COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. JESÚS VIDAL: "EL FINAL DE ESTA VIDA"

He vivido tres hechos estas pasadas semanas que me han hecho pensar en cómo viviré el final de mi vida.
Ascensión del Señor. Dominio público

En primer lugar, he visitado algunas residencias de ancianos en nuestra Diócesis: Valverde del Majano, Abades y Marugán. Además, visité a las madres carmelitas en La Granja, y me conmovió el encuentro con una hermana de más de 100 años, que me dijo entre susurros que ya se lo había ofrecido todo al Señor, y que sólo le quedaba esperar a que viniera a buscarla.

Por último, el pasado lunes celebramos el aniversario de ordenación de algunos sacerdotes que sirven en nuestra Diócesis. De entre ellos, el 70º aniversario de ordenación sacerdotal de D. Santiago Peña. Después de una larga vida entregada al servicio de la Iglesia en Segovia, D. Santiago, como otros sacerdotes de nuestra Diócesis, afronta en la casa sacerdotal la última etapa de esta vida.

Cuando somos jóvenes no pensamos en el final de esta vida. Nos parece que nunca va a llegar o que, queda tanto, que no merece la pena pensarlo. Pero a medida que pasa el tiempo, llega un momento en que nos va quedando por vivir menos años de los que ya hemos vivido. Y esta proporción se achica por momentos. Una cultura como la que vivimos, marcada por la búsqueda de la autonomía nos lleva a una paradoja ante este final. Buscamos la independencia, pensando encontrar allí la felicidad, pero no queremos quedarnos solos al final.

Creo que una gran mayoría de nosotros (si no todos), al pensar en nuestros últimos momentos, soñamos con terminar la vida rodeado de personas a las que hemos amado y que nos quieren. Poder experimentar este amor vivido conforma el mayor logro vital. Y esto no concuerda con la búsqueda de autonomía. No hemos nacido solos, y no queremos morir solos. Aunque la muerte sea, en sí misma, un acto de soledad, pues nadie puede acompañarnos al traspasar el velo, deseamos ser acompañados hasta el último umbral, tener una mano amada a la que agarrarnos antes de ser empujados fuera de esta vida.

En los evangelios, Jesús también vive esta paradoja. La muerte es para él un acto de supremo abandono, que vive acompañado por un pequeño grupo de discípulos, entre los que se encuentra su madre. En sus últimas enseñanzas, en la cena de la tarde anterior, ha hablado a sus discípulos de su inminente partida. Sorprende la certeza con la que les habla de la muerte como lugar de comunión. Por un lado, es un “ir al Padre”; por otro, no nos dejará solos, nos enviará el Espíritu Santo, nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros.

El final de su vida es una Ascensión, como celebramos en la fiesta de este domingo. Y su promesa es permanecer con nosotros «todos los días, hasta el final de los tiempos». No promete intervenir cada vez que lo necesitemos, ni ahorrarnos los sufrimientos y combates inherentes a esta vida, ni darnos la solución de todo. Promete permanecer, estar al lado, sosteniendo y animando (en el sentido más literal de la palabra: “dando vida”).

Esto ilumina la misión de la Iglesia al acompañar a tantos al final de esta vida, ayudándoles a poner la mirada al otro lado del velo, donde el Señor ha preparado un sitio y quiere que estemos donde está él. El otro día leí un artículo que presentaba el libro recientemente publicado por la Universidad Pontificia de Comillas Pequeño léxico del fin de la vida.

Como allí se decía, uno de los servicios más urgentes que puede dar hoy la Iglesia «consiste en habitar con inteligencia, misericordia y verdad ese umbral decisivo en el que una sociedad se juega su humanidad: la forma de tratar a quienes viven la etapa final de la vida». En esto nos jugamos también cómo afrontaremos cada uno ese último tramo. Y Jesucristo nos enseña a hacerlo mirando al cielo.

  + Jesús Vidal 

Obispo de Segovia

Fuente: Diócesis de Segovia