El Papa León XIV celebró la Misa de la Cena del Señor en la Basílica de San Juan de Letrán, donde también lavó los pies a doce sacerdotes, repitiendo el gesto de Jesús con sus apóstoles
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| El Papa León XIV en la Misa de la Cena del Señor. | Crédito: Vatican Media |
A continuación,
la homilía pronunciada por León XIV:
Queridos
hermanos y hermanas:
La solemne
liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y
resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por
inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús; como
invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en
Sacramento de salvación. Participamos, en efecto, en un banquete durante el
cual Cristo, «que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó
hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento
para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde
prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.
Durante esta
última Cena, Él lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el
ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15).
El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Es
un ejemplo del sacramento; a la vez que confirma
su sentido, nos confía una tarea que queremos asumir como alimento para nuestra
vida. El evangelista Juan elige la palabra griega upódeigma para
relatar el acontecimiento del que fue testigo; significa “lo que se muestra
ante los propios ojos”. Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la
palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos
entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la
revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria
inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del
Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.
Junto con la
muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los
ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste
a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos «aprender continuamente que
la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque
sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Homilía de la
Misa in Coena Domini, 20 marzo 2008). Estas palabras del Papa Benedicto XVI
reconocen con lucidez que siempre estamos tentados a buscar un Dios que “nos
sirva”, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio,
no comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el
gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios.
Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede
existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don
divino nos transforma.
Con su gesto
Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la
imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen
del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a
quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo,
verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de
servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque
seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y
a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios
imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.
Él es el
criterio auténtico, el «Maestro y Señor» (Jn 13,13) que despoja de
todas sus máscaras tanto a lo divino como a lo humano. No ofrece su ejemplo
cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue
traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede
bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por
eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su
misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su
amor.
Aprendamos de
Jesús este servicio recíproco. De hecho, Él no nos pide que se lo devolvamos,
sino que lo compartamos entre nosotros: «Ustedes también deben lavarse los pies
unos a otros» (Jn 13,14). Así lo comentaba el Papa Francisco: «Es
un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor
así me lo ha enseñado» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 28 marzo
2013). Él no hablaba de un imperativo abstracto, ni de una orden formal y
vacía, sino que expresaba su fervor obediente por la caridad de Cristo, fuente
y ejemplo de nuestra caridad. El ejemplo dado por Jesús, en efecto, no puede
ser imitado por conveniencia, de mala gana o con hipocresía, sino sólo por
amor.
Dejarnos servir
por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. «Si yo no te
lavo», le dijo Jesús a Pedro, «no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8);
si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al
lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo
no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo
se destruye.
Entonces, ante
una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también
nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos. Así es como queremos seguir
el ejemplo del Señor, haciendo realidad lo que hemos escuchado en el libro del
Éxodo: «Este será para ustedes un día memorable» (Ex 12,14). Sí,
toda la historia bíblica converge en Jesús, el verdadero Cordero pascual. A
través de Él, las figuras antiguas encuentran su pleno significado, porque
Cristo, el Salvador, celebra la Pascua de la humanidad, abriendo para todos el
paso del pecado al perdón, de la muerte a la vida eterna: «Esto es mi Cuerpo,
que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,24).
Al renovar los
gestos y las palabras del Señor, esta misma tarde recordamos la institución de
la Eucaristía y del Orden sagrado. El vínculo intrínseco entre los dos
sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, Sumo Sacerdote y
Eucaristía viva por los siglos. En el pan y el vino consagrados se encuentra,
en efecto, el «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad,
banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se
nos da una prenda de la gloria venidera» (CONC. VAT. II, Const. dogm. Sacrosanctum
Concilium, 47). En los obispos y en los presbíteros, constituidos
«sacerdotes del Nuevo Testamento» según el mandato del Señor (CONC. DE
TRENTO, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad
hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados
hermanos, con todo nuestro ser.
El Jueves Santo
es, por tanto, un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad. Que la
adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un
momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como Él lo hizo, y
pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio con el mismo amor.
Por Papa León XIV
Fuente: ACI
Prensa
