Nos resultará más fácil tomar conciencia de los pecados que debemos confesar cuando tenemos como método pensar en las personas que ofendimos o que no ayudamos
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| Philippe Lissac / Godong |
En este tiempo
de Cuaresma, en el que los cristianos están llamados a realizar sus últimos
preparativos antes de celebrar la solemnidad de la Pascua, el sacramento de
la penitencia y la reconciliación es una etapa
imprescindible. El tiempo de desierto ha agudizado nuestros sentidos
espirituales: ahora somos capaces de medir mejor la distancia entre nuestro
amor mesurado, mezclado con impurezas, y la caridad de Cristo. En estas
condiciones, no debería costarnos demasiado encontrar materia de pecados que
confesar al sacerdote. Y menos si implementamos un método para hacerlo mejor.
¿Cómo es la
relación que tengo con mis seres queridos?
Antes de hacer
un balance de lo que vamos a confesar, disponemos de varios métodos para
detectar mejor nuestras faltas morales y espirituales. Una forma de hacerlo
consiste en repasar los Diez Mandamientos y anotar las transgresiones que hemos
cometido en relación con cada uno de ellos.
Otro enfoque,
igualmente eficaz, propone repasar a todas las personas, cercanas o lejanas,
con las que mantenemos relación: desde los lazos familiares hasta nuestros
correligionarios, pasando por nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos o
personas con las que nos hemos cruzado a lo largo de los avatares de la vida.
Para cada una de estas personas, es posible evaluar la calidad de la relación
que mantenemos con ellas. ¡Y entre ellas, es por supuesto imprescindible contar
a Dios mismo!
Por último, es
indispensable contarnos a nosotros mismos entre las personas a las que ofenden
nuestras malas acciones. En efecto, debemos a nuestra dignidad de hijos de Dios
comportarnos de acuerdo con ese estatus que Jesús nos ha adquirido a un alto
precio. El pecado es también una historia personal e íntima que me afecta en mi
interioridad.
Con esos rostros conocidos grabados en mi mente, mis
fallos cobran vida con mayor facilidad.
Una cuestión
de trato personal
Este método no
tiene nada de arbitrario ni de fantasioso, por la sencilla razón de que el
pecado, en la religión cristiana, es siempre una cuestión de persona a persona.
De hecho, antes que la transgresión de una ley abstracta, el pecado es una
herida infligida a otra persona o a Dios.
Cuando robo o miento, lo que cuenta no es haber cruzado la línea
amarilla, sino, ante todo, el daño que he infligido a mi prójimo. Así pues, se
trata de pasar de la dimensión obsesiva del pecado a su dimensión relacional.
La relación es lo primero frente a mi obsesión por estar "en regla".
Por otra parte,
esta fijación en la norma o la ley puede traducirse en una consideración
narcisista excesiva, o en un repliegue sobre uno mismo que deriva en rencor
introvertido: ¡no he estado a la altura de la idea demasiado favorable que me
hacía de mí mismo!
Sin embargo, no
es así como llegaré a la verdadera contrición, sino más bien tomando conciencia
de la herida que he infligido a quien es mi amigo, mi vecino o, simplemente, mi
prójimo, por quien Cristo dio su vida. Antes que una mancha, el pecado constituye
una falta contra la caridad.
¡El Santo
Rostro lleva más al arrepentimiento que las tablas de la Ley!
Esta forma de
entender el pecado encaja perfectamente con la naturaleza de nuestra fe. Y es
que, lejos de reducirse a un inventario de leyes, la fe cristiana es ante todo
una historia de amor entre Dios y los hombres. Lo que Dios nos pide no es, en
primer lugar, obedecer un código legislativo, sino caminar con Él para forjar
una relación de amistad y amor.
En otras
palabras, lo que prima en la fe cristiana es la relación de persona a persona.
Los escritos más importantes de la Biblia,
los evangelios, no son una recopilación de obligaciones o normas (aunque las
haya), sino cuatro relatos de una misma vida: la de Jesús de Nazaret.
Ahora bien, si
Dios se revela en una historia, es para hacernos comprender que la relación
personal, que siempre surge y se teje a partir de vicisitudes y
acontecimientos, es lo primero con respecto a la Ley.
¡Ante el Crucificado del Gólgota nos damos cuenta mucho
más de nuestra falta de caridad que ante las tablas de la Ley!
"Contra
ti, y solo contra ti, he pecado"
Para demostrar
la dimensión relacional del pecado, basta con fijarse en el salmo penitencial
por excelencia: el Miserere (Sal 51).
Insensiblemente, en el hilo de su oración, el salmista pasa del registro de la
mancha, de la impureza —al pedirle a Dios que borre, lave, purifique— al
registro relacional al confesar: "Contra ti, y solo contra ti, he
pecado".
Finalmente, es
al confesar el amor paternal de Dios como el salmista integra, y supera, todas
las facetas de su culpa, pues lo que cuenta no es, en primer lugar, la mancha
del pecado, la impureza, sino la herida que el pecador ha infligido a Dios (y a
Urías, a quien David mandó asesinar…).
Renovados desde dentro, podremos alegrarnos con Jesús por
la misericordia que el Padre tiene con los hombres...
Jean-Michel
Castaing
Fuente: Aleteia
