Leemos en los Hechos de los Apóstoles cómo fue la Iglesia primitiva, donde pudiera confundirse la caridad cristiana con comunismo, pero no hay comparación
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| Fred de Noyelle / GODONG |
La Pascua es el
tiempo litúrgico en el que leemos el libro de los Hechos de los Apóstoles en la
Misa. En él, nos damos cuenta de los primeros pasos de la Iglesia primitiva,
luego de que Cristo ascendiera al cielo. La estructura va tomando forma y los
primeros cristianos compartían todo, por lo que algunos confunden la caridad
cristiana con el comunismo.
El amor puro
de la primera comunidad cristiana
Por supuesto,
nada tiene que ver la caridad con la ideología. Se trata de cumplir el mandato
de Cristo al pie de la letra. Él nunca se olvidó de los pobres ni de los
enfermos. Tampoco de las madres y padres que pedían un milagro para sus hijos,
así es que, todas estas enseñanzas que formaron parte del amor de Jesús por la
humanidad hecho obra, las aprendieron sus apóstoles y las llevaron a la
práctica.
Una muestra muy
convincente la leemos en Hechos
2, 42-47. San Lucas narra cómo es que se reunían los miembros de la Iglesia
para aprender, orar y celebrar la fracción del Pan:
"En los
primeros días de la Iglesia, todos los hermanos acudían asiduamente a escuchar
las enseñanzas de los apóstoles, vivían en comunión fraterna y se congregaban
para orar en común y celebrar la fracción del pan. Toda la gente estaba llena
de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los apóstoles hacían
en Jerusalén"
(Hch 2,
42-43).
Y lo más
importante: cumplieron el mandato del Señor de amarse unos a otros para que el
mundo los reconociera como sus discípulos (Jn 13,
34-35).
Los Hechos
son la prueba de la caridad
Así es que,
miles de años antes de que existiera el comunismo, existió la caridad
cristiana:
"Todos los
creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de
bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos,
según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo, y en
las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón.
Alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba cada día el
número de los que habían de salvarse"
(Hch 2,
44-47).
Ojalá volvamos
a los orígenes de la Iglesia y nos interesemos en nuestros hermanos que sufren
para que el mundo siga creyendo que amamos a Cristo y que deseamos cumplir su
voluntad.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
