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| Jesús y la Samaritana. Dominio público |
Iba de aldea
en aldea, predicando y acogiendo a una infinidad de enfermos que le presentaban
cuando llegaba a cualquier sitio. En una ocasión, en la que intentó retirarse
con los discípulos a descansar un poco a un lugar desierto, fue reconocido, y
una gran masa de personas rodeó el lago por la orilla y se le adelantó.
Al
desembarcar, no pudo resistirse a seguir enseñando y curando a todos los que
habían llegado hasta él. Y no solo eso, sino que, después, les dio de comer a
todos (unos cinco mil) con cinco panes y dos peces. No es de extrañar que en
otro pasaje se nos diga que se quedó profundamente dormido, mientras cruzaba de
nuevo el lago sobre una barca en medio de una gran tormenta.
Hay otro Evangelio
en el que también encontramos a Jesús cansado y sediento, sentado en el brocal
de un pozo. Los discípulos le habían dejado allí solo y habían ido a un pueblo
cercano a buscar comida. No sabemos si Jesús simplemente no podía dar ni un
paso más o si se quedó allí porque intuía que alguien llegaría a coger agua. El
caso es que, a pesar de ser una hora intempestiva para acudir al pozo, a pleno
sol, el hecho es que llegó una mujer a coger agua. Y esto nos ha dejado uno de
los diálogos más hermosos del evangelio.
Jesús se
presenta como la fuente de un agua viva que sacia para siempre la sed. Y esta
es la gran paradoja. ¿Cómo es posible que el agua tenga sed? ¿De qué tiene sed
Jesús? Seguramente, en este momento, de agua, claro. Jesús era verdaderamente
humano. Pero de algo más. Su sed muestra un amor insospechado hacia esta mujer
a la que no conoce. Es una sed que nace de lo profundo de Dios. Jesús tiene sed
de nuestra fe, de nuestra confianza. Y lo tiene precisamente por ser fuente de
agua. ¿De qué puede tener sed el agua sino de ser bebida? ¿Qué otra cosa quiere
Dios, que es el Amor pleno, sino de ser acogido y amado?
El pozo representa un agua profunda, pero a veces estancada y que requiere un gran trabajo para ser sacada. No hay muchos peces que vivan en un pozo. La fuente, en cambio, expresa un agua limpia, que corre y salta, convirtiéndose en un lugar de vida. Al acercarse a un pozo hondo cavado en el desierto por los ancestros de Israel, Jesús se acerca a nuestras profundidades, a nuestros sufrimientos, a las eternas búsquedas de un amor en el que descansar. Así lo vemos en su diálogo con esta mujer samaritana.
Ella ha buscado este amor por
diversos caminos: ha tenido cinco maridos y el hombre con el que está ahora
tampoco es su esposo; busca un lugar donde adorar a Dios y pregunta a Jesús, si
ha de hacerse en el monte o en el templo. Es una buscadora, pero los pozos en
los que ha bebido estaban agrietados y ha de volver a buscar una y otra vez.
Por eso no
es extraño que la mujer dé un salto de sorpresa cuando Jesús le dice que él
tiene un agua tal que, aquel que beba de ella, no tendrá sed nunca más. Y ella
se alegra, porque intuye que así, tendrá que dejar de acudir a pozos
agrietados. Y aún más, ella misma se convertirá en una fuente de agua viva de
la que otros puedan beber.
Jesucristo
es agua que no quiere perderse en el vacío o quedar anegada en el desierto,
sino que corre buscando personas sedientas que, bebiendo de él, se conviertan a
su vez en fuentes. El mundo está sediento y busca fuentes de agua viva. Aquella
mujer, después de hablar con Jesús fue al pueblo a contarlo todo. Las gentes la
escucharon y no se quedaron en ella, sino que acudieron a Jesús. Esta es la
misión de la Iglesia.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
