AL HACER OBRAS DE MISERICORDIA: ¿QUÉ RECOMPENSA PREFIERES?

A todos nos gusta ser reconocidos, pero si la recompensa por las obras de misericordia no es para la vida eterna será mejor que todas queden en el silencio

Pises Tungittipokai

El ser humano tiende a desear reconocimiento para satisfacer su soberbia. Por eso, para muchos resulta muy tentador hacer obras de misericordia, pero no de manera desinteresada. Vamos, hasta llaman a los medios de comunicación para que den cuenta de su "generosidad", para que todo el mundo los alabe. Pero, ¿esas obras tienen valor? ¿Merecen recompensa?

Seguramente sí. Pero Jesús tenía una opinión muy particular al respecto.

La recompensa de los hombres

Leemos en los Evangelios que nuestro Señor ponía a cada uno en su lugar. Por eso, rara vez alababa a los fariseos, por el contrario, era crítico con sus acciones porque carecían de amor a Dios y al prójimo. Y les gustaba dar limosnas y orar a la vista de todos:

"Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo". (Mt 6, 1)

Pero no acaba ahí la reprimenda. Jesús les llama abiertamente "hipócritas":

"Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa" (Mt 6, 2).

Es claro que esta recompensa a la que se refiere el Señor es el reconocimiento del mundo que llama "buenos" a los que dan frente a todos. ¿Eso queremos? Porque no nos alcanzará para el cielo. El Señor desea que hagamos el bien, pero que no lo publiquemos.

La recompensa de Dios

Jesús mismo pone las reglas para que no nos confundamos:

"Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 3)

No hay necesidad de manifestarlo. Dios conoce las intenciones del corazón. Que sea suficiente para nosotros desprendernos de lo que a otros les hace falta sin contabilizar las veces que hemos hecho el bien. Es Dios mismo quien lleva la cuenta, no necesita que le enviemos "evidencias" para que lo anote en nuestro libro de la vida.

Hagamos el bien por amor a Dios y al prójimo de manera silenciosa y busquemos la verdadera recompensa: agradar a Dios para que Él nos tome en cuenta todas las buenas acciones que hagamos en la vida terrena para ser felices con Él en la eternidad.

Mónica Muñoz

Fuente: Aleteia