarse
en manos de unos pocos
El segundo principio se refiere a la destinación universal de
los bienes: aquí y en otros puntos de la encíclica, León XIV insiste en la
necesidad de que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos
de unos pocos, alimentando la brecha entre los incluidos y los excluidos de la
revolución digital (67). De ello se derivan el tercer y el cuarto principio, a
saber, la subsidiariedad (68) —que exige superar el paternalismo y el
asistencialismo en favor de la corresponsabilidad— y la solidaridad (73),
«principio y virtud» que se opone a la indiferencia y tiene en cuenta a los
pueblos y a las generaciones futuras.
La justicia social y un examen
decisivo con los migrantes
El quinto principio de la DSI señalado por el Papa es la
justicia social: en la era digital, debe garantizar a todos un acceso
equitativo a las oportunidades, proteger a los más frágiles, combatir el odio y
la desinformación, someter a control público el uso de los datos y las
tecnologías, «de modo que el criterio no sea solo el lucro, sino la dignidad de
cada persona y el bien de los pueblos» (80). León XIV señala en los migrantes,
los refugiados y los desplazados un «examen decisivo» en este ámbito: la forma
en que la sociedad los trata demuestra «si la idea de justicia está guiada por
el miedo o por la fraternidad». De ahí el llamamiento tanto a custodiar «el
derecho a la esperanza» de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles
vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; como a promover «el
derecho a quedarse» de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad,
abordando «las causas profundas» de las migraciones (81).
Los
abusos y el examen de conciencia para la Iglesia
El Pontífice entiende que los cinco principios mencionados están
dirigidos no solo a la sociedad, sino también a la Iglesia, llamada a «un
examen de conciencia»: el Papa exhorta a «sanear las relaciones y las estructuras
eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de
claridad y atropellos». La invitación es a escuchar a las «víctimas de abusos
espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia»,
ya que ello «forma parte integrante de un camino de justicia, que comprende el
reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención» (89).
Se necesita un código ético
compartido sobre la IA
El tercer capítulo —Técnica
y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA—
entra en el meollo del tema de la inteligencia artificial. León XIV advierte
contra el «paradigma tecnocrático» ya denunciado por Francisco y por el cual
toda elección viene dictada exclusivamente por parámetros de eficiencia y beneficio
(92). Por el contrario, la tecnología más potente no es necesariamente la
mejor: la IA puede imitar y simular al hombre, pero no posee conciencia moral,
empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual. Por lo tanto, es
necesario abordar la IA con sobriedad y vigilancia, manteniendo la claridad
sobre las responsabilidades de todas sus etapas (accountability) y apostando
por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente y la
educación de los usuarios. Sobre todo, se necesita un código ético sometido a
criterios de justicia social compartida, porque «no sirve una IA más moral si
esa moral la deciden unos pocos» (107). Sin dejar de lado el impacto ambiental
de las nuevas tecnologías, que requieren grandes cantidades de energía y agua,
afectando a las emisiones de dióxido de carbono y dañando la Creación (101).
Desarmar la IA y sustraerla de la
lógica competitiva
Hay que «desarmar la IA» —insiste León XIV— para sustraerla de
la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva; para romper la
equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los
monopolios e impedir que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y
ecológica porque la IA «ya es el entorno en el que estamos inmersos y el poder
con el que debemos contar» (110). Se dedica un amplio espacio a la crítica del transhumanismo y
del poshumanismo,
que interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano. En
cambio, el límite no es un defecto que haya que eliminar, sino una dimensión
constitutiva de la persona, porque «el ser humano no florece a
pesar del límite, sino a menudo a través del límite»
(118), reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que maduran
la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.
Que el progreso de la técnica no
haga retroceder el corazón
Hay mucho en juego: hacer crecer la técnica eliminando los
límites de lo humano significa, de hecho, hacer retroceder el corazón.
Magnífica y, sin embargo, herida, la humanidad «no debe ser sustituida ni
superada». La tecnología puede aliviar sus sufrimientos y abrirle nuevas
posibilidades, pero no debe negarla en lo que le es propio: «la capacidad de
relación y de amor» (126). Ante la IA, la verdadera alternativa no está entre
el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir el progreso: al
servicio de la persona y de los pueblos o de las lógicas de poder (129). Una
elección que nos concierne a todos: «la construcción de Babel o la de
Jerusalén», las dos «ciudades» del hombre y de Dios señaladas también por san
Agustín (130), comienza por cada uno.
Ecología de la comunicación y
centralidad de la escuela
En el cuarto capítulo – Custodiar lo humano en la
transformación. Verdad, trabajo, libertad — la encíclica considera la
verdad como un bien común y un elemento esencial de la democracia. En el
entorno digital, la verdad debe plasmarse en una «ecología de la comunicación»
para que la cultura generada por la web no se convierta en un instrumento de
«homologación y dominio», sino en un espacio de maduración para la «libertad
interior y el pensamiento crítico» (136-137). El Papa señala algunos
instrumentos: transparencia en los criterios de selección de contenidos,
protección de los datos personales, un periodismo serio basado en la
argumentación y la verificación, una nueva conciencia en el uso «correcto y
crítico» de la IA, la integración de los conocimientos. También se exige a la
Iglesia una comunicación transparente y leal, sobre todo en los casos de
injusticias y abusos. Es fundamental, en la encíclica, el llamamiento a una
alianza educativa renovada para que en los jóvenes no se apague «el deseo de
hacer preguntas» a causa de máquinas perfectas que hacen parecer inútil el
pensamiento humano. «Debemos educarnos en el ayuno de la IA» (140), subraya
León XIV, eliminando las desigualdades en el acceso a la educación y apostando
por la escuela como lugar donde se aprende a «buscar y amar la verdad» (143) y
se enseña lo que lo digital no puede dar: «tiempo compartido para aprender y
relaciones fiables» (147).
El
trabajo debe centrarse en la persona, no en el beneficio
En la «cuarta revolución industrial» que representa la
transición digital, el Pontífice destaca la importancia de proteger la dignidad
y el valor del trabajo: «Las nuevas formas de trabajar no son necesariamente
mejores», explica, ya que la tecnología puede descalificar a los trabajadores,
relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada
(150). Por el contrario, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona
y no solo en el rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al
hombre de tareas pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al
desempleo en nombre de la reducción de costes y el aumento de los beneficios.
En un escenario en el que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad,
provocados por sistemas automatizados que han sustituido al hombre, el
Pontífice aboga también por una renovación de las organizaciones sindicales
(155).
El
desarrollo no se mide solo en términos de PIB
La transformación digital debe gestionarse de antemano mediante
criterios sociales estables, formación accesible y continua para los
trabajadores y responsabilidad empresarial. El Pontífice señala, además, la
necesidad de superar el PIB como parámetro del grado de desarrollo de un país,
apostando en su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida,
la reducción de las desigualdades y la protección del medio ambiente. La
financiación por la financiación es, de hecho, diferente de la financiación
para el desarrollo (159-160). Y, siguiendo la estela de San Pablo VI, se
subraya la interdependencia entre paz y desarrollo, abogando por una
cooperación internacional capaz de definir estrategias comunes «sobre todo en
favor de los países y los grupos más vulnerables», porque la prosperidad
contribuye a la paz «solo si es generalizada, inclusiva y sostenible» (163).
La
familia, bien social primario
En la encíclica destaca, además, la referencia a la familia,
fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer: es «bien social
primario», «célula fundamental e insustituible de toda organización
comunitaria» (165) que debe apoyarse también mediante políticas laborales que
favorezcan la estabilidad y ritmos humanos, de modo que se garantice el justo
equilibrio de vida y se proteja esa «capacidad de construir el futuro» que hace
generativa a la sociedad.
La
«arquitectura de la visibilidad» y los riesgos para la libertad
Por último, el tema de la libertad humana, que hay que proteger
contra la dependencia y la mercantilización: en una época en la que las
plataformas digitales están diseñadas para acaparar el tiempo de los usuarios y
explotar sus fragilidades, es urgente reforzar la libertad interior de cada uno
y hacer frente al riesgo del control social derivado de la recopilación masiva
de datos y del uso de sistemas algorítmicos. Perfilar, predecir y orientar los
comportamientos es, de hecho, «un poder nuevo» (171) que corre el riesgo de
discriminar a los más débiles. El Papa deplora, en particular, la «arquitectura
de la visibilidad» que premia y amplifica solo lo que es visible, moldeando
opiniones y generando conformismo.
Nuevas
formas de esclavitud y nuevo colonialismo
La IA genera nuevas formas de esclavitud, como la de los
«cuerpos marcados, mutilados, consumidos» (173) de quienes trabajan en la
extracción de las «tierras raras» necesarias para la tecnología. Por ello, la
lucha contra las nuevas formas de esclavitud es otra «prueba decisiva para el
discernimiento ético» de la transformación digital. A este respecto, León XIV
subraya que «la Iglesia renueva su firme condena contra toda forma de
esclavitud, trata y mercantilización de las personas» y reitera que no
reaccionar o tolerar estas «graves violaciones de la dignidad humana»
significa, de hecho, «hacerse cómplice» (174). Al mismo tiempo, el Papa pide
«sinceramente perdón» por el retraso con el que la Iglesia, en el pasado,
condenó «el flagelo de la esclavitud». La encíclica se refiere también a las
«nuevas tierras raras del poder», es decir, la información vital —por ejemplo,
sobre salud y demografía— utilizada para orientar las estrategias económicas.
Se trata, explica el Pontífice, de una faceta inédita del colonialismo que se
apropia de los datos y transforma las vidas personales en información explotable,
convirtiendo el entorno digital en un «espacio de depredación» (178-179).
Superar
la teoría de la «guerra justa»
En el quinto y último capítulo —La cultura del poder y la
civilización del amor—, León XIV dirige su mirada hacia la guerra: «La revolución
digital está modificando la gramática de los conflictos» y, sin un enfoque
ético, las decisiones sobre la vida y la muerte de las personas serán cada vez
más impersonales, considerándose el recurso a la fuerza como una «opción
inmediata y viable» (182-183) . En la base de todo hay una «cultura del poder»
que normaliza la guerra y la rehabilita como «instrumento de política
internacional», favoreciendo el rearme. Sobre la opinión pública, que en el
pasado veía la beligerancia solo como extrema ratio, hoy pesan
también las narrativas mediáticas polarizantes, así como «una preocupante
pérdida de memoria histórica» que nos priva de una visión a largo plazo (191).
En consecuencia, hoy la paz ya no se entiende como una tarea que hay que
asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Por ello, León XIV
reitera que —sin perjuicio del derecho a la legítima defensa en su sentido más
estricto— es necesario superar la teoría de la «guerra justa», promoviendo más
bien el diálogo, la diplomacia y el perdón (192).
Ningún
algoritmo hace que la guerra sea moralmente aceptable
El Papa Prevost no deja de lamentar el crecimiento de la
industria bélica, la carrera armamentística nuclear y la aparición de nuevos
actores armados —entre ellos los yihadistas— que pretenden perpetuar los
conflictos como fuente de poder y de ingresos. Es contundente, además, la
advertencia contra el uso de armas relacionadas con la IA, ya que «no existe
ningún algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable»; es
más: la tecnología «no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad, solo
puede hacerlo más rápido e impersonal, rebajando el umbral del recurso a la
violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas
reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia es
inevitable y solo hay que optimizarla» (198). Por lo tanto, se necesitan
restricciones éticas rigurosas, compartidas a nivel internacional, basadas en
la responsabilidad personal y en la protección de los civiles, porque «toda
tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral
moral del conflicto» (199).
La
crisis del multilateralismo
La cultura del poder surge también de la crisis del
multilateralismo y del surgimiento de un «multipolarismo desordenado y
conflictivo» en el que prevalece la desconfianza hacia el otro (201). La fuerza
del derecho se sustituye por el derecho del más fuerte; las lógicas del poder
prevalecen sobre la construcción de la paz, relegada a un segundo plano, y las
instituciones creadas para custodiar el destino común de los pueblos se
encuentran ahora debilitadas, sin que se reconozca su autoridad moral. A este
respecto, el Papa auspicia para la ONU y para el sistema político internacional
«reformas profundas» que superen la actual crisis de valores en favor del
verdadero bien común (226).
Una Realpolitik irresponsable
Hoy, prosigue la encíclica, se libran guerras «híbridas» que
abarcan los ámbitos económico, financiero e informático, aprovechando la
desinformación y el miedo para influir en la opinión pública y presentar el
aumento del gasto militar como la «única respuesta» a un futuro incierto. Pero
todo esto no es más que un «falso realismo», una irresponsable Realpolitik que
siembra en las conciencias y en las culturas la resignación ante una guerra
ineludible y califica la paz de utopía (204-205). Sin excluir que, para
algunos, el conflicto armado podría ser un instrumento de «gestión cínica» de
las dificultades, así como una forma de desviar la atención de los problemas
internos (208).
La
civilización del amor
El cristiano está llamado a responder a esta cultura del poder
construyendo «la civilización del amor»: la gracia, de hecho, no elimina el
conflicto como por arte de magia, sino que genera «una resistencia activa al
mal y una sorprendente creatividad en el bien» (211). Cada uno, en su ámbito de
acción, está llamado a elegir entre alimentar la lógica de la fuerza o
custodiar la paz, frenando la deshumanización con pequeños actos de fidelidad y
tenacidad. El Papa señala cinco «vías de responsabilidad»: desarmar las
palabras diciendo la verdad; construir la paz en la justicia; asumir la mirada
de las víctimas tomando posición, porque hay conflictos en los que «no es justo
permanecer neutrales». Los ataques contra civiles, hospitales e
infraestructuras hieren a la propia humanidad y no pueden quedar relegados al
ámbito del análisis abstracto. Por el contrario, hay que dar voz a las víctimas
para «tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra» la guerra y
toda violencia (217). Y aún más: el Papa exhorta a cultivar «un sano realismo»
que busque vías de paz viables con hechos, no solo con palabras.
No
utilizar el nombre de Dios para legitimar la guerra
Por último, relanzar el diálogo pasando de una cultura del poder
a una cultura de la negociación. También es decisivo «el diálogo entre las
religiones», portador de un mensaje de paz. «Quien utiliza el nombre de Dios
para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra, traiciona su rostro
—advierte León XIV—: luchar en nombre de la religión significa, en realidad,
golpear a la propia religión» (223). Por su parte, la diplomacia de la Santa
Sede utiliza «el principio evangélico de la misericordia» como criterio
concreto de la acción política. De ahí deriva la exhortación a la oración,
porque la paz proviene ante todo de Dios (227-228).
La
magnífica humanidad
Al concluir la carta, el Pontífice invita a los fieles a vivir
las nuevas tecnologías a la luz del Evangelio, siguiendo «un itinerario de vida
cristiana sobrio y exigente», para que, incluso en la era de la IA, todos
puedan dar testimonio de «la belleza de una magnífica humanidad habitada por
Dios».
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LO HUMANO Y DIVINO
Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. (Génesis, 1,26-27)