EL PAPA CONCLUYE SU VIAJE A MÓNACO CON UN CLARO ALEGATO POR LA VIDA: «¡CUÁNTOS CÁLCULOS SE HACEN EN EL MUNDO PARA MATAR INOCENTES!»

En la homilía de la misa multitudinaria en el Estadio Louis II, el Pontífice reivindicó una cultura del cuidado en todas las etapas de la vida 
León XIV saluda y bendice al llegar para oficiar una misa
en el Estadio Luis II de Mónaco. 
AFP. Dominio publico

León XIV ha concluido su viaje relámpago al Principado de Mónaco con un mensaje nítido en favor de la vida y una crítica a las estructuras de poder que la amenazan. Ante miles de fieles congregados en el Estadio Louis II, el Pontífice utilizó el relato evangélico de la resurrección de Lázaro para trazar un paralelismo con los desafíos éticos contemporáneos, situando la protección de la dignidad humana como el eje vertebrador de su visita.

Durante la celebración eucarística, que comenzó a las 15:30 horas tras un recorrido del Papa en golf cart entre los asistentes, el mensaje se centró en la oposición entre el diseño de Dios y los cálculos humanos. León XIV denunció que, al igual que el Sanedrín decidió matar a Jesús por miedo a perder su estatus, hoy persisten dinámicas similares. «Aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio!», afirmó.

Contra la cultura del descarte

El desarrollo de la homilía permitió al Pontífice profundizar en el concepto de «misericordia», que definió no como un sentimiento abstracto, sino como una acción política y social concreta que cuida la vida en todas sus etapas. Según el Papa, esta misericordia «se hace cargo de toda existencia humana, en cada una de sus fragilidades, desde que es concebida en el seno materno hasta que envejece».

En este sentido, detalló que la caridad debe traducirse en un acompañamiento constante que no haga distinciones: «Amor por la vida naciente y frágil, que ha de acogerse y cuidarse siempre; amor por la vida joven y anciana, que hay que animar en las pruebas de cada etapa; amor por la vida sana y enferma, a veces sola, siempre necesitada de ser acompañada con esmero».

El Papa contrapuso esta alegría, nacida del servicio al prójimo, con las satisfacciones puramente materiales o azarosas, señalando que la verdadera felicidad «no se obtiene como un premio, sino que se comparte con la caridad». Con este llamamiento, el Pontífice encomendó a la Iglesia de Mónaco la misión de consolidarse como un espacio de acogida donde se preserve, por encima de todo, la «dignidad para los pequeños y los pobres»

Por ello insistió en una de las ideas centrales del magisterio de su predecesor, subrayando que «la cultura de la misericordia rechaza la cultura del descarte». Este llamamiento adquiere un matiz especial en el contexto de Mónaco, un centro de gran influencia económica donde León XIV advirtió que las «grandes y buenas cosas de esta tierra» pueden convertirse en ídolos si llevan a dejar al prójimo «en la miseria y en la tristeza».

Análisis: La paz como obra del corazón

El discurso no se limitó a la bioética, sino que vinculó la defensa de la vida con la situación internacional. El Papa analizó las guerras como fruto de la «idolatría del poder y del dinero», señalando que «cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo».

La insistencia del Pontífice en la defensa de la vida en este escenario apunta a una idea de fondo: la verdadera prosperidad de una nación no se mide solo en términos económicos o de estabilidad, sino en su capacidad de proteger y acoger la vida. «La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir», explicó.

Su última petición a la Iglesia local fue que el Principado sea un «lugar de acogida, de dignidad para los pequeños y los pobres», centrando su mirada no en el éxito material, sino en la atención a la vida «naciente y frágil».

María Rabell García Corresponsal en Roma y El Vaticano

Fuente: El Debate