Al concluir el Rosario por la Paz en la Plaza de San Pedro, León XIV nos exhorta a afrontar «como humanidad y con humanidad esta hora dramática de la historia».
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En un mundo
donde «parece que no hay suficientes tumbas», el Pontífice denuncia las
«responsabilidades ineludibles de los gobiernos». El de Dios, es un reino sin
títeres, sin trivializaciones del mal ni ganancias injustas, sino fundado en la
dignidad y el perdón.
«Hermanos y
hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni
amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son
esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y
sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se
arrodille».
Arrodillarse
para encontrar, en la oración, «una pizca de fe» y no rendirse ante el aparente
«destino ya escrito»: el de tumbas que ya no bastan para contener cuerpos
aniquilados «sin derecho y sin piedad». Exigir, en cambio, que se arrodillen
los demás, cegados por el «delirio de omnipotencia», por la banalización del
mal y por los beneficios injustos, hasta el punto de arrastrar «incluso en los
discursos sobre la muerte el Santo Nombre de Dios».
Así se perfila,
impetuosa y conmovedora, la reflexión del Papa León XIV al término del Rosario
por la paz de hoy, 11 de abril, en el crepúsculo de la plaza de San Pedro, que
asume la representación coreográfica de la lucha entre la oscuridad «de esta
hora dramática de la historia», en cuyo banco se evocan las «responsabilidades
ineludibles de los gobernantes de las naciones» y las de aquellas mesas en las
que «se planifica el rearme y se deliberan acciones de muerte», y la luz del
Reino de Dios, que rompe la «cadena demoníaca del mal», entrelazada de drones y
venganzas. Con una certeza, «gratuita, universal y rompedora», sobre quién
tendrá la última palabra: «¡Somos un pueblo que ya resucita!»
TEXTO COMPLETO DE LA REFLEXIÓN
"La guerra
divide, la esperanza une"
Tras el rezo de
los Misterios Gloriosos, intercalado con meditaciones de los Padres de la
Iglesia, León XIV pronunció una oración que expresaba esa fe que, a través de
los labios de Jesús, «mueve montañas». Agradeció a los fieles presentes,
acogidos por la columnata de Bernini en Roma, y a
quienes se unieron espiritualmente desde muchos otros lugares del mundo.
La guerra
divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría
ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos
hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora
dramática de la historia. "Nada puede atarnos a un destino que ya está
escrito."
La oración,
reflexiona el Papa, no es un «refugio» para escapar de las responsabilidades,
ni un «anestésico» para huir del «dolor que tanta injusticia desata». Más bien,
es la «respuesta a la muerte» que nos invita a alzar la mirada y levantarnos de
entre los escombros.
Nada puede
encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las
tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la
vida, sin derecho y sin piedad.
"¡Nunca
más la guerra!"
Los conflictos
actuales son numerosos, pero no nuevos. Por ello, las palabras de los Papas
sobre las guerras adquieren una relevancia renovada, aunque dramática. León XIV
recuerda las de San Juan Pablo II en el contexto de la crisis
de Irak de 2003, en la que el Papa Wojtyła, rememorando otra experiencia
directa de conflicto, la de la Segunda Guerra Mundial, exhortó especialmente a
los jóvenes a decir, como San Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas :
«¡Nunca más la guerra!».
¡Debemos
hacer todo lo posible. Sabemos muy bien que no es posible la paz a toda costa.
Pero todos sabemos cuán grande es esta responsabilidad!.
"Una
barrera contra ese delirio de omnipotencia"
Lejos de ser un
acto puramente pasivo, la oración, reflexiona el Papa, «nos educa para actuar»,
uniendo las «limitadas posibilidades humanas» con las «infinitas posibilidades
de Dios». Así, pensamientos, palabras y acciones desintegran el mal, poniéndose
al servicio del Reino celestial.
Un Reino en
el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro
injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera
contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y
agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están
gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la
vida― es arrastrado en discursos de muerte..
"Basta ya
de idolatría de uno mismo y del dinero"
Del sueño de un
mundo "de hermanos y hermanas con un solo Padre en el cielo", la
realidad se transforma en una "pesadilla" poblada de enemigos y
amenazas, en lugar de "llamadas a escuchar y a encontrarse".
¡Basta ya de
la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la
fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el
servicio a la vida.
León XIV cita
entonces a San Juan XXIII, quien en su encíclica Pacem in terris escribió que «todos se benefician
de la paz: los individuos, las familias, los pueblos, toda la humanidad», y,
citando las palabras «concisas» de Pío XII, añadió: «nada se pierde con la paz.
Todo se puede perder con la guerra».
"Responsabilidades
inalienables de los líderes de las naciones"
Las palabras de
los Pontífices se suman a la energía moral y espiritual de miles de millones de
personas que aún creen en la paz y la eligen. Y entre ellas, las voces de los
más pequeños son las que más merecen ser escuchadas.
¡Escuchemos
la voz de los niños!
El Papa
menciona las cartas que recibe de quienes viven en zonas de conflicto y cómo en
ellas percibe la "verdad de la inocencia" y la "inhumanidad de
actos de los que algunos adultos se jactan con orgullo".
Queridos
hermanos y hermanas, sin duda los gobernantes de las naciones tienen
responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de
paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se
planea el rearme y se deliberan acciones de muerte.
"Volvamos
a creer en el amor"
Sin embargo, la
sociedad humana en su conjunto no rehúye estas cargas, «rechazando la guerra no
solo de palabra, sino con hechos». Y lo hace transformando corazones y mentes
hacia un «Reino de Paz», construido en los entornos en los que vivimos a
diario, «arrebatándole terreno a la controversia y la resignación con la
amistad y la cultura del encuentro».
Volvamos a
creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y
comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación.
¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!
"Como una
roca que se erosiona gota a gota"
León XIV
reflexiona entonces sobre la naturaleza de la oración mariana del Rosario, de
pie junto a la estatua de María, Reina de la Paz , trasladada
a la Plaza de San Pedro el pasado 9 de abril desde la parroquia homónima del
barrio de Monteverde en Roma. Reflexiona sobre el ritmo regular de esta
oración, que evoca una armonía que se despliega «así, palabra tras palabra,
gesto tras gesto, como una roca se va esculpiendo gota a gota, como en un telar
el tejido avanza movimiento tras movimiento». Son «largos periodos de vida»,
pero «una señal de la paciencia de Dios».
Necesitamos
no dejarnos arrastrar por la aceleración de un mundo que no sabe qué persigue,
para volver a servir al ritmo de la vida, a la armonía de la creación, y curar
sus heridas.
Citando a otro
Pontífice, su predecesor Francisco, el Papa subraya la necesidad de “artesanos
de la paz” que actúen con “ingenio y audacia” en esa “arquitectura” en la que
intervienen las diversas instituciones de la sociedad.
"Al
servicio de la reconciliación y la paz"
Para subrayar
la universalidad de la paz, en la sucesión de los Misterios Gloriosos, fieles
de los cinco continentes encienden velas, tomando la llama de la Lámpara de la
Paz de Asís. La oración termina entonces, pero no el compromiso con la oración,
que León XIV nos invita a renovar en el camino de regreso a casa.
La Iglesia
es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin
vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión
y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios
antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita
de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del
derecho internacional.
"La paz no
es una utopía"
Para concluir
su reflexión, el Papa citó su mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la Paz , en el
que expresó su esperanza de que cada comunidad pudiera convertirse en una “casa
de paz”, para demostrar que “no es una utopía”.
Hermanos y
hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que
llora, que espera y que se levanta. “Nunca más la guerra, aventura sin retorno;
nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia”
"Una nueva
paz"
Unos minutos
antes del rezo del Rosario, el Papa saludó a los fieles congregados en la Plaza
de San Pedro para seguir la oración en las pantallas gigantes. «Gracias por su
presencia, por haber respondido a este llamado», expresó el Pontífice con
sincera gratitud.
Queremos
decirle al mundo entero que es posible construir la paz, una nueva paz que se
puede experimentar junto con todos los pueblos, de todas las religiones y de
todas las razas.
Edoardo Giribaldi
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News
