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| Dominio público |
I. El Evangelio de la Misa nos habla de
los escribas y fariseos que cambiaron la gloria de Dios por su propia gloria:
Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. La soberbia personal y
la búsqueda de la vanagloria les habían hecho perder la humildad y el espíritu
de servicio que caracteriza a quienes desean seguir al Señor. Sin humildad y
espíritu de servicio no hay eficacia, no es posible vivir la caridad. Sin
humildad no hay santidad, pues Jesús no quiere a su servicio amigos engreídos:
“los instrumentos de Dios son siempre humildes” (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías
sobre San Mateo). Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los
frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada servirían los
mayores esfuerzos: nadie, si no es por el Espíritu Santo, puede decir Señor
Jesús (1 Corintios 12, 3). Cuando luchamos por alcanzar esta virtud somos
eficaces y fuertes. Si no somos humildes podemos hacer desgraciados a quienes
nos rodean, porque la soberbia lo inficiona todo. Hoy es un buen día para ver
en la oración cómo es nuestro trato con los demás.
II. Jesús es el ejemplo supremo de
humildad y de entrega a los demás: Yo estoy en medio de vosotros como quien
sirve. Sigue siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a
servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. Ejemplo os he dado para
que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros (Juan 13, 15). El Señor
nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla muy sencilla, pero
exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que
queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos
(Mateo 7, 12): que nos comprendan cuando nos equivocamos, que nadie hable mal a
nuestras espaldas, que se preocupen por nosotros cuando estamos enfermos, que
nos exijan y corrijan con cariño, que recen por nosotros... Estas son las cosas
que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás.
III. La caridad cala, como el agua en la
grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. “Amor saca
amor”, decía Santa Teresa (Vida). De modo particular hemos de vivir este
espíritu del Señor con los más próximos, en la propia familia. La Virgen,
Esclava del Señor, nos ayudará a entender que servir a los demás es una de las
formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos
para encontrar a Jesús. Para eso, hemos de pedirle que nos haga verdaderamente
humildes.
