El párroco de Santa María de Caná explica por qué la vida cristiana no consiste en «ganarse» el amor de Dios, sino en dejarse transformar por su gracia
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| Jesús Higueras, párroco de la iglesia de Santa María de Caná en Pozuelo (Madrid) |
Jesús Higueras, párroco de la iglesia de Santa María de
Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid), acaba de publicar Cuando
el amor falta (Rialp), una reflexión sobre las bodas de Caná como
clave para comprender la vida cristiana.
En esta entrevista con Religión en Libertad habla
de la gratuidad de la salvación, del sufrimiento, los ídolos, la
voluntad de Dios y la gracia, y advierte de un error frecuente entre los
creyentes: pensar que el cielo se conquista acumulando méritos.
- En su último libro “Cuando el amor falta” (Rialp)
reflexiona sobre las bodas de Caná y dice que es “una clave para comprender el
presente de nuestra fe”. ¿A qué se refiere?
- Me refiero que además de ser un texto que narra fielmente
un episodio de la vida de Cristo, también puede utilizarse como una
alegoría de cómo es el verdadero encuentro con Dios, es decir, el comienzo de
una vida cristiana, en la que el Señor desde la verdad y la humildad quiere
elevarnos a la dimensión de la gracia.
- Escribe que “cuando un cristiano vive angustiado, obsesionado
por acumular méritos, con `portarse bien´ para que Dios lo quiera, está
viviendo fuera del Evangelio. Cuando alguien cree que tiene que ganarse el
cielo como quien acumula puntos en un sistema de recompensas, ha olvidado lo
esencial”. Pero en muchos ámbitos de la Iglesia esto es lo que nos han
enseñado: apenas se oye hablar de la gratuidad de la salvación…
- Cuando Jesús le dice a Nicodemo que hay que nacer del agua
y del espíritu quiere darle a entender que ser cristiano, va mucho más
lejos de un sistema ético, litúrgico o doctrinal, pues se tiene que dar
una visitación de una realidad, que está más allá del cosmos y que es autora
del mismo, si no entramos en la vía de la gracia y en la vía de lo sobrenatural
y entendemos que la decisión de la salvación ya está tomada por Dios y solo nos
falta corresponder esa invitación, estamos perdidos.
Son muchos los cristianos que todavía hoy creen que el
cielo hay que ganarlo y que la salvación es cuestión de acumular puntos para
llegar con un resultado satisfactorio, a las puertas de la eternidad.
- También señala: “La vida cristiana no es un esfuerzo
titánico por alcanzar la santidad. Es una rendición confiada al amor que nos
precede. Es un dejarse amar, un dejarse transformar, un vivir desde la gracia”…
- A lo largo de la historia de la Iglesia hemos podido caer,
por intoxicaciones culturales de cada momento, en el error de querer ganar el
amor. Ya decía el libro del Cantar de los Cantares: “Las aguas torrenciales no
pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien quisiera comprar
el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable». (Cantar de
los Cantares 8,7)
- Usted menciona que una de las dificultades que tenemos
para poder amar es que tenemos demasiados ídolos en el corazón que “prometen
felicidad, pero terminan robándonos el alma”. ¿Cómo podemos despojarnos de esos
ídolos?
- Lo primero y más importante reconocerlos como tales, pues
si nos examinamos acerca de nuestros enfados, desilusiones o tristezas,
veríamos rápidamente que hemos idolatrado algunas realidades humanas que
siendo buenas, han sustituido al Dios verdadero.
- Usted afirma que “debemos dejar de atribuirnos éxitos,
méritos, proyectos”. Que todos nuestros logros, buenas obras, méritos… son un
don, que todo es gracia…
- Sí, es doctrina de la Iglesia que toda obra buena es
imposible hacerla si no es con la gracia divina que es libremente aceptada
por el ser humano.
Cuando nos atribuimos los méritos, los éxitos de algún
modo nos convertimos en ladrones de la gloria de Dios, pues queremos
que se nos reconozca algo que no hemos sido capaces, nunca de hacer por
nosotros mismos. Siempre hemos necesitado de la gracia divina.
- Y que “ser cristiano no es una elección personal o un
proyecto propio. Es una llamada, una invitación que brota del corazón de Dios”…
- Ser cristiano no es una decisión sin más, es una
respuesta de Dios a estar con él y vivir en su corazón. Él siempre tiene
la iniciativa y nosotros nos limitamos a reconocer su llamada y a
dejarnos guiar por un proyecto que tal vez sea doloroso, e incluso
desconcertante, pero que es un camino cierto para la felicidad en el tiempo y
en la eternidad.
- “Uno de los mayores obstáculos en el camino de la fe no es
la duda intelectual ni el pecado visible. Es algo más sencillo. Se trata del
desconcierto interior que nos habita cuando la vida nos duele (…) cuando nos
sentimos desbordados por el sufrimiento, la pérdida o la frustración”…
- Decía Santa Teresa del Niño Jesús, que el pecado que
más ofende a Dios es la falta de confianza, creer que no somos amados por él y
que por eso nos vienen las desgracias.
Hemos identificado prosperidad con bendición olvidándonos
que Jesús bendice por medio de las bienaventuranzas a los pobres, a los que
lloran a los mansos a los perseguidos…
Cuando la cruz aparece cruelmente en el camino de la vida,
es el momento de afirmar que seguimos siendo amados de Dios, como lo fue
María, en el monte Calvario.
- “Aprender a aceptar lo que nos falta” es posible que sea
uno de los aprendizajes más difíciles en la vida espiritual…
- Es bonito aprender a dar gracias a Dios, no solo por lo
que nos da sino también por aquello que hemos deseado tanto y que no nos ha
sido concedido.
Si somos capaces de comprender que la plenitud no es el
cumplimiento exacto de todos los sueños, sino responder con amor a las
propuestas sencillas de Dios, entonces la ausencia de todo aquello que no nos
ha sido dado se convierte también en una bendición.
- Si supiéramos discernir lo que Dios ha planeado en nuestra
vida, seríamos más felices. Pero, ¿cómo se discierne la voluntad del Señor?
- Hay un libro precioso de Jacques Philippe, Llamados
a la vida, en el que se nos recuerda que Dios se manifiesta fundamentalmente
a través de la historia, de la palabra revelada, y sobre todo en la
conciencia recamente formada. Cuando somos capaces de reconocer la voluntad
divina y los acontecimientos, en las carencias y todo ello cuadra con la
palabra que nos es revelada entonces nuestra conciencia asiente con paz, aunque
muchas veces con dolor a la propuesta divina.
- En el libro habla de que hay que llenarse del Amor de
Dios, “porque el que no se sabe amado, no puede amar. El que no se sabe
sostenido, no puede sostener”…
- Sí, en definitiva, considero que este es el último y único
fin de la Encarnación del verbo: que el hombre alcance misericordia para
poder regalar misericordia y así aumentarla en su corazón.
Recordemos que la misericordia es el nombre del amor cuando
se encuentra con la pobreza humana. Por tanto, lo único importante en mi vida,
es saberme amado y poder amar con el amor que recibo. Si estoy vacío
no tengo nada que dar.
- Hay otra idea que menciona a lo largo del libro que rompe
muchos esquemas de la catequesis tradicional: “La esencia de nuestra fe no
consiste en hacer cosas por Dios, sino en dejarse amar por Él.
- Con esta idea, no quiero por supuesto sostener tesis que
nieguen el valor de las obras, tal como hacía Lutero, lo que quiero esforzar,
es decir, que al final la dignidad del hombre no depende de lo que tiene
ni de lo que hace, sino de ser infinitamente amado por Dios.
Cuando somos conscientes de esta realidad es verdad que
después vendrán las obras consecuentes, pero si previamente no se da esa
convicción, incluso las mismas obras buenas se pueden convertir en motivo
de vanidad y nos pueden alejar de Dios, como le sucedía a los fariseos.
- Y una reflexión antipelagiana: “Al final, todo se reduce
en reconocer que nuestra vida no puede transformarse por nuestras propias
fuerzas, sino sólo por la acción silenciosa y poderosa de la gracia de Dios”…
- Estamos en la época, en la cual la psicología
prácticamente se ha equiparado a la teología dogmática, y no son pocos los que
recurren a las terapias para poder superarse en sus debilidades.
Claro que eso está muy bien pero falta la gracia, es
decir la transformación no llega por el esfuerzo, sino por la presencia de
la dimensión sobrenatural. Es muy posible que Dios quiera que vivamos toda
nuestra vida en debilidad, porque tal vez sea el único camino para vivir en
humildad.
- Y un colofón: “Lo mejor de la vida cristiana no es lo que
hacemos, sino lo que permitimos que Dios haga en nosotros”…
- Cuando María responde al ángel diciendo hágase en mí según
tu palabra, está ya de hecho, diciendo que el poder de la gracia es el
único protagonista de la vida.
Que un cristiano es grande, cuando es consciente de su
pequeñez y permite el protagonismo a la gracia divina. No las propias ideas ni
al desarrollo de las facultades, sino al poder del amor que se manifiesta en
saber estar en nuestro sitio, sin dudar nunca de que somos amados de Dios.
Álex Rosal
Fuente: ReligiónenLibertad
