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| Papa León XIV. | Crédito: Vatican Media. Dominio público |
1.
En un mundo donde pocos sujetos
concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien
común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y
política, nombrando los nuevos monopolios de la IA.
2.
Evitemos, por tanto, el “síndrome de
Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que
aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital—
capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y
rendimientos.
3.
Puede haber usos evidentemente
antihumanos, como la manipulación de la información o la violación de la
privacidad, pero puede haber también un engaño menos evidente, cuando los
sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos, reflejan y refuerzan
estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado.
4.
La inteligencia creativa del ser humano
es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero
debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los
frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no está
entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso
que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas
de poder.
5.
El riesgo no es sólo que algunas
tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos
inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y
normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría
en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo
todo.
6.
El punto crítico, a la luz de la
Doctrina social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino
la visión que allí subyace; si el ser humano es tratado como materia para ser
perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean
considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del
progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a
los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie.
7.
Más aún, en la era de la IA y de la
robótica, ya no es posible confiar únicamente en la “mano invisible” del
mercado: la política tiene la tarea de orientar las dinámicas
económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la
inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la
innovación.
8. El juicio moral no se puede reducir a un
cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro
como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones
letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda
hacer que la guerra sea moralmente aceptable.
9. En este clima, el nihilismo y el
pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores gravísimos: los
extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían con un
economicismo irracional, mientras que la política recurre con facilidad a la
desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción
sistemática de miedos y resentimientos.
10. Si no estamos atentos, puede surgir un
sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante
de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el
discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace
más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el
sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo.
Por Victoria Cardiel
Fuente: ACI
