El Domingo del Buen Pastor y su relación con los sacerdotes es un momento sublime de encuentro con Jesús resucitado para la Iglesia desde sus inicios
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| "Yo soy el buen pastor". Dominio público |
El cuarto
domingo de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Entre los lugares de encuentro
con Jesús Resucitado, nos topamos ahora con esta forma de presencia: Jesús es
el Buen Pastor que prolonga su pastoreo por medio de los sacerdotes que son los
pastores de la Iglesia.
Comunidad y
Eucaristía
Es una forma de
presencia íntimamente ligada a las otras dos: la comunidad creyente y la
Eucaristía. La comunidad creyente de discípulos es una comunidad eucarística y
el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, memorial de su Pasión, hace que
la comunidad que lo celebra y se reúne en torno a él se convierta en algo más
que en un grupo social de tipo religioso: se convierte ella misma en cuerpo de
Cristo y en templo de su Espíritu.
La Eucaristía genera
una comunidad ordenada e internamente estructurada. Toda la comunidad es cuerpo
de Cristo, toda ella conforma el Cristo total, todos los fieles participan de
Él. Pero el cuerpo es un organismo cuya unidad resulta de la diversidad de
órganos y funciones. Y Jesús ha confiado la función de enseñar, guiar y
santificar a los pastores, a los apóstoles y a sus sucesores, que hacen
presente con su ministerio al único Pastor.
Hombres y
pastores
Puesto
que estos pastores son hombres como los demás, el hecho de confiarles el
ministerio pastoral habla de la confianza que Dios deposita en los hombres, a
pesar de sus debilidades. Es esta debilidad la que hizo exclamar a San Agustín
al principio de su extraordinario sermón sobre los pastores:
“Por nuestra
parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que
rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y
no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas
completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que
somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser
obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a
nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.
Ahora bien, si
Dios mismo se fía así de los hombres, y de hombres concretos de carne y hueso,
¿no habremos de hacer otro tanto los creyentes? Sabiendo, además, que al
fiarnos de aquellos que han sido puestos por Dios al cuidado de su grey, en
realidad nos fiamos del único Pastor y guardián de nuestras vidas, de modo que
es a Él al que escuchamos y que es Él el que nos guía.
Porque al
hablar de “fiarnos” y de “confiar”, no estamos hablando de una confianza ciega
o apoyada solo en el prestigio de los que ocupan el cargo, sino de la confianza
que brota de la fe y es iluminada por ella: en ese fiarnos de los hombres
estamos viendo en fe la presencia de Cristo Resucitado. Es lo que dice Jesús en
otro lugar al regreso de los discípulos de su primera misión:
“Quien os
escucha a vosotros, a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros, a mí me
rechaza” (Lc 10, 16).
Y si esto es
verdad de toda la Iglesia y de todos los creyentes, también lo ha de ser de
aquellos a los que Jesús ha puesto al frente de su comunidad (cf. Mt 16,
19; Jn 20, 23).
Pero si hemos
de aceptar a Cristo entero, y no arbitrariamente mutilado, tenemos que aprender
a ver también al Resucitado a la luz del Buen pastor, que se prolonga en el
ministerio de los pastores.
Enseñanza y
santificación
Es claro que
las funciones de enseñanza, guía y santificación tienen que ser un reflejo fiel
del único Pastor, y se han de realizar imágenes mirándolo a él. Jesús no es un
líder cualquiera, que vive a costa de sus seguidores, que los explota y
esquilma. Demasiadas veces los liderazgos humanos se parecen más a ese ladrón
que no entra por la puerta sino que salta por otra parte, roba, mata y hace
estrago.
El verdadero
pastor
El verdadero
pastor que se sabe representante del único Pastor, consciente de la propia
debilidad, tiene que exorcizar los peligros inherentes a todo ejercicio de
autoridad, saber que lo que le habilita para el ministerio es el amor a Cristo,
y subrayar la actitud de servicio que da vida, y llega a dar la propia vida por
las ovejas (cf. Jn 20, 15-18).
Aceptar al
Pastor y a los pastores que lo representan no es una enajenación de nuestra
propia verdad, sino que, al contrario, todo encuentra sentido, incluso los
posibles sufrimientos que podamos experimentar en nuestro empeño de hacer el
bien: no son sino el reflejo de la pasión del Buen Pastor que ha dado la vida
por su ovejas para que nosotros, muertos al pecado, vivamos para la
justicia.
José María Vega
CMF
Fuente: Aleteia
