Unas reflexiones que parten de las cartas del diablo a su sobrino ideadas por C. S. Lewis y llegan a la doctrina social de la Iglesia
![]() |
El gran símbolo de la Pascua, el Cordero de Dios.Julia Michelle / Unsplash. |
¡Todo indica que la
esperanza sigue viva! Parece que los misiles aún no han logrado alcanzarla…
acaso porque no sea detectable en sus radares. Es cierto que se contabilizan
numerosísimas víctimas; pero nadie ha podido certificar su defunción. Los
expertos en estrategia militar han perfeccionado hasta límites insospechados el
arte de destruir; pero incluso la misma inteligencia artificial se muestra
impotente para acabar con la esperanza que anida en el corazón humano.
Uno de los libros que más huella
dejó en mi corazón en mis años jóvenes fue Cartas del
diablo a su sobrino, escrito por C. S. Lewis durante
la Segunda Guerra Mundial. En él, un diablo anciano, llamado Escrutopo, dirige
cartas a su inexperto sobrino, Orugario, explicándole cuáles son las
estrategias más eficaces para tentar a los humanos. La obra recoge 31
cartas que vieron la luz semanalmente en el diario The
Manchester Guardian, algunas de ellas coincidiendo con los bombardeos de
Londres por parte de Hitler.
Inevitablemente, el tema de la
guerra se infiltraba en estas cartas, aunque fuese de forma somera: ¿es la
guerra un escenario propicio para alcanzar el objetivo último de los
demonios, apartar a los hombres de Dios?
Por una parte, todo parece
indicar que así es: Dios ama la vida y nos dio el mandamiento del amor
fraterno: "Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he
amado" (Jn 15, 12). El diablo, por el contrario, odia la creación
de Dios, disfruta de su destrucción y se regocija en el odio y la
violencia, que son lo más antagónico al mandato de Cristo.
Sin embargo, en estas mismas
cartas, Escrutopo comparte con su sobrino una preocupación nacida de su larga
experiencia diabólica ("más sabe el diablo por viejo que por diablo",
como dice el refrán): aunque resulte sorprendente, con frecuencia las guerras
generan seres humanos menos mundanos e incluso más solidarios.
Muchos se vuelcan en ayudar a sus vecinos y a cuantos sufren; y, lo que es peor
para el demonio, en medio del peligro elevan su mirada al cielo y
suplican la ayuda divina. De este modo, los bombardeos terminan siendo,
paradójicamente, un escenario en el que muchas almas se acercan a Dios
("en las trincheras no hay ateos", como también se dice). El diablo
anciano, Escrutopo, ama la guerra por lo que tiene de desprecio a la vida y al
amor; pero, en realidad, estima como más ventajoso para él un escenario en el
que los ciudadanos tengan una vida suficientemente prolongada como para llegar
a mundanizarse bajo el influjo de la frivolidad y el materialismo.
Pues bien, ¿por qué traigo a
colación estas reflexiones de la obra de C. S. Lewis? Porque el influjo
espiritual de las guerras contemporáneas sigue siendo ambivalente a día de hoy:
es cierto que no son pocos los que están atrapados por el odio -basta asomarse
a las redes sociales-, pero no es menos cierto que el rumbo de los
acontecimientos está conduciendo a otros muchos a abrir sus corazones a
la esperanza. En medio del desconcierto, cada vez más personas comienzan a
percibir que el posicionamiento de la Doctrina Social de la
Iglesia católica contra la guerra constituye una luz en medio de
las ideologías polarizadas y del sinsentido. La esperanza cristiana brilla con
más intensidad ante nuestros ojos cuanto más densa es la oscuridad. Y este es
el caso de los tiempos de guerra.
Sabemos que nuestra esperanza
cristiana está fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y la
muerte. Ahora bien, no es una esperanza que nos remita únicamente al más
allá: es una esperanza performativa, es decir, una esperanza que transforma el
presente desde la certeza del futuro. En contraste con tantos discursos
marcados por la lógica del poder -ya provengan de líderes políticos, religiosos
fundamentalistas o ideológicos-, la Doctrina Social Católica se presenta
como un signo coherente y convincente de la luz que brota del
Resucitado.
Concluyo como he comenzado: a
pesar de tantos escombros de guerra, hay una buena nueva: la esperanza
cristiana no ha quedado sepultada bajo ellos. Jesús vuelve a salir victorioso
del sepulcro, porque es la mano de Dios la que corre la piedra con
la que estaba sellado.
¡Feliz Pascua de Resurrección!
Que este tiempo pascual nos disponga a acoger la fuerza del Espíritu
Santo en Pentecostés.
Monseñor
José Ignacio Munilla
Fuente: ReligiónenLibertad
