ESTA ES LA RAZÓN POR LA QUE NOS CUESTA TANTO SER SANTOS

Desde que fuimos concebidos, una "falla de origen" nos impide ser santos con la rapidez que quisiéramos, pero la razón de todo está desde la creación del mundo

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Los cristianos estamos llamados a ser santos. Dios nos ha hecho para Él y quiere que nos salvemos. Esa realidad la supimos desde que fuimos a la catequesis infantil. Sin embargo, aunque nuestro deseo sea llegar al cielo, hay una "falla de origen" que es la razón que nos hace difícil la tarea.

La "falla de origen" no es culpa de Dios

Por supuesto que no podemos culpar a Dios. Recordemos que Él nos creó a su imagen y semejanza (Gen 1, 26). También es prudente traer a la memoria que Dios dotó a Adán y a Eva de dones "preternaturales", entre los que se incluía no morir (CEC 1008).

Además, el Catecismo menciona que Dios había concedido al hombre el dominio del mundo, pero esta capacidad se realizaba, ante todo, dentro del hombre mismo como "dominio de sí". Por eso:

El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser por estar libre de la triple concupiscencia (cf. 1 Jn 2,16), que lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón (CEC 377).

Así pues, la "falla de origen" fue culpa del hombre, no de Dios. Esta pérdida de la gracia y de los otros dones dejaron al hombre y a la mujer sometidos al pecado por sus pasiones desordenadas.

¿Y cómo sabemos que hay desorden en nuestra vida? Basta con observar algunos comportamientos:

Desde que somos bebés nos regimos por nuestros instintos.

Un pequeño intenta morder a otro niño, el adolescente se rebela contra sus padres y busca autocomplacerse, el adulto joven cede a las malas influencias y consejos inmorales en el trabajo, hombre o mujer ya no desea comprometerse en matrimonio, busca solo satisfacciones pasajeras; hombre o mujer de cualquier edad desea sobresalir y pisotear al otro, no es paciente ni humilde , pero sí rencoroso y revanchista. Y por si fuera poco, rehúye de Dios.

La solución

Ante esta realidad que el ser humano considera "normal", está la urgencia de eliminar de nuestra vida el pecado original, sobre todo hoy que se aplaza el Bautismo por razones absurdas. En seguida, hay que aprender a reordenar las pasiones.

Si entendemos que Dios nos ha dado la dignidad de ser sus hijos a través del Bautismo, haremos lo posible por permanecer unidos a Él, recurriendo a los sacramentos, que son ayudas sobrenaturales para dominar nuestras pasiones y sentidos, especialmente con la Confesión y la Eucaristía.

Además hay que hablar con el Señor. Nos ayudará en extremo la oración porque es la manera que tenemos de pedir a Dios su auxilio; y por si fuera poco, tenemos la intercesión de los santos de cielo, especialmente de la Virgen María, para que Dios nos envíe lo que necesitamos pronto para alcanzar la santidad.

No hay fórmulas mágicas. Debemos hacer uso de nuestra inteligencia, voluntad y libertad para decidir lo que nos conviene. Dios no va a forzarnos, Él espera pacientemente que lo elijamos por encima de todo lo que nos ofrece el mundo.

Solo recordemos que la vida es corta y que podemos perderla en un instante. Que ese momento nos encuentre preparados.

Mónica Muñoz

Fuente: Aleteia