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| Dominio público |
Valoramos a
una persona porque es guapa, porque es joven o fuerte, porque es inteligente o porque
tiene una gran tenacidad. Si tenemos que elegir personas para un equipo
buscaríamos a los mejores, a los más perfectos. En un proceso de selección,
mostrar una debilidad es estar casi seguros de que no seremos elegidos. Y tal
vez en el mundo sea así. Pero Jesucristo no siguió esta regla. No eligió a
personas perfectas.
Es común que
los evangelios nos muestren las debilidades de los apóstoles. Pedro es
presentado como tozudo, engreído o impulsivo. Juan y Santiago, conocidos como
los Hijos del Trueno, aparecen en alguna ocasión como irascibles e imprudentes.
Tampoco se esconde que Judas Iscariote, el que entregó a Jesús, era codicioso.
Los evangelios recogen diversas discusiones entre todos los apóstoles acerca de
quién de ellos es el más importante.
Un caso
singular de este cúmulo de debilidades es el de Tomás. La tarde del día que
había resucitado, Jesús se apareció a los discípulos, que estaban encerrados en
la sala en la que habían celebrado la última cena, llenos de miedo. Entre ellos
no estaba Tomás. Desconocemos la razón por la que Tomás se encontraba ausente
del cenáculo esa tarde, pero creo que caminar a la vista de todos, en esos
días, para los que habían sido discípulos del crucificado, era un acto o de valor
o de temeridad.
De los pocos
datos que tenemos de Tomás en los evangelios podemos deducir que parecía sobresalir
por su valor por encima del resto. Lo vemos en un pasaje anterior. El evangelio
nos dice que, cuando llegó a Jesús la noticia de que Lázaro había muerto y
decidió ir a Betania, las autoridades judías ya habían decidido darle muerte. Habían
intentado apedrearle y andaban buscándole.
Fue entonces
el propio Tomás el que dijo, «vayamos a Jerusalén y muramos también nosotros
con él». Si embargo, a pesar de ese valor mostrado, ningún evangelista menciona
que estuviera con Jesús al pie de la cruz. Huyó, como el resto. Podemos presentar
la hipótesis, por tanto, de un Tomás que tras la muerte de Jesús vive una
mezcla de temeridad y vergüenza. Tal vez, al salir del cenáculo ese primer día
de la semana, esperaba tener aun la ocasión de morir por Jesús.
Otro rasgo
que encontramos en Tomás y que comparte con la mayoría de los apóstoles es la
dureza de corazón y la dificultad para creer en el testimonio de las mujeres
sobre la resurrección. Esta actitud de increencia fue un denominador común en
los primeros discípulos, como reconocen los dos discípulos que se dirigen a
Emaus. No es extraño que les costara aceptar la resurrección de Jesús, aunque
él la hubiera anunciado, ya que era algo totalmente novedoso.
Tomás
necesita tocar a Jesús resucitado y sus heridas, para saber que no es un
fantasma. Para su sorpresa, a los ocho días, estando de nuevo reunidos en el
cenáculo, Jesús se aparece de nuevo y muestra a Tomás las yagas que habían
dejado los clavos en sus manos y la herida abierta de su costado. Estas heridas
son las propias heridas de Tomás, de su incapacidad para seguir a Jesús hasta
la cruz y de su incredulidad. Pero Jesús no le reprende, no le juzga ni
rechaza.
Todos
tenemos heridas interiores que el mal ha dejado en nosotros. Juicios de
nuestros seres más queridos que hemos interiorizado y que nos llenan de temores,
expectativas frustradas, humillaciones padecidas que nos empequeñecen, cargos
en la conciencia por nuestras propias traiciones y negaciones. Y tendemos a
esconder estas heridas, dando imagen de fortaleza y perfección para ser
aceptados por los demás.
Pero con
Jesús no es así. Él no se avergüenza de las heridas que lleva por nosotros,
pues son el signo de su amor. Y no se avergüenza de tocar nuestras heridas para
transfigurarlas y hacer de ellas el signo de su amor por nosotros. Necesitamos
espacios de misericordia donde hombres y mujeres de hoy puedan mostrar sus
heridas, seguros de que no serán juzgados. Deseo que la Iglesia en Segovia sea
casa de misericordia donde nadie tema reconocer sus límites y heridas para
poder así encontrar la alegría de la misericordia.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
