“Estoy feliz de estar aquí con ustedes, y los saludo cordialmente” expresó el Pontífice a los numerosos jóvenes que lo habían estado esperando con entusiasmo
| El Papa saluda a los jóvenes del Principado de Mónaco (@Vatican Media) |
Ante la Iglesia
de Santa Devota, Patrona del Principado de Mónaco, León XIV se reunió con
jóvenes y catecúmenos e inspirándose en el ejemplo de la santa mártir y en el
de San Carlos Acutis, les recordó que "el testimonio de la fe es una
semilla que puede alcanzar y fecundar corazones y lugares lejanos, mucho más
allá de nuestras expectativas y posibilidades".
Mónaco es un
país pequeño, pero puede ser un gran taller de solidaridad, una ventana a la
esperanza: fue la observación del Papa León XIV al reunirse en la mañana de
este sábado 28 de marzo con los jóvenes y los catecúmenos en la plaza de la
Iglesia de Santa Devota, tercera cita de su viaje al Principado de Mónaco.
Allí, frente a
la iglesia de la joven Santa mártir, el Papa León, en su discurso,
respondió a las preguntas de cuatro jóvenes: Benjamin, Andreia, Ethan y Sophie
que le preguntaron al Pontífice cómo podían conciliar la fe católica con las
dificultades de una sociedad distraída respecto a la espiritualidad e
indiferente a las necesidades de los más vulnerables.
“Estoy feliz de
estar aquí con ustedes, y los saludo cordialmente” expresó el Pontífice,
después de haber escuchado atentamente los testimonios, a los numerosos jóvenes
que lo habían estado esperando con entusiasmo. El Papa agradeció también al
Arzobispo por las palabras que le dirigió e inició su discurso observando que
la Iglesia que hacía de marco al encuentro estaba dedicada a una santa “joven
valiente” que supo “dar testimonio de su fe frente a la violencia de sus
perseguidores, hasta llegar al martirio” y de la cual quisieron “borrar
todo recuerdo suyo y, en cambio, su sacrificio llevó aún más lejos el mensaje
de paz y amor del Evangelio”.
Esto nos
ayuda a reflexionar sobre el hecho de que el bien es más fuerte que el mal,
incluso cuando, en ocasiones, parece que por el momento vaya perdiendo. No sólo
eso, también nos recuerda que el testimonio de la fe es una semilla que puede
alcanzar y fecundar corazones y lugares lejanos, mucho más allá de nuestras
expectativas y posibilidades.
León XIV
recordó también que recientemente, en esta iglesia, dedicada a la memoria de la
santa mártir Devota se ha sumado la de san Carlo Acutis, otro joven enamorado
de Jesús, fiel a su amistad con Cristo hasta el final, aunque en tiempos y
modalidades completamente diferentes: en la caridad, en el apostolado en
internet —del cual lo veneramos como patrono— y, por último, en la enfermedad.
Queridos
jóvenes, estos dos santos nos animan y nos impulsan a imitarlos. De hecho,
también hoy, como se ha recordado, la fe se enfrenta a desafíos y obstáculos,
pero nada puede empañar su belleza y su verdad. Prueba de ello son los
numerosos hombres y mujeres de todas las edades que, cada vez en mayor número,
desean conocer al Señor y piden el Bautismo. En sus testimonios han
hablado de todo esto.
El amor que
da solidez a la vida
El Pontífice
agradeció el testimonio de un joven que preguntó cómo hacer para no alejarse de
sí mismo, de los demás y de Dios por las distracciones de un mundo en constante
cambio. “Se refiere a un aspecto fundamental de la vida cristiana”, notó
el Papa, “la vitalidad de la relación con Cristo y, en ella, el sentido de
unidad que se crea en nosotros mismos y con los demás”. Y observando que “las
épocas moderna y posmoderna nos han enriquecido con muchas cosas buenas, que
nos ofrecen estímulos y posibilidades antes desconocidas y en muchos ámbitos”
sin embargo, “también nos plantean importantes desafíos que no podemos ignorar
y que debemos afrontar con lucidez y conciencia”.
Vivimos en
un mundo que parece ir siempre de prisa, ávido de novedades, amante de una
fluidez sin vínculos, marcado por una necesidad casi compulsiva de cambios
continuos: en las modas, en la apariencia, en las relaciones, en las ideas e
incluso en dimensiones constitutivas de la identidad de la persona. Pero
lo que da solidez a la vida es el amor; la experiencia fundamental del amor de
Dios, ante todo, y luego, por extensión, la experiencia iluminadora y sagrada
del amor mutuo. Y amarse recíprocamente, si por un lado requiere estar abiertos
a crecer y, por lo tanto, a cambiar, por otro exige fidelidad, constancia y
disposición al sacrificio en la vida cotidiana.
Y es solo así
que “la inquietud encuentra paz y se llena el vacío interior” – añadió el Papa
– “no con cosas materiales y pasajeras, ni siquiera con el reconocimiento de
miles de “me gusta”, o con afiliaciones condicionantes, artificiales, a veces
incluso violentas.
Hay que
despejar la puerta del corazón de estas cosas, para que el aire sano y
oxigenante de la gracia pueda volver a refrescar y revitalizar sus
habitaciones, y para que el fuerte viento del Espíritu Santo pueda volver a
henchir las velas de nuestra existencia, impulsándola hacia la verdadera
felicidad. Todo esto, queridos amigos, requiere oración, momentos de silencio y
de escucha, para acallar el frenesí del hacer y del decir, de los mensajes, los
reels y los chats, y para profundizar y saborear la belleza de estar juntos de
verdad y de manera concreta.
Testigos de
esperanza
A continuación,
el Papa respondió a la pregunta de otro joven sobre cómo podemos dar testimonio
del don de la vida que recibimos en Cristo y de una joven que se preguntaba
cómo ser testigos de esperanza para quienes, marcados por el sufrimiento,
corren el riesgo de perder la luz y el consuelo de la fe, y aclaró:
Las palabras
y los gestos del testimonio y de la esperanza no se improvisan ni proceden de
nosotros mismos: nacen de una relación profunda con Dios, en la que nosotros
mismos encontramos las respuestas fundamentales de la vida. Si el canal de su
acción en nosotros está abierto, y si también lo está el intercambio recíproco,
con el cual hacemos de esa relación de amor un don común y compartido, podemos
confiar en que las palabras adecuadas y la fuerza necesaria para actuar vendrán
en el momento oportuno.
No tengan
miedo de entregarlo todo
Por último, al
concluir el encuentro, el Santo Padre recomendó aún a los jóvenes:
Queridos
jóvenes, no tengan miedo de entregarlo todo —su tiempo, sus energías— a Dios y
a los hermanos, de entregarse por completo al Señor y a los demás. Sólo así
encontrarán un gozo siempre nuevo y un sentido cada vez más profundo en la
vida. El mundo necesita de su testimonio para superar las derivas de nuestro
tiempo y afrontar sus desafíos, y sobre todo para redescubrir el buen sabor del
amor a Dios y al prójimo.
Sean
constructores de paz
Y dirigiéndose
a los jóvenes catecúmenos, el Papa concluyó:
Les confío
mi más cordial deseo: que puedan vivir en Cristo una vida plena y auténtica;
que puedan ser, por el bien de todos, en la fe, la esperanza, la justicia y la
caridad; constructores de paz. Ustedes son el rostro joven de esta Iglesia y de
este Estado. Mónaco es un país pequeño, pero puede ser un gran taller de
solidaridad, una ventana a la esperanza. Lleven el Evangelio a las decisiones
de su trabajo, a su compromiso social y político, para dar voz a quienes no la
tienen, difundiendo la cultura del cuidado. Hagan que todo sea un don de
ustedes para Dios y vívanlo todo como una misión, que los quiere a los unos y a
los otros como amigos en Cristo y fieles compañeros de camino.
María
Cecilia Mutual
Ciudad del Vaticano
Fuente: Vatican
News