Incluso quienes van a misa o escuchan el Evangelio con frecuencia solo alcanzan a conocer una parte pequeña de las Escrituras
![]() |
| Alessandro Vicentin/Cathopic |
Invertimos
energía en la distracción superficial de las redes sociales, las series de TV,
y los videojuegos que nos absorben horas de nuestra vida. ¿Qué pasaría si
ayunáramos un poco de lo banal y así nos acercáramos a la Biblia?
Para muchos
católicos la Biblia es un libro más de los que no leemos y que junta polvo.
Entre otras
cosas, porque ya casi no se leen libros. Pero la Biblia no muerde: “No solo
de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de
la boca de Yahveh” Dt 8,3. La Palabra de Dios da vida, no es letra muerta, sino
que en ella Dios sale amorosamente al encuentro de sus hijos, para
conversar con ellos.
Hay gente que
piensa que como va a misa los domingos, escucha el evangelio
diariamente, y reza la Liturgia de las Horas -lo que está
muy bien- conoce la Biblia: pero no se llega a cubrir ni el 30% de la
Biblia.
¿Qué ocurriría
si la Biblia fuera apasionante pero no lo has descubierto aún? Pero
además, ¿eres cristiano y quieres amar a Cristo? ¿Cómo lo vas a hacer
si no lo conoces?
Para
los muchos católicos que se sienten lejos de Dios y les parece que Dios no
les habla, les repito que Dios sale amorosamente al encuentro de
sus hijos para conversar con ellos, cuando saboreamos los textos
inspirados de la Biblia: “Como descienden la lluvia y la nieve de
los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la
hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para
comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no
tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido
aquello a que la envié.” Is 55,10-11.
Aunque la
escribieron seres humanos, son textos inspirados por Dios. El canon
bíblico de la Iglesia Católica, definido en el Concilio de Roma del año
382, reconoce 73 libros sagrados como parte de la Sagrada
Escritura. Comprende 46 escritos para el Antiguo Testamento, y 27 para el
Nuevo Testamento.
En algunas
confesiones cristianas no se consideran estos escritos: Tobías, Judit,
Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, 1 Macabeos y 2 Macabeos, y partes de Ester
y Daniel. Pero para los católicos todos ellos tienen la misma jerarquía y
valor de texto inspirado, y realmente tienen pasajes de una fuerza y
belleza sin igual, como el Cántico de los tres jóvenes Dn 3,51-99.
A través de
todas las palabras de la Biblia, Dios dice una sola Palabra, su Verbo
viviente único, que resuena en la boca de todos los escritores sagrados.
Hay una unidad en toda la Biblia, por la unidad del designio
de Dios, del que Jesucristo es el centro y el corazón, abierto desde su
Pascua. Todas las verdades de fe de los textos sagrados tienen
una cohesión entre sí y en el proyecto total de la Revelación.
Lo que sí no es
texto inspirado son los títulos que las distintas ediciones le agregan al
texto sagrado, para encontrar más fácilmente algunos pasajes, como “El
buen samaritano”. El
problema es que
estos títulos pueden inducir a error, porque a veces se incluyen juicios
de valor del editor que son cuestionables.
Otra cosa no
inspirada es la numeración en capítulos y versículos, que se introdujeron
en los siglos XIII y XVI. Aunque el objetivo fue la localización de pasajes
de la Biblia, también se puede inducir a error, porque se puede
interpretar, por ejemplo que un cambio de capítulo indica un cambio de
tema. El caso más paradigmático es el final del capítulo 11 y el comienzo del
12 del libro del Apocalipsis, que en realidad tienen una continuidad
manifiesta.
Un detalle
adicional son las traducciones, que a veces hacen que se pierda el sentido
del texto, como por ejemplo cuando se traduce en boca de Jesucristo “Soy
yo” en vez de “Yo soy” Ex 3,14, con lo que está diciendo que Él es
Dios; y también cuando se traducen unidades de medida lo que hace que la
cifra traducida no diga nada, como ejemplo tenemos el Arca de la Alianza que
tenía que ir 2000 codos delante del pueblo en el cruce del Jordán Jos 3,4,
y varias traducciones traducen 900 metros.
Aunque hay
otras confesiones cristianas que hablan de Sola scriptura, afirmando
que la Biblia es la única fuente de autoridad suprema, esto no es lo que
afirma la propia Biblia ni la Iglesia Católica. Para empezar, la Biblia
nos dice que no puede interpretarse por cuenta propia como a mí me dé la gana,
ya que debo compartir el mensaje de Jesucristo, que es un tesoro que debo amar
y defender, no el mío: “Pero, ante todo, tened presente que ninguna
profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque
nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos
por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios.” 2 P 1,20-21.
Y el motivo es
que hay cosas difíciles de entender, que se pueden interpretar
torcidamente: “La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como
os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que
le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en
ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los
ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás
Escrituras - para su propia perdición.” 2P 3,15-16.
Aunque los
libros sagrados enseñan la verdad sólidamente, fielmente, y sin error
para nuestra salvación eterna, debemos recordar que la Iglesia es el fundamento
de la verdad:
“Te escribo
estas cosas con la esperanza de ir pronto donde ti; pero si tardo, para
que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de
Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.” 1Tim 3,14-15. La Iglesia
recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar
la Palabra de Dios. Por eso la Iglesia Católica afirma que hay
que leer la Biblia en la Tradición viva de toda la Iglesia: Biblia y
Tradición van juntas (y un buen resumen de la Tradición es el Catecismo de
la Iglesia Católica).
No debemos
prescindir del Antiguo o Primer Testamento, ya que sus libros dan
testimonio de toda la divina pedagogía del amor salvífico de Dios, y contienen
enseñanzas sublimes de Dios, tesoros de oración, y esconden el
misterio de nuestra salvación.
En cuanto al
Nuevo Testamento, sus escritos nos ofrecen la verdad definitiva de
la Revelación divina, siendo su objeto central Jesucristo, el Hijo
de Dios encarnado, sus obras, enseñanzas, pasión, y glorificación, así
como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo.
Los 4
Evangelios son el corazón de todas las Escrituras, por ser el testimonio
principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro
Salvador. En el Imperio Romano de la época, Evangelio
significaba la buena noticia de la llegada de un reino, y Reino de Dios
o Reino de los Cielos se menciona más de 100 veces en los 4 Evangelios,
esa es la buena noticia: que nuestro Rey y Señor instauró su Reino de Amor
Salvífico entre los hombres!
Las obras de
Dios en la Antigua Alianza son una prefiguración de lo que
Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo
encarnado, por lo que el Antiguo Testamento debe leerse a la luz de Cristo
muerto y resucitado, donde las sagradas escrituras adquieren nueva fuerza.
Esto lo utilizó el mismo Jesucristo cuando acompañó a los discípulos de Emaús,
abatidos porque a Jesús el Nazareno, un profeta poderoso en
obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, fue condenado a
muerte y crucificado por sus sumos sacerdotes y magistrados. Pero Jesucristo
retomando las profecías les dijo:
“«¡Oh
insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No
era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y,
empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les
explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras... Se dijeron uno a otro:
«¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando
nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»” Lc 24,25-27 32.
Veamos a
continuación -a modo de ejemplo- tres vinculaciones entre el Antiguo y
el Nuevo Testamento, en pasajes muy conocidos, los que adquieren una
gran fuerza.
“Nacido Jesús
en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían
del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de
los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos
venido a adorarle.»... Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y
he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos,
hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la
estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño
con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego
sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en
sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.”
Mt 2,1-12
Este conocido y
llamativo pasaje de la estrella y el Rey de los judíos, en realidad está
profetizado en otro libro sagrado: “Entonó su trova y dijo:
«Oráculo de
Balaam, hijo de Beor, oráculo del varón clarividente. Oráculo del
que escucha los dichos de Dios, del que conoce la ciencia del Altísimo;
del que ve lo que le hace ver el Todopoderoso, del que obtiene la
respuesta, y se le abren los ojos. Lo veo, aunque no para ahora, lo
diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de
Israel.” Nm 24,15-17.
Y también los
regalos que traían los magos: “Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes
dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de
oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.” Is 60,6.
El profeta
Daniel profetiza este Reino de Dios: “En tiempo de estos reyes, el
Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino
no pasará a otro pueblo.
Pulverizará y
aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente: tal como has
visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra
que redujo a polvo el
hierro, el
bronce, la arcilla, la plata y el oro.” 2,44-45. Leyendo el Antiguo Testamento
se entiende el título que se da a sí mismo Jesucristo de Hijo del hombre
(Mc 14,62): “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí
que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el
Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y
todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio
eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.” Dn 7,13-14 y
Jesucristo también menciona al rey David al hablar del Mesías,
su Señor (Mt 22,44):
“Oráculo de
Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus
enemigos el estrado de tus pies.” Sal 110,1.
Los relatos de
Jesucristo caminando sobre las aguas Mt 14,22-33, Mc 6,45-52 y Jn
6,16-21, adquieren otra fuerza cuando vemos que es sólo Dios el que camina
sobre las crestas del mar: “Él solo extiende los cielos y camina sobre las
crestas del mar” Job 9,8.
La letra con su
sentido literal enseña los hechos al leerse con atención y respeto
para entender el texto sagrado.
Es bueno
también meditar el texto, qué nos dice Dios en el Misterio contemplado y
cuál es su significación en Cristo y en su significación
eterna.
Orar qué
es lo que ha despertado en mi corazón. Y ver a qué obrar justo nos
conducen las enseñanzas del texto. Aunque conozcamos un pasaje de
memoria, una relectura del mismo puede decirnos nuevas cosas y asombrarnos
nuevamente.
Cuando
saboreamos la Biblia con la ayuda del Espíritu Santo, aumenta nuestro amor
filial de hijos con Dios Padre porque vemos su amor inconmensurable en
toda la historia de la salvación, que espera ser correspondido. Su Palabra es
como una gota de agua que ablanda nuestro corazón de piedra, porque fuimos
creados para amar: "Dame, hijo mío, tu corazón" Pr 23,26.
Hay infinidad
de formas de salir de la inercia del mundo para introducirse en la Biblia:
- sumarme a algún grupo de Biblia de mi
Parroquia;
- con el mismo grupo que se reza el Rosario,
también plantearse reuniones para leer la Biblia;
- ponerse el desafío de profundizar en un solo libro
sagrado (por ejemplo Hebreos) o en un aspecto de la vida de Jesucristo
(el Sermón de la Montaña, su Pasión);
- buscar explicaciones a algo que nos cuestiona (me
acuerdo cuando en una época me preguntaba por qué Lázaro -el amigo de
Jesucristo- no estuvo en su Crucifixión), etc.
¡Que su Palabra
reine en nuestros corazones y los encienda de amor por Él y por nuestros
hermanos!
Diego
Passadore
Fuente: ReligiónenLibertad
